Luz

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
LUZ

Dicen que la luz son ondas.
Dicen que la luz son partículas.
Dicen que, al parecer, las ondas del mar se hacen arena
en el momento en el que el niño
decide fabricar un castillo con su cubo.
Dicen que la luz proviene de un accidente de tráfico frontal
en el que fallecieron dos partículas gemelas
que siempre fueron «anti» la una de la otra.
O que resulta del trágico grito de Munch de un electrón
que saltó del balcón de un átomo incendiado.
Dicen que aquellos dos fotones que se liaron en La Vía Láctea
tendrán la fortuna, o la condena, según se vea,
de estar entrelazados para siempre.
Dicen que la luz se desplaza a toda hostia,
pero que está potencialmente sin estar,
y al mismo tiempo afirman que, para un observador externo,
los corpúsculos estarían detenidos y habrían alcanzado,
en todo momento,
el confín del universo.

No sé a vosotros, pero a mí
toda esta movida me resulta extrañísima.

Pero la radio y las pantallas escupen con precisión su pienso
en las bocas de este rebaño intestino.
El microondas calienta excelentemente la mierda de comida
que puede permitirse una madre que llega a casa de madrugada
mientras su hijo adolescente, en las sombras de su cubículo,
colapsa los designios que tiene tatuados en la frente de su futuro.
El láser guía misiles que se dirigen —en estos momentos—
hacia hospitales y colegios, y también te alisa las arrugas
que te han salido en tu frente de viejo.

¡Y todo funciona a la perfección! ¡No hay fallo!
La luz de la que hablan siempre cumple su objetivo,
así que para qué rendir cuentas
ante nuestra ciencia
ficción.

Lo único que me cuadra de todo esto
es que la luz sea pura energía…
Pura forma que ofrece a la materia el acto de ser:
la lucidez de la consciencia.
Eso sí tiene sentido.
Y cuando hablo de consciencia hablo
de la consciencia del ser humano,
pero también de la consciencia de mi gato, de las golondrinas,
de las moscas, de las cucarachas, de las larvas,
de mi querida camelia, de la grava depositada
en el fondo de su maceta,
y la consciencia de la propia maceta también.
La luz está dentro de nosotros, no fuera.

¿Y cómo fue posible semejante interioridad lumínica?
Quizá se deba a que Dios estaba creando su obra maestra
cuando, después de haberse tomado un par de margaritas de más,
se le fue la mano con la materia y estalló en pedazos toda su obra;
es decir, él mismo estalló en pedazos: ¡Hágase la luz!
Y las esquirlas de su cuerpo divino
son, precisamente, esta luz que nos sostiene.

La presunta luz de fuera es la muerte.
Lo de fuera es ininteligible, es otra cosa.

La vida es el mecanismo
por el que «vemos» luz
dentro de nosotros,
igual que el polvo siente, de algún modo,
su propio polvo.

Eso es la luz, lo demás, lo de fuera, es puro misterio mortificado.
Lo de fuera son las cuerdas que aguardan a que un niño las agarre
y juegue con ellas al salto de la comba.

Básicamente la luz es lo que siento
cuando cierro los ojos
y recuerdo aquella tarde de cervezas contigo, padre,
y de cómo me contabas cosas que no entendía,
y de cómo aquella charla es, ahora, mi Piedra de Rosetta...
Y no hubo más tardes como aquella,
porque no tuvimos tiempo de más
antes de tu estallido.

La luz es el vientre de la madre.
La luz es la risa del niño que corre por la playa vacilando a las olas.
La luz es el roce de los estambres con que acarician los abuelos.
La luz es el rumor de las caracolas en el tímpano del recuerdo.
La luz es el miedo de que nuestro niño deje de jugar a la comba
y atravesemos sin retorno la membrana
de nuestra célula luminosa.

Pero la muerte como tal no existe,
sino que sufrimos un estallido similar al que padeció dios,
y por el que cada orgasmo y cada herida
quedan encapsuladas en eso que llamamos «partículas».
Somos microdioses. Somos futuros big banes de vida.
Somos creadores de esta realidad cubista que no cesa…

El problema es que el cuadro que estamos creando es grotesco.
Cierras los ojos y sientes la humedad mohosa de los zulos humanos,
escuchas el afilado zumbido de los misiles y sus ojivas de silencio,
y el perfume grumoso del hierro de la sangre derramada
que impregna de saliva los bordes de tu lengua
mientras el diafragma del alma se contrae
y vomitas el asco de la brutalidad.

Por ello, queridos, amemos por principio.
Cada vez lo tengo más claro:
la mayor obra de arte siempre fue
crear tu propia vida
con una luz
que valiese verdaderamente la pena.

No sé si ya es tarde para revertir
este declarado avance hacia la nada.
Solo sé que la luz
necesita de tu propia luz
para poder sobrevivirse
y brillar
con la dignidad
que se merece.​


Kalkbadan
Madrid, 21 de enero de 2023
 
Última edición:
LUZ

Dicen que la luz son ondas.
Dicen que la luz son partículas.
Dicen que, al parecer, las ondas del mar se hacen arena
en el momento en el que el niño
decide fabricar un castillo con su cubo.
Dicen que la luz proviene de un accidente de tráfico frontal
en el que fallecieron dos partículas gemelas
que siempre fueron «anti» la una de la otra.
O que resulta del trágico grito de Munch de un electrón
que saltó del balcón de un átomo incendiado.
Dicen que aquellos dos fotones que se liaron en La Vía Láctea
tendrán la fortuna, o la condena, según se vea,
de estar entrelazados para siempre.
Dicen que la luz se desplaza a toda hostia,
pero que está potencialmente sin estar,
y al mismo tiempo afirman que, para un observador externo,
los corpúsculos estarían detenidos y habrían alcanzado,
en todo momento,
el confín del universo.

No sé a vosotros, pero a mí
toda esta movida me resulta extrañísima.

Pero la radio y las pantallas escupen con precisión su pienso
en las bocas de este rebaño intestino.
El microondas calienta excelentemente la mierda de comida
que puede permitirse una madre que llega a casa de madrugada
mientras su hijo adolescente, en las sombras de su cubículo,
colapsa los designios que tiene tatuados en la frente de su futuro.
El láser guía misiles que se dirigen —en estos momentos—
hacia hospitales y colegios, y también te alisa las arrugas
que te han salido en tu frente de viejo.

¡Y todo funciona a la perfección! ¡No hay fallo!
La luz de la que hablan siempre cumple su objetivo,
así que para qué rendir cuentas
ante nuestra ciencia
ficción.

Lo único que me cuadra de todo esto
es que la luz sea pura energía…
Pura forma que ofrece a la materia el acto de ser:
la lucidez de la consciencia.
Eso sí tiene sentido.
Y cuando hablo de consciencia hablo
de la consciencia del ser humano,
pero también de la consciencia de mi gato, de las golondrinas,
de las moscas, de las cucarachas, de las larvas,
de mi querida camelia, de la grava depositada
en el fondo de su maceta,
y la consciencia de la propia maceta también.
La luz está dentro de nosotros, no fuera.

¿Y cómo fue posible semejante interioridad lumínica?
Quizá se deba a que Dios estaba creando su obra maestra
cuando, después de haberse tomado un par de margaritas de más,
se le fue la mano con la materia y estalló en pedazos toda su obra;
es decir, él mismo estalló en pedazos.
Y las esquirlas de su cuerpo divino
son, precisamente, esta luz que nos sostiene.

La presunta luz de fuera es la muerte.
Lo de fuera es ininteligible, es otra cosa.

La vida es el mecanismo
por el que «vemos» luz
dentro de nosotros,
igual que el polvo siente, de algún modo,
su propio polvo.

Eso es la luz, lo demás, lo de fuera, es puro misterio mortificado.
Lo de fuera son las cuerdas que aguardan a que un niño las agarre
y juegue con ellas al salto de la comba.

Básicamente la luz es lo que siento
cuando cierro los ojos
y recuerdo aquella tarde de cervezas contigo, padre,
y de cómo me contabas cosas que no entendía,
y de cómo aquella charla es, ahora, mi Piedra de Rosetta...
Y no hubo más tardes como aquella,
porque no tuvimos tiempo de más
antes de tu estallido.

La luz es el vientre de la madre.
La luz es la risa del niño que corre por la playa vacilando a las olas.
La luz es el roce de los estambres con que acarician los abuelos.
La luz es el rumor de las caracolas en el tímpano del recuerdo.
La luz es el miedo de que nuestro niño deje de jugar a la comba
y atravesemos sin retorno la membrana
de nuestra célula luminosa.

Pero la muerte como tal no existe,
sino que sufrimos un estallido similar al que padeció dios,
y por el que cada orgasmo y cada herida
quedan encapsuladas en eso que llaman «partículas».
Somos microdioses. Somos futuros big banes de vida.
Somos creadores de esta realidad cubista que no cesa…

El problema es que el cuadro que estamos creando es grotesco.
Cierras los ojos y sientes la humedad mohosa de los zulos humanos,
escuchas el afilado zumbido de los misiles y sus ojivas de silencio,
y el perfume grumoso del hierro de la sangre derramada
que impregna de saliva los bordes de tu lengua
mientras el diafragma del alma se contrae
y vomitas el asco de la brutalidad.

Por ello, queridos, amemos por principio.
Cada vez lo tengo más claro:
la mayor obra de arte siempre fue
crear tu propia vida
con una luz
que valiese verdaderamente la pena.

No sé si ya es tarde para revertir
este declarado avance hacia la nada.
Solo sé que la luz
necesita de tu propia luz
para poder sobrevivirse
y brillar
con la dignidad
que se merece.​


Kalkbadan
Madrid, 21 de enero de 2023
Es un poema luminoso, extraordinario. Un placer leerlo.
 

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