El arroyo Valizas tenía eso,
por las noches,
cuando hundías el brazo
como un remo,
sucedía,
simplemente,
otro universo:
las esquirlas del fósforo
-como si hubieran desgajado una estrella-
dejaban estelas que impregnaban
los sentidos de admiración y belleza;
de modo que tocabas el agua
casi que con reverencia.
Ya había cargado la garrafa
y el aparejo y estaba
empujando el bote cuando
¡Papá!
¿Qué amor?
¡Lleváte un frasquito!
¿Para qué anita?
¡Para guardar
las luciérnagas del mar!
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