Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Hundo los dedos en la cáscara de la mandarina,
separo los gajos en mitades idénticas a mi sed,
introduzco mi lengua en el zumo desparramado
por mis comisuras, salgo de mi aliento para sumarme
al caer al centro dulce, para restarme del ruido,
y no sé por qué recuerdo el sitio donde solía
esconder mi rostro de tu mirada, aceite cítrico,
esconderme de ti, traviesa, en ti, eléctrica,
y los días de campo a la orilla del río sobre el colchón:
huelo el humo o tu pelo, el fogón siempre,
la leña metiendo su lumbre a la carne
—toda esa violencia para llenarnos la boca—;
masticábamos brasas y mugidos y formas de quedarse;
los labios se limpiaban con la esquina
del mantel y la pradera, con besos y mandarinas,
ácidos que derriten los ojos clarividentes. No veo la llama,
huelo el humo, la señal inequívoca,
los huesos quemados por su propulsión,
las plumas cenitales, los ángeles caníbales
chamuscados, alas de lechuga donde tú más yo:
Ícaro en una playa al otro lado del sol,
que nunca fue la naranja más alta del árbol,
ni la mandarina. La hierba, el agua, las ruinas de Elba;
las garzas, los zancudos, las colinas del Elefante,
YouTube entrecortado, Leonard Cohen a punto de turrón:
todas las cosas están vestidas de sí mismas,
atropelladas por sus límites,
no hay nada desnudo, excepto tú de ti,
sin cáscara sin mandarina sin dulzura,
y todo ese pudor te esconde para que no te vea;
estás detrás de un árbol que no tiene detrás
o dentro de una piedra debajo de otra piedra;
esto es ya una pared —una pared desnuda, claro—,
una pared toda ventana. Siento esa luz encima,
burbujas que se revuelven con mis pestañas en caudal,
y recuerdo la forma de abrir una mandarina
a tus espaldas para esconderme de tus ojos
entre tus piernas como hoy escondo el rostro
entre mis manos que son la alcantarilla de no verte
con la lengua rebosante a manos llenas.
separo los gajos en mitades idénticas a mi sed,
introduzco mi lengua en el zumo desparramado
por mis comisuras, salgo de mi aliento para sumarme
al caer al centro dulce, para restarme del ruido,
y no sé por qué recuerdo el sitio donde solía
esconder mi rostro de tu mirada, aceite cítrico,
esconderme de ti, traviesa, en ti, eléctrica,
y los días de campo a la orilla del río sobre el colchón:
huelo el humo o tu pelo, el fogón siempre,
la leña metiendo su lumbre a la carne
—toda esa violencia para llenarnos la boca—;
masticábamos brasas y mugidos y formas de quedarse;
los labios se limpiaban con la esquina
del mantel y la pradera, con besos y mandarinas,
ácidos que derriten los ojos clarividentes. No veo la llama,
huelo el humo, la señal inequívoca,
los huesos quemados por su propulsión,
las plumas cenitales, los ángeles caníbales
chamuscados, alas de lechuga donde tú más yo:
Ícaro en una playa al otro lado del sol,
que nunca fue la naranja más alta del árbol,
ni la mandarina. La hierba, el agua, las ruinas de Elba;
las garzas, los zancudos, las colinas del Elefante,
YouTube entrecortado, Leonard Cohen a punto de turrón:
todas las cosas están vestidas de sí mismas,
atropelladas por sus límites,
no hay nada desnudo, excepto tú de ti,
sin cáscara sin mandarina sin dulzura,
y todo ese pudor te esconde para que no te vea;
estás detrás de un árbol que no tiene detrás
o dentro de una piedra debajo de otra piedra;
esto es ya una pared —una pared desnuda, claro—,
una pared toda ventana. Siento esa luz encima,
burbujas que se revuelven con mis pestañas en caudal,
y recuerdo la forma de abrir una mandarina
a tus espaldas para esconderme de tus ojos
entre tus piernas como hoy escondo el rostro
entre mis manos que son la alcantarilla de no verte
con la lengua rebosante a manos llenas.
06 de noviembre de 2024
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