Cuando triunfe la barbarie un 12 de octubre

Anna Politkóvskaya

Poeta fiel al portal
Hay un eco lejano en oriente
de rostros pálidos
que rasga la blancura de la luz
y torna desvaída la luna.

Aciago se cierne sobre el clamor de soles
pugnando por irrumpir cada día
y sobre el puro corazón adorado
que aún irradia la verdad de la vida
en los cuerpos desnudos,
en la luz plateada de los ríos
y en las tierras doradas
del cóndor, de la serpiente y del jaguar.

Cómplice del viento que desata tinieblas
y todo lo destruye,
llegará a galope de forma despavorida
con su aliento letal de cruces y espadas
y nada volverá a ser paraíso.

Y se hará el silencio y el silencio
temblará de miedo
en la subterránea oscuridad
y morirá de hambre y fiebre.

Cuando triunfe la barbarie
un doce de octubre,
no será el poeta quien diga
de los movimientos de la luna
entre los vientos alisios,
de su luz de sangre en el cielo
que anegará de sufrimiento
las almas y su destino en la tierra.

No será el poeta quien hable
del dolor que asomará en cada rostro
ni de la luna cerrando,
como signo de amor,
sus párpados fatigados de vida.

Hablará quien sepa
de la bondad del indio
y del dolor incesante de sus huesos,
de la desolación y del viento negro
que impide respirar.
Y seguirá hablando de sus hijos
que transidos de muerte,
se mantendrán en pie,
aun sabiendo que el sol
no volverá a salir, y de las venas abiertas
por las que se desangrarán sus tierras invadidas.

Y hablará y hablará, porque nunca
dejará de hacerlo -el puño en alto
pintando de rojo el cielo y la rabia caliente
de dientes apretados y estrellas sangrientas
en la cabeza-, clamando con la voz atronadora
de todos los asesinados por la cruz y la espada
que el doce de octubre no habrá nada que celebrar.
 
Última edición:
Hay un eco lejano en oriente
de rostros pálidos
que rasga la blancura de la luz
y torna desvaída la luna.

Aciago se cierne sobre el clamor de soles
pugnando por irrumpir cada día
y sobre el puro corazón adorado
que aún irradia la verdad de la vida
en los cuerpos desnudos,
en la luz de los ríos y en la tierra dorada
de la serpiente y del jaguar.

Cómplice del viento que desata tinieblas
y todo lo destruye,
llegará a galope de forma despavorida
con su aliento letal de cruces y espadas
y nada volverá a ser paraíso.

Y se hará el silencio y el silencio
temblará de miedo
en la subterránea oscuridad
y morirá de hambre y fiebre.

No será el poeta quien diga
de los movimientos de la luna
entre los vientos alisios,
de su luz de sangre en el cielo
que anegará de sufrimiento
las almas y su destino en la tierra.

No será el poeta quien hable
del dolor que asomará en cada rostro
ni de la luna cerrando,
como signo de amor,
los párpados de los hombres
fatigados de vida.

Hablará quien sepa
de la bondad del indio
y del dolor incesante de sus huesos,
de la desolación y del viento negro
que impide respirar.
Y seguirá hablando de los indios
que transidos de muerte,
se mantendrán en pie,
aun sabiendo que el sol
no volverá a salir y de las venas abiertas
por las que se desangrarán sus tierras invadidas.
Y desde entonces nada ha sido paraíso. Gracias por la memoria.
 
Hay un eco lejano en oriente
de rostros pálidos
que rasga la blancura de la luz
y torna desvaída la luna.

Aciago se cierne sobre el clamor de soles
pugnando por irrumpir cada día
y sobre el puro corazón adorado
que aún irradia la verdad de la vida
en los cuerpos desnudos,
en la luz plateada de los ríos
y en las tierras doradas
del cóndor, de la serpiente y del jaguar.

Cómplice del viento que desata tinieblas
y todo lo destruye,
llegará a galope de forma despavorida
con su aliento letal de cruces y espadas
y nada volverá a ser paraíso.

Y se hará el silencio y el silencio
temblará de miedo
en la subterránea oscuridad
y morirá de hambre y fiebre.

Cuando triunfe la barbarie
un doce de octubre,
no será el poeta quien diga
de los movimientos de la luna
entre los vientos alisios,
de su luz de sangre en el cielo
que anegará de sufrimiento
las almas y su destino en la tierra.

No será el poeta quien hable
del dolor que asomará en cada rostro
ni de la luna cerrando,
como signo de amor,
sus párpados fatigados de vida.

Hablará quien sepa
de la bondad del indio
y del dolor incesante de sus huesos,
de la desolación y del viento negro
que impide respirar.
Y seguirá hablando de sus hijos
que transidos de muerte,
se mantendrán en pie,
aun sabiendo que el sol
no volverá a salir, y de las venas abiertas
por las que se desangrarán sus tierras invadidas.

Y hablará y hablará, porque nunca
dejará de hacerlo -el puño en alto
pintando de rojo el cielo y la rabia caliente
de dientes apretados y estrellas sangrientas
en la cabeza-, clamando con la voz atronadora
de todos los asesinados por la cruz y la espada
que el doce de octubre no habrá nada que celebrar.

Los reyes indígenas exclavizaban, mataban y violaban a los débiles y pobres de su pueblo.

Llegaron los españoles y exclavizaban, mataban y violaban a los más débiles y pobres.

Se fueron los españoles y continuaron siendo explotados, asesinados y violados los más débiles y pobres.

No, no hay nada que celebrar. Ni siquiera discutir quién era o es más joputa de todos ellos. De la historia humana hay muy poco, poquísimo que celebrar. Por no decir nada.

Bonita poesía.

Salud2.
 
Hay un eco lejano en oriente
de rostros pálidos
que rasga la blancura de la luz
y torna desvaída la luna.

Aciago se cierne sobre el clamor de soles
pugnando por irrumpir cada día
y sobre el puro corazón adorado
que aún irradia la verdad de la vida
en los cuerpos desnudos,
en la luz plateada de los ríos
y en las tierras doradas
del cóndor, de la serpiente y del jaguar.

Cómplice del viento que desata tinieblas
y todo lo destruye,
llegará a galope de forma despavorida
con su aliento letal de cruces y espadas
y nada volverá a ser paraíso.

Y se hará el silencio y el silencio
temblará de miedo
en la subterránea oscuridad
y morirá de hambre y fiebre.

Cuando triunfe la barbarie
un doce de octubre,
no será el poeta quien diga
de los movimientos de la luna
entre los vientos alisios,
de su luz de sangre en el cielo
que anegará de sufrimiento
las almas y su destino en la tierra.

No será el poeta quien hable
del dolor que asomará en cada rostro
ni de la luna cerrando,
como signo de amor,
sus párpados fatigados de vida.

Hablará quien sepa
de la bondad del indio
y del dolor incesante de sus huesos,
de la desolación y del viento negro
que impide respirar.
Y seguirá hablando de sus hijos
que transidos de muerte,
se mantendrán en pie,
aun sabiendo que el sol
no volverá a salir, y de las venas abiertas
por las que se desangrarán sus tierras invadidas.

Y hablará y hablará, porque nunca
dejará de hacerlo -el puño en alto
pintando de rojo el cielo y la rabia caliente
de dientes apretados y estrellas sangrientas
en la cabeza-, clamando con la voz atronadora
de todos los asesinados por la cruz y la espada
que el doce de octubre no habrá nada que celebrar.


Buen poema, poetisa, los "cruzados" de esta España cometieron un verdadero genocidio, ya fuera en Oriente o en América, por mi parte no me van ni los militares ni los desfiles ni tengo nada que celebrar; mi padre fue militar, combatió en la guerra civil y lo único que sacó en claro fue un síndrome de estrés postraumático que le jodió la vida a el y a los que deberían ser sus seres querido, por mi parte me toco el servicio militar en Euskadi en la época dura y sólo vi oficiales cobardes que además pegaban a los soldados, y por añadidura estaban los malos hábitos que adquirí, como el de cogerme cogorzas un día tras otro para olvidar la situación a la que me obligaron a ir por cojones, menos mal que al fin me terminaron mandando a casa porque me hice el loco diciendo que tenía ganas de disparar a los compañeros con el cetme, eso si, todo tras pasar unos meses en el cuartel (era un fusilero que no hacía más que correr y darme golpes) otro tiempo en el hospital militar de Vitoria más otro ratito en el tribunal médico de Burgos, me volví a Madrid en autoestop con un camionero que me hizo propuestas sexuales bastas y al que tuve que cortar de un modo violento... con que no quiero ver desfiles por la patria esta ni en pintura.

Un placer el haber leído tus versos, son magníficos, saludos.
 
Los reyes indígenas exclavizaban, mataban y violaban a los débiles y pobres de su pueblo.

Llegaron los españoles y exclavizaban, mataban y violaban a los más débiles y pobres.

Se fueron los españoles y continuaron siendo explotados, asesinados y violados los más débiles y pobres.

No, no hay nada que celebrar. Ni siquiera discutir quién era o es más joputa de todos ellos. De la historia humana hay muy poco, poquísimo que celebrar. Por no decir nada.

Bonita poesía.

Salud2.

Muchas gracias, amigo poeta, por tu contundente pero más que certero comentario.
Un cordial saludo
 

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