Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
La noche caía sobre la ciudad de Nazaret. Era una noche estrellada, donde la luna en creciente, anunciaba la próxima luna llena. El frío había hecho recogerse a las gentes en sus casas y pocos eran quienes se aventuraban a recorrer las calles. La luna iluminaba con luz pálida las casas y los callejones, a la vez que ayudaba con su luz a las escasas antorchas que aún permanecían encendidas en los muros de algunos edificios.
Casi ya en los arrabales, las paredes de tapial de la casa en que vivía Neftalí, cerraban un lugar seguro donde cobijarse y tener un refugio. La casa era de Jacob, el abuelo de Neftalí quien vivía allí con dos de sus hijos y unos cuantos nietos.
Mientras Raquel preparaba la cena en la cocina donde el fuego ponía un ambiente cálido y agradable, todos se recogían en aquel lugar y esperaban alguna de las historias que solía contar el abuelo.
Aquella noche no iba a ser diferente, pero sí tenía Jacob guardada una historia que, hasta entonces, nunca se había decidido a contar. Neftalí insistió como de costumbre, para animar al abuelo a narrar…
Ya sabéis, que en mis años jóvenes, solía ser pastor y dedicarme a guardar los rebaños de mi padre y los de mis tíos. En el tiempo frío, llevábamos las ovejas hasta los alrededores de Jerusalén, pues a unas pocas leguas de la ciudad, los pastos se mantenían más verdes y abundantes que aquí en Nazaret. – El abuelo se detuvo un momento, como si quisiera apurar la memoria y continuó diciendo-. En aquella ocasión habíamos llegado a las cercanías de Belén, donde se nos hizo de noche cerca de la majada del tío Rubén, que era hermano de mi padre. Recogimos en ella el rebaño y después de tomar un poco de queso y beber un poco de leche, nos tumbamos bien envueltos en nuestras mantas sobre el duro suelo. No sé el tiempo que llevaría durmiendo, pues estaba realmente cansado, cuando una gran luz, como cuando los relámpagos iluminan el cielo, se encendió en la noche, pero sin estampido de truenos, sino con una música dulce y penetrante y pude oír en medio de ella una voz que decía:”Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad “. No sabía si en ese momento estaba soñando, o si me había sentado mal la cena, pero me incorporé deprisa y vi que mis compañeros también habían oído la voz. Y de nuevo escuchamos: “Alegraos, pues hoy os ha nacido el Mesías, el Señor”.
No sabíamos si habíamos entendido bien, si éramos capaces de comprender lo que estaba pasando, pero la voz siguió diciéndonos que lo podríamos encontrar en un corral, acostado en un pesebre. Aquello no tenía sentido, pero una gran alegría nacía en nuestros corazones y nos empujaba a hacer algo, alguna cosa, pronto.
La luz se fue desplazando, muy despacio, como invitándonos a seguirla y entonces yo, tomé la manta pequeña, la doblé con cuidado, salí de la majada y seguí la luz. Nada más cruzar los prados, en un viejo establo se detuvo y yo entré corriendo en él. Un candil iluminaba tenuemente el interior y allí estaban una mujer, un hombre y un niño recién nacido colocado en un pesebre. Me acerqué a él y le puse la manta para protegerle del frío y cuando me volvía hacia la mujer, vi que acababa de dar a luz y estaba realmente cansada. Mis compañeros llegaron entonces y pudieron ofrecerles pan y leche que habían traído. Apresuradamente contamos lo que nos había sucedido, la luz en el cielo, la voz que venía de lo alto y el hombre nos miraba con asombro mientras la mujer se sonreía.
El abuelo se calló y durante un buen rato pareció estar viviendo de nuevo aquel momento.
Nunca me sentí tan dichoso – dijo- y hasta hoy, es una historia que nunca he contado.
Y ¿qué fue del niño, del hombre y la mujer? – preguntó impaciente Neftalí.
No lo sé- respondió Jacob- Nosotros nos fuimos al día siguiente de vuelta a Nazaret y nunca más supe qué había sido de aquella familia. Han pasado casi treinta años de aquello y nunca oí a nadie hablar de que hubiesen visto cosa parecida.
Entonces, ¿no sabes nada más de ellos? –insistió el pequeño.
El abuelo negó con la cabeza, mas de pronto, dijo a Neftalí:
Yo no sé nada, pero nuestros vecinos de ahí enfrente, María, la viuda de José el carpintero, estuvieron por Belén hace muchos años. Tal vez ella sepa algo, o Jesús, su hijo, tenga conocimiento de este suceso – comentó Jacob.
Jesús es ya un hombre hecho y derecho – reflexionó Neftalí- mejor mañana me haré el encontradizo y le preguntaré a María.
Lo que Neftalí no sabía es que María guardaba todas esas cosas en su corazón.
Casi ya en los arrabales, las paredes de tapial de la casa en que vivía Neftalí, cerraban un lugar seguro donde cobijarse y tener un refugio. La casa era de Jacob, el abuelo de Neftalí quien vivía allí con dos de sus hijos y unos cuantos nietos.
Mientras Raquel preparaba la cena en la cocina donde el fuego ponía un ambiente cálido y agradable, todos se recogían en aquel lugar y esperaban alguna de las historias que solía contar el abuelo.
Aquella noche no iba a ser diferente, pero sí tenía Jacob guardada una historia que, hasta entonces, nunca se había decidido a contar. Neftalí insistió como de costumbre, para animar al abuelo a narrar…
Ya sabéis, que en mis años jóvenes, solía ser pastor y dedicarme a guardar los rebaños de mi padre y los de mis tíos. En el tiempo frío, llevábamos las ovejas hasta los alrededores de Jerusalén, pues a unas pocas leguas de la ciudad, los pastos se mantenían más verdes y abundantes que aquí en Nazaret. – El abuelo se detuvo un momento, como si quisiera apurar la memoria y continuó diciendo-. En aquella ocasión habíamos llegado a las cercanías de Belén, donde se nos hizo de noche cerca de la majada del tío Rubén, que era hermano de mi padre. Recogimos en ella el rebaño y después de tomar un poco de queso y beber un poco de leche, nos tumbamos bien envueltos en nuestras mantas sobre el duro suelo. No sé el tiempo que llevaría durmiendo, pues estaba realmente cansado, cuando una gran luz, como cuando los relámpagos iluminan el cielo, se encendió en la noche, pero sin estampido de truenos, sino con una música dulce y penetrante y pude oír en medio de ella una voz que decía:”Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad “. No sabía si en ese momento estaba soñando, o si me había sentado mal la cena, pero me incorporé deprisa y vi que mis compañeros también habían oído la voz. Y de nuevo escuchamos: “Alegraos, pues hoy os ha nacido el Mesías, el Señor”.
No sabíamos si habíamos entendido bien, si éramos capaces de comprender lo que estaba pasando, pero la voz siguió diciéndonos que lo podríamos encontrar en un corral, acostado en un pesebre. Aquello no tenía sentido, pero una gran alegría nacía en nuestros corazones y nos empujaba a hacer algo, alguna cosa, pronto.
La luz se fue desplazando, muy despacio, como invitándonos a seguirla y entonces yo, tomé la manta pequeña, la doblé con cuidado, salí de la majada y seguí la luz. Nada más cruzar los prados, en un viejo establo se detuvo y yo entré corriendo en él. Un candil iluminaba tenuemente el interior y allí estaban una mujer, un hombre y un niño recién nacido colocado en un pesebre. Me acerqué a él y le puse la manta para protegerle del frío y cuando me volvía hacia la mujer, vi que acababa de dar a luz y estaba realmente cansada. Mis compañeros llegaron entonces y pudieron ofrecerles pan y leche que habían traído. Apresuradamente contamos lo que nos había sucedido, la luz en el cielo, la voz que venía de lo alto y el hombre nos miraba con asombro mientras la mujer se sonreía.
El abuelo se calló y durante un buen rato pareció estar viviendo de nuevo aquel momento.
Nunca me sentí tan dichoso – dijo- y hasta hoy, es una historia que nunca he contado.
Y ¿qué fue del niño, del hombre y la mujer? – preguntó impaciente Neftalí.
No lo sé- respondió Jacob- Nosotros nos fuimos al día siguiente de vuelta a Nazaret y nunca más supe qué había sido de aquella familia. Han pasado casi treinta años de aquello y nunca oí a nadie hablar de que hubiesen visto cosa parecida.
Entonces, ¿no sabes nada más de ellos? –insistió el pequeño.
El abuelo negó con la cabeza, mas de pronto, dijo a Neftalí:
Yo no sé nada, pero nuestros vecinos de ahí enfrente, María, la viuda de José el carpintero, estuvieron por Belén hace muchos años. Tal vez ella sepa algo, o Jesús, su hijo, tenga conocimiento de este suceso – comentó Jacob.
Jesús es ya un hombre hecho y derecho – reflexionó Neftalí- mejor mañana me haré el encontradizo y le preguntaré a María.
Lo que Neftalí no sabía es que María guardaba todas esas cosas en su corazón.
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