kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA INSIGNIFICANCIA
Subía con paso cansado la cuesta embarrada
de aquella aldea entallada en la selva
allá en la margen izquierda del río Mekong,
en algún lugar perdido
entre Chiang Khong y Luang Prabang.
Sentía en mi rostro las llamaradas de la tarde
y el calor húmedo del monzón
se podía masticar.
El cielo aceleraba su papiroflexia
plegando y desplegando las nubes,
tratando de resolver con urgencia
el mosaico de la tormenta.
Y estalló, entonces, el trueno promisorio
del inminente chubasco.
La calle estaba desierta.
Solo se escuchaban las risas de unos niños
a lo lejos y el giro de los álabes
de aquella selva sideral
que se alzaba desafiante
sobre la insignificancia de mi pulso.
De pronto, tras un mostrador repleto de pitayas,
me encontré a un viejo con el torso desnudo
limpiando un sublime pescado de más de 3 kg.
¿Paduk? —le pregunté—.
Detuvo, por un momento,
el baile ancestral de su cuchillo
y entornó su mirada hacia mí
asintiendo levemente con la cabeza.
Y en su mirada brilló la mirada de mi abuelo.
Esa mirada orgullosa de cuando limpiábamos juntos
la pesca en aquellas tardes de verano
en las que la brisa era toda nuestra
y éramos felices.
Aquel hombre
estaba orgulloso de que este jodido turista
se interesara por aquellos lomos brillantes
que ardían sobre su viejo tocón de teca.
Y le pedí permiso para sacar unas fotos.
Y en el blanco y negro de mi carrete
se quedó grabada la luz descompuesta
por aquel prisma de ternura;
y alguna que otra lágrima derramada
por el inesperado encuentro
con la belleza compasiva.
Y tras el metálico arrastre del último disparo
y en la reverencia mística del silencio,
me fui alejando
mientras aquel abuelo se perdía
entre las sombras
cargando con los lomos de su pez.
Existe el bien y el mal —me dije—.
Y desde lo más alto del pueblo,
y con el curso bestial del Mekong ante mí,
comprendí el poder de la insignificancia.
Sentirte perdido en la nada —o en el todo—,
según lo quieras ver,
puede otorgarte la lucidez de un dios.
¡Claro que existe el bien y el mal!
¿Acaso los vórtices que siembran
la corriente del río Mekong
no son sino los horizontes de sucesos
de la puta tragedia de este necrófago
que seguirá profanando el cadáver
de su propia condición
hasta hacerse desaparecer
para siempre?
Y me dirán que el bien y el mal no son más
que humanas abstracciones, que no son más
que simples proyecciones
que tratan de aliviar el dolor de la vacuidad.
¡No me jodas! Eso se lo cuentas
a los cantos muertos de los miserables
que ruedan por el lecho
de nuestro grotesco río vital.
¡Qué puta vergüenza!
¡Claro que existe el bien y el mal!
Pero es que esto no lo digo yo,
lo dice el dios que todos llevamos dentro.
Que de la pulsión tierna y compasiva
del ser humano emana el bien,
y que de los 80 millones de bombas sin detonar
que aguardan pacientes en los arrozales laosianos
se encarna el mal,
es algo que debería resolverse en nosotros,
los humanos, con la certeza de un Yo.
¡Pero está claro que no somos capaces!
La ceguera ante la luz
solo nos permite ser profetas
de nuestra propia sombra;
nos aferramos a las vísceras iracundas del cuerpo
en vez de atrapar la luz en calma de nuestro espíritu.
Y comenzó a llover. Comenzó a llover
con el preludio de esas gotas gordas
que apenas se aproximan a la lumbre del suelo
retornan al cielo de su niñez.
Me refugié en una choza reconvertida
en una especie de bar. Un recinto techado
por unas placas de aluminio.
En el centro
una jovencísima madre
atendía los reclamos de tres niños
y un bebé.
Su rostro lo embalsamaba la fluorescencia
de unos brotes verdes
que asomaban entre los vapores
de una olla de barro.
Con gesto brusco
me dirigió su dedo índice
hacia el brillo blanco de una nevera.
A Rembrandt le hubiera encantado
este duelo de luces
de brasas, neveras y ocasos.
Cogí una litrona
y me senté
en una de las mesas de plástico que estaban dispuestas
en un precario voladizo de madera que se asomaba valiente
sobre el salvaje devenir de la humanidad.
El rugido inercial del Mekong,
el estruendo de la lluvia golpeando en la tejavana,
el sudor rociando mi pecho…,
la insignificancia.
Y por un momento quise creer
que la luz poderosa de la insignificancia
podría llegar a salvarnos…
Fui bebiendo a sorbos largos la cerveza
mientras la tormenta declinaba,
poco a poco, su repique.
Fue entonces cuando se sentaron,
unas mesas más allá,
dos chavales yankis asquerosamente borrachos.
Se reían mientras vacilaban babosos
a la madre que llevaba el local.
Me recordaron a esos dos jodidos viejos de Goya
comiendo de la sopa… del mal.
Hasta en lo más sórdido se esconde la belleza.
Estremece darse cuenta
de que no tenemos solución,
y es que el camposanto del horror
ya no da para más.
Y yo los miraba fijamente
y ellos me miraban a mí,
y se reían como putas hienas.
Apuré de un trago la cerveza y me marché.
A la mañana siguiente embarcamos muy temprano,
y mientras nos alejábamos del dique pude distinguir
cómo de una casucha junto al muelle
salía una de las hienas
cogido de la cintura de la joven madre.
El hijo de la gran puta sacó la cartera,
y ya después ella se perdió cuesta arriba
en uno de esos remolinos
que giraban con una violencia brutal
en aquel duro amanecer.
Sí, todos los putos ríos van a dar a la mar,
eso es cierto,
pero es que la mar,
ya no da más
Kalkbadan
Luang Prabang, 21 de agosto de 2023
Subía con paso cansado la cuesta embarrada
de aquella aldea entallada en la selva
allá en la margen izquierda del río Mekong,
en algún lugar perdido
entre Chiang Khong y Luang Prabang.
Sentía en mi rostro las llamaradas de la tarde
y el calor húmedo del monzón
se podía masticar.
El cielo aceleraba su papiroflexia
plegando y desplegando las nubes,
tratando de resolver con urgencia
el mosaico de la tormenta.
Y estalló, entonces, el trueno promisorio
del inminente chubasco.
La calle estaba desierta.
Solo se escuchaban las risas de unos niños
a lo lejos y el giro de los álabes
de aquella selva sideral
que se alzaba desafiante
sobre la insignificancia de mi pulso.
De pronto, tras un mostrador repleto de pitayas,
me encontré a un viejo con el torso desnudo
limpiando un sublime pescado de más de 3 kg.
¿Paduk? —le pregunté—.
Detuvo, por un momento,
el baile ancestral de su cuchillo
y entornó su mirada hacia mí
asintiendo levemente con la cabeza.
Y en su mirada brilló la mirada de mi abuelo.
Esa mirada orgullosa de cuando limpiábamos juntos
la pesca en aquellas tardes de verano
en las que la brisa era toda nuestra
y éramos felices.
Aquel hombre
estaba orgulloso de que este jodido turista
se interesara por aquellos lomos brillantes
que ardían sobre su viejo tocón de teca.
Y le pedí permiso para sacar unas fotos.
Y en el blanco y negro de mi carrete
se quedó grabada la luz descompuesta
por aquel prisma de ternura;
y alguna que otra lágrima derramada
por el inesperado encuentro
con la belleza compasiva.
Y tras el metálico arrastre del último disparo
y en la reverencia mística del silencio,
me fui alejando
mientras aquel abuelo se perdía
entre las sombras
cargando con los lomos de su pez.
Existe el bien y el mal —me dije—.
Y desde lo más alto del pueblo,
y con el curso bestial del Mekong ante mí,
comprendí el poder de la insignificancia.
Sentirte perdido en la nada —o en el todo—,
según lo quieras ver,
puede otorgarte la lucidez de un dios.
¡Claro que existe el bien y el mal!
¿Acaso los vórtices que siembran
la corriente del río Mekong
no son sino los horizontes de sucesos
de la puta tragedia de este necrófago
que seguirá profanando el cadáver
de su propia condición
hasta hacerse desaparecer
para siempre?
Y me dirán que el bien y el mal no son más
que humanas abstracciones, que no son más
que simples proyecciones
que tratan de aliviar el dolor de la vacuidad.
¡No me jodas! Eso se lo cuentas
a los cantos muertos de los miserables
que ruedan por el lecho
de nuestro grotesco río vital.
¡Qué puta vergüenza!
¡Claro que existe el bien y el mal!
Pero es que esto no lo digo yo,
lo dice el dios que todos llevamos dentro.
Que de la pulsión tierna y compasiva
del ser humano emana el bien,
y que de los 80 millones de bombas sin detonar
que aguardan pacientes en los arrozales laosianos
se encarna el mal,
es algo que debería resolverse en nosotros,
los humanos, con la certeza de un Yo.
¡Pero está claro que no somos capaces!
La ceguera ante la luz
solo nos permite ser profetas
de nuestra propia sombra;
nos aferramos a las vísceras iracundas del cuerpo
en vez de atrapar la luz en calma de nuestro espíritu.
Y comenzó a llover. Comenzó a llover
con el preludio de esas gotas gordas
que apenas se aproximan a la lumbre del suelo
retornan al cielo de su niñez.
Me refugié en una choza reconvertida
en una especie de bar. Un recinto techado
por unas placas de aluminio.
En el centro
una jovencísima madre
atendía los reclamos de tres niños
y un bebé.
Su rostro lo embalsamaba la fluorescencia
de unos brotes verdes
que asomaban entre los vapores
de una olla de barro.
Con gesto brusco
me dirigió su dedo índice
hacia el brillo blanco de una nevera.
A Rembrandt le hubiera encantado
este duelo de luces
de brasas, neveras y ocasos.
Cogí una litrona
y me senté
en una de las mesas de plástico que estaban dispuestas
en un precario voladizo de madera que se asomaba valiente
sobre el salvaje devenir de la humanidad.
El rugido inercial del Mekong,
el estruendo de la lluvia golpeando en la tejavana,
el sudor rociando mi pecho…,
la insignificancia.
Y por un momento quise creer
que la luz poderosa de la insignificancia
podría llegar a salvarnos…
Fui bebiendo a sorbos largos la cerveza
mientras la tormenta declinaba,
poco a poco, su repique.
Fue entonces cuando se sentaron,
unas mesas más allá,
dos chavales yankis asquerosamente borrachos.
Se reían mientras vacilaban babosos
a la madre que llevaba el local.
Me recordaron a esos dos jodidos viejos de Goya
comiendo de la sopa… del mal.
Hasta en lo más sórdido se esconde la belleza.
Estremece darse cuenta
de que no tenemos solución,
y es que el camposanto del horror
ya no da para más.
Y yo los miraba fijamente
y ellos me miraban a mí,
y se reían como putas hienas.
Apuré de un trago la cerveza y me marché.
A la mañana siguiente embarcamos muy temprano,
y mientras nos alejábamos del dique pude distinguir
cómo de una casucha junto al muelle
salía una de las hienas
cogido de la cintura de la joven madre.
El hijo de la gran puta sacó la cartera,
y ya después ella se perdió cuesta arriba
en uno de esos remolinos
que giraban con una violencia brutal
en aquel duro amanecer.
Sí, todos los putos ríos van a dar a la mar,
eso es cierto,
pero es que la mar,
ya no da más
de sí.
Kalkbadan
Luang Prabang, 21 de agosto de 2023
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