Dedicado al compañero Marquelo,
que aprendió leyendo vísceras.
Después de algunos años confinado,
con perros cimarrones me presento:
mi nombre es Hilandario Rudelaris.
Dibujo enredaderas donde muros.
Aparte de los padres que no tuve
recuerdo la corriente, aquel canasto
de mimbre desbocado por la cuesta,
mi llanto iluminando todo el río.
Fuera suerte, capricho o cierta soga
que insólita lanzaron de la orilla,
tan pronto desperté y toqué la tierra:
mi infancia fue un festín entre los pobres.
Según la marejada fue el oficio.
A veces traficante otras hachero.
Apátrida de Thule hasta Malvinas.
No creo que haya un faro sin mi atraco.
Devoto de barajas y cuchillos.
Forjado en la sevicia y la dulzura.
Mi rostro lleva el tajo de ese viento
sereno de canoas en la noche.
Lancé a los cuatro diezmos mis blasfemias.
Fundiendo platería entre rufianes.
Mi firma patentó la desmesura
del mar que me conoce y que me ignora.
¡Acepta, fiel viajero, mi tesoro,
un mapa que conduce hacia la nada,
lo poco, lo apretado, lo inasible,
un puño que se cierra en las estrellas!
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