Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando te besé en la mejilla,
el mundo se detuvo en un suspiro,
y todo el universo cabía en ese roce,
pequeño, dulce, eterno.
Era la primera vez que mis labios
conocían la tibieza de tu piel,
un instante donde el silencio hablaba
de promesas que nunca supimos hacer.
El viento jugaba con tus cabellos,
y el sol se reflejaba en tus ojos,
mientras yo, tembloroso, aprendía
que el amor nace en los gestos más simples.
No hacía falta más que ese toque leve,
una caricia vestida de ternura,
para que el latido de mi corazón
gritara el secreto que mis palabras callaban.
Porque en ese beso, apenas un susurro,
sentí el eco de lo eterno,
la certeza de que en tu sonrisa
reside el misterio de mi primer amor.
el mundo se detuvo en un suspiro,
y todo el universo cabía en ese roce,
pequeño, dulce, eterno.
Era la primera vez que mis labios
conocían la tibieza de tu piel,
un instante donde el silencio hablaba
de promesas que nunca supimos hacer.
El viento jugaba con tus cabellos,
y el sol se reflejaba en tus ojos,
mientras yo, tembloroso, aprendía
que el amor nace en los gestos más simples.
No hacía falta más que ese toque leve,
una caricia vestida de ternura,
para que el latido de mi corazón
gritara el secreto que mis palabras callaban.
Porque en ese beso, apenas un susurro,
sentí el eco de lo eterno,
la certeza de que en tu sonrisa
reside el misterio de mi primer amor.