Casitas de cartón

José Luis Galarza

Poeta que considera el portal su segunda casa

Imagino las paredes de la casita
como un molde,
el espacio redefine
fácilmente su forma.
Las proyecciones amplían
la sala de juegos,
el material abunda en mi alegría.

Tiene esta siesta una fiesta
de imaginación / de ternura.
La pila de cartones me inspira,
se relame y tiembla en mi memoria.

Si me diera la vida el tiempo
la confianza en estas manos,
la conexión con mi mente,
con el alma y mi vecino,
no permitiría que la casita
quede así tan precaria de ideas:
refugio de vacío y oscuridad.

Me tendría alegre
para hacer de los materiales
una artesanía, un poema,
con los dedos que recortan
figuras para un collage.

Con una galería para cenar,
con invitados que entienden
del viento, y de los mosquitos,
en la curiosidad ilimitada,
en la posibilidad de recrear
en los senderos la ciudad.

Invito a la urbe de cartón
a que reescriba la postal
y el margen de la ciudad
y del corazón.
Los colores quizás fuesen
un atractivo turístico.

La visita trae una caja que
se abre y cubre todo el paisaje.
Sus dobletes contienen
el arte de la sustitución
de los paisajes anclados.

Desea concretar el deseo,
la danza sobre la gramilla,
los colores que recupera
están ocupando una posición
prohibida, el deseo no pudo
olvidar la tierra y las cosechas.

Tiene la casita una sombra
que no escapa al monte.
Cuando el fuego lo cubre
mana su gracia el arroyo,
sobre el lomo sombrío
que refleja la posibilidad
de alcanzar algo de libertad.

Está ahí latente
desde que despierto:
cuando corro al monte,
cuando acorralo a una serpiente,
se ensambla algo
en un rompecabezas interior.

Cuando estén invitados
quisiera que entiendan
que ofrezco un paisaje de cartón
con los colores de una vida
y que el vértigo está siempre cerca.
En un abrir y cerrar del cartón
como si las formas
descansaran en el vértigo.

Miro el vértigo, está ya en el nacimiento
que despliega mi hogar de cartón.
Estuve debajo de los escombros,
permanecí en esa cueva
y no me convierto en animal.

El lenguaje con los años
aplasta, opaca, pero tengo
otro rostro que poco dejo ver.
Una lectura del sol de cartón,
escurridiza de las luces intensas,
una voz entretejida con la noche,
con los testigos de la orfandad.

Con lunas que aíslan la soledad
el poema sigue consumiéndose,
como la posibilidad de hablar.

El mutismo pegado a los hechos
y a las cosas,
el desamparo y el sol
como un imán.
El desarraigo y la tierra
como un imán.

Soy indiscernible como individuo,
como un imán.
Resulto de los golpes sobre mi cuerpo,
los atraigo como culpas.
Olvido los sueños de cartón
algunas noches.
Encuentro diminutos túneles,
incontables,
cavernas silenciosas en el cartón,
algunas noches.

Se inflama el subsuelo
como un animal malherido.
El suelo mantiene los subterfugios,
la palidez y el habla se funden
en un dialecto de la epidermis
que recibe una vida.

El humo, la masa oscura
que no suprime el sol,
vaga en mi meditación.
A veces pienso que el sueño
se ha vuelto un campo de hollín.

Pero es virgen el suelo
que le sucede a un volcán,
esta plataforma con aspecto infernal
que cubre de vapor los suburbios,
la ceniza innoble de la lluvia
no nos pertenece.

Estoy cubierto de escamas
que revolucionan mi aspecto,
respiro un smog cuya espesura
es una transfusión que responde
a un experimento innombrable.

Pero el sueño es virgen como el suelo,
que renueva los pliegues
y desenfunda la sensibilidad.
 
Última edición:
Imagino las paredes de la casita
como un molde,
el espacio redefine
fácilmente su forma.
Las proyecciones amplían
la sala de juegos,
el material abunda en mi alegría.

Tiene esta siesta una fiesta
de imaginación / de ternura.
La pila de cartones me inspira,
se relame y tiembla en mi memoria.

Si me diera la vida el tiempo
la confianza en estas manos,
la conexión con mi mente,
con el alma y mi vecino,
no permitiría que la casita
quede así tan precaria de ideas:
refugio de vacío y oscuridad.

Me tendría alegre
para hacer de los materiales
una artesanía, un poema,
con los dedos que recortan
figuras para un collage.

Con una galería para cenar,
con invitados que entienden
del viento, y de los mosquitos,
en la curiosidad ilimitada,
en la posibilidad de recrear
en los senderos la ciudad.

Invito a la urbe de cartón
que reescribe la postal
y el margen de la ciudad
y del corazón.
Los colores quizás fuesen
un atractivo turístico.

La visita trae una caja que
se abre y cubre todo el paisaje.
Sus dobletes contienen
el arte de la sustitución
de los paisajes anclados.

Desea concretar el deseo,
la danza sobre la gramilla,
los colores que recupera
están ocupando una posición
prohibida, el deseo no pudo
olvidar la tierra y las cosechas.

Tiene la casita una sombra
que no escapa al monte.
Cuando el fuego lo cubre
mana su gracia el arroyo,
sobre el lomo sombrío
que refleja la posibilidad
de alcanzar algo de libertad.

Está ahí latente
desde que despierto:
cuando corro al monte,
cuando acorralo a una serpiente,
se ensambla algo
en un rompecabezas interior.

Cuando estén invitados
quisiera que entiendan
que ofrezco un paisaje de cartón
con los colores de una vida
y que el vértigo está siempre cerca.
En un abrir y cerrar del cartón
como si las formas
descansaran en el vértigo.

Miro el vértigo, está ya en el nacimiento
que despliega mi hogar de cartón.
Estuve debajo de los escombros,
permanecí en esa cueva
y no me convierto en animal.

El lenguaje con los años
aplasta, opaca, pero tengo
otro rostro que poco dejo ver.
Una lectura del sol de cartón,
escurridiza de las luces intensas,
una voz entretejida con la noche,
con los testigos de la orfandad.

Con lunas que aíslan la soledad
el poema sigue consumiéndose,
como la posibilidad de hablar.

El mutismo pegado a los hechos
y a las cosas,
el desamparo y el sol
como un imán.
El desarraigo y la tierra
como un imán.

Soy indiscernible como individuo,
como un imán.
Resulto de los golpes sobre mi cuerpo,
los atraigo como culpas.
Olvido los sueños de cartón
algunas noches.
Encuentro diminutos túneles,
incontables,
cavernas silenciosas en el cartón,
algunas noches.

Se inflama el subsuelo
como un animal malherido.
El suelo mantiene los subterfugios,
la palidez y el habla se funden
en un dialecto de la epidermis
que recibe una vida.

El humo, la masa oscura
que no suprime el sol,
vaga en mi meditación.
A veces pienso que el sueño
se ha vuelto un campo de hollín.

Pero es virgen el suelo
que le sucede a un volcán,
esta plataforma con aspecto infernal
que cubre de vapor los suburbios,
la ceniza innoble de la lluvia
no nos pertenece.

Estoy cubierto de escamas
que revolucionan mi aspecto,
respiro un smog cuya espesura
es una transfusión que responde
a un experimento innombrable.

Pero el sueño es virgen como el suelo,
que renueva los pliegues
y desenfunda la sensibilidad.
Interesantes letras mi estimado José Luis, saludos amigo,
 
Imagino las paredes de la casita
como un molde,
el espacio redefine
fácilmente su forma.
Las proyecciones amplían
la sala de juegos,
el material abunda en mi alegría.

Tiene esta siesta una fiesta
de imaginación / de ternura.
La pila de cartones me inspira,
se relame y tiembla en mi memoria.

Si me diera la vida el tiempo
la confianza en estas manos,
la conexión con mi mente,
con el alma y mi vecino,
no permitiría que la casita
quede así tan precaria de ideas:
refugio de vacío y oscuridad.

Me tendría alegre
para hacer de los materiales
una artesanía, un poema,
con los dedos que recortan
figuras para un collage.

Con una galería para cenar,
con invitados que entienden
del viento, y de los mosquitos,
en la curiosidad ilimitada,
en la posibilidad de recrear
en los senderos la ciudad.

Invito a la urbe de cartón
que reescribe la postal
y el margen de la ciudad
y del corazón.
Los colores quizás fuesen
un atractivo turístico.

La visita trae una caja que
se abre y cubre todo el paisaje.
Sus dobletes contienen
el arte de la sustitución
de los paisajes anclados.

Desea concretar el deseo,
la danza sobre la gramilla,
los colores que recupera
están ocupando una posición
prohibida, el deseo no pudo
olvidar la tierra y las cosechas.

Tiene la casita una sombra
que no escapa al monte.
Cuando el fuego lo cubre
mana su gracia el arroyo,
sobre el lomo sombrío
que refleja la posibilidad
de alcanzar algo de libertad.

Está ahí latente
desde que despierto:
cuando corro al monte,
cuando acorralo a una serpiente,
se ensambla algo
en un rompecabezas interior.

Cuando estén invitados
quisiera que entiendan
que ofrezco un paisaje de cartón
con los colores de una vida
y que el vértigo está siempre cerca.
En un abrir y cerrar del cartón
como si las formas
descansaran en el vértigo.

Miro el vértigo, está ya en el nacimiento
que despliega mi hogar de cartón.
Estuve debajo de los escombros,
permanecí en esa cueva
y no me convierto en animal.

El lenguaje con los años
aplasta, opaca, pero tengo
otro rostro que poco dejo ver.
Una lectura del sol de cartón,
escurridiza de las luces intensas,
una voz entretejida con la noche,
con los testigos de la orfandad.

Con lunas que aíslan la soledad
el poema sigue consumiéndose,
como la posibilidad de hablar.

El mutismo pegado a los hechos
y a las cosas,
el desamparo y el sol
como un imán.
El desarraigo y la tierra
como un imán.

Soy indiscernible como individuo,
como un imán.
Resulto de los golpes sobre mi cuerpo,
los atraigo como culpas.
Olvido los sueños de cartón
algunas noches.
Encuentro diminutos túneles,
incontables,
cavernas silenciosas en el cartón,
algunas noches.

Se inflama el subsuelo
como un animal malherido.
El suelo mantiene los subterfugios,
la palidez y el habla se funden
en un dialecto de la epidermis
que recibe una vida.

El humo, la masa oscura
que no suprime el sol,
vaga en mi meditación.
A veces pienso que el sueño
se ha vuelto un campo de hollín.

Pero es virgen el suelo
que le sucede a un volcán,
esta plataforma con aspecto infernal
que cubre de vapor los suburbios,
la ceniza innoble de la lluvia
no nos pertenece.

Estoy cubierto de escamas
que revolucionan mi aspecto,
respiro un smog cuya espesura
es una transfusión que responde
a un experimento innombrable.

Pero el sueño es virgen como el suelo,
que renueva los pliegues
y desenfunda la sensibilidad.
La casita de cartón, con disimulada opulencia, me llevó por lo concreto
así como por lo onírico, y en ambas
latitudes, desde un desborde perceptivo, me dejó impresionado.
Saludos José Luis.
 
La casita de cartón, con disimulada opulencia, me llevó por lo concreto
así como por lo onírico, y en ambas
latitudes, desde un desborde perceptivo, me dejó impresionado.
Saludos José Luis.
Agradezco mucho su profunda lectura, ciertamente describiste muy bien el proceso de escritura en esta poesía en la que discurro a partir de imágenes y vivencias simples emociones complejas. Y me da gusto que haya podido recibir bien esta exótica invitación. Un abrazo
 
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