Contienda
Lidón MarcosR
Me creí adalid en tu contienda y no;
solo fui devastación de una guerra ilimitada.
Te esperé bajo el almendro en flor
cuando el invierno declinaba
sobre el vasto campo de batalla
de este inestable amor.
Solía predecir los aluviones
en tiempos de veranos desatados,
cuando el salto era huella inevitable
y el horizonte rumbo peregrino.
Hoy el mundo se aleja
en carrera invencible
y aún aguardo un abrazo para partir.
Quise medir las estaciones
y guardar como reliquia el unísono
murmullo de bandadas emigrando al sur,
no me despedí de ti.
Fuimos ángeles caídos
de un edén cruento, inexpugnable.
Las aves...
huyeron las aves.
En el viento se cruzan y se tensan
las incontables hebras del recuerdo
de todos los destierros engendrados.
La tarde es un aullido febril
que se desangra
en otro verso urgente
arrojado a la mar de los intentos desolados.
Se menguan los destellos
sobre nuestro pasado
y las sombras devienen...
La curva alada y breve
de una mustia caricia abandonada.
La piedra que supura lentamente
en medio de la niebla su esperanza.
El gélido estropicio de la noche
que mitiga las culpas de la aurora
y este sorbo de escarcha.
Es todo lo que dejo a mis espaldas.
Y no hay más.
Todo lo sembrado se cosecha.
Los intentos quedaron soterrados bajo tierra yerma,
los destierros condenados a cadena perpetua
y tú y yo, sangrando a versos,
fuimos daños transversales
de esa maldita contienda.
Tú y yo...
la guerra....
perdimos la guerra.
Lidón MarcosR
Me creí adalid en tu contienda y no;
solo fui devastación de una guerra ilimitada.
Te esperé bajo el almendro en flor
cuando el invierno declinaba
sobre el vasto campo de batalla
de este inestable amor.
Solía predecir los aluviones
en tiempos de veranos desatados,
cuando el salto era huella inevitable
y el horizonte rumbo peregrino.
Hoy el mundo se aleja
en carrera invencible
y aún aguardo un abrazo para partir.
Quise medir las estaciones
y guardar como reliquia el unísono
murmullo de bandadas emigrando al sur,
no me despedí de ti.
Fuimos ángeles caídos
de un edén cruento, inexpugnable.
Las aves...
huyeron las aves.
En el viento se cruzan y se tensan
las incontables hebras del recuerdo
de todos los destierros engendrados.
La tarde es un aullido febril
que se desangra
en otro verso urgente
arrojado a la mar de los intentos desolados.
Se menguan los destellos
sobre nuestro pasado
y las sombras devienen...
La curva alada y breve
de una mustia caricia abandonada.
La piedra que supura lentamente
en medio de la niebla su esperanza.
El gélido estropicio de la noche
que mitiga las culpas de la aurora
y este sorbo de escarcha.
Es todo lo que dejo a mis espaldas.
Y no hay más.
Todo lo sembrado se cosecha.
Los intentos quedaron soterrados bajo tierra yerma,
los destierros condenados a cadena perpetua
y tú y yo, sangrando a versos,
fuimos daños transversales
de esa maldita contienda.
Tú y yo...
la guerra....
perdimos la guerra.