Agustín Nicolás
"El recuerdo es el idioma de los sentimientos"
Tarde noche en mi pueblo
La arboleda muestra su copa blanquecina;
luz de calle la ilumina.
Las estrellas, detrás, a lo lejos me miran;
la fresca brisa nocturna me acaricia.
Desde lo oscuro de mi patio observo
este delicioso acontecimiento primaveral,
que ya lo pasé, lo sentí y en mi alma conservo,
y vuelve a aparecer sin buscarlo, sentimental.
Abrazo con todo mi ser estos momentos
que calman y me distraen del tormento
cotidiano, que nos aparta de lo realmente valioso:
los arcanos sentires, fuego subterráneo fulguroso.
Sentires que todos los seres han vivido,
lo hacen y lo harán por los siglos de los siglos.
Yo que escribo estas líneas, o vos que estás leyéndome,
somos toda la humanidad pasada y futura;
un hombre es todos los hombres.
Esta noche rompe mi pecho, dejando al descubierto mi espíritu.
Inhalo el níveo perfume de acacias;
al universo, a la vida, a la suerte, le doy gracias.
Me dejo adentrar en esta renegrida paz con ímpetu.
Escribiré con ganas, te recitaré con ansias, noche azulada.
Mi canto se desparramará en tu dulce cuerpo.
Te amaré como a la mujer más amada,
aunque sé que me queda poco tiempo.
Otros sabrán amarte tanto o más que yo.
Irán a buscarte, te podrán abrazar.
Para otros, esa dicha será...
Las luciérnagas, en verano, ese amor alumbrarán.
En invierno, el frío, como al rocío, los helará,
y respirarán ese aroma a humo de chimenea
que se menea junto al viento con donaire,
recorriendo las casas bajas de los pueblos de Buenos Aires.
Mi tierra, extensa llanura donde vuelan caranchos,
teros alzan sus cantos, casas de horneros en alambrados.
Ranas y escuerzos croan felices al llegar la tormenta,
que aquieta, a veces, con su bravura y vientos arremolinados.
¡Qué lindo es mi pueblo, Ranchos!
Por nada ni nadie lo cambiaría...
Tal vez, con el pasar de los años,
la vida me lleve a otros pagos,
y aunque no pudiese regresar,
sin mi suelo pisar, bien guardado en el pecho lo llevaría.
Y me sentiría en casa, con mi familia,
tomando mates con alguna torta frita.
El olor a tuco llegado el mediodía,
el campo con sus retamas amarillas,
la menta que sola crece sobre el césped,
el monte que reluce siempre.
¡Mi corazón explota en un suspiro!
Parado me encuentro;
la noche azul es más azul.
Y mi alma danza en júbilo
cuando te miro.
La arboleda muestra su copa blanquecina;
luz de calle la ilumina.
Las estrellas, detrás, a lo lejos me miran;
la fresca brisa nocturna me acaricia.
Desde lo oscuro de mi patio observo
este delicioso acontecimiento primaveral,
que ya lo pasé, lo sentí y en mi alma conservo,
y vuelve a aparecer sin buscarlo, sentimental.
Abrazo con todo mi ser estos momentos
que calman y me distraen del tormento
cotidiano, que nos aparta de lo realmente valioso:
los arcanos sentires, fuego subterráneo fulguroso.
Sentires que todos los seres han vivido,
lo hacen y lo harán por los siglos de los siglos.
Yo que escribo estas líneas, o vos que estás leyéndome,
somos toda la humanidad pasada y futura;
un hombre es todos los hombres.
Esta noche rompe mi pecho, dejando al descubierto mi espíritu.
Inhalo el níveo perfume de acacias;
al universo, a la vida, a la suerte, le doy gracias.
Me dejo adentrar en esta renegrida paz con ímpetu.
Escribiré con ganas, te recitaré con ansias, noche azulada.
Mi canto se desparramará en tu dulce cuerpo.
Te amaré como a la mujer más amada,
aunque sé que me queda poco tiempo.
Otros sabrán amarte tanto o más que yo.
Irán a buscarte, te podrán abrazar.
Para otros, esa dicha será...
Las luciérnagas, en verano, ese amor alumbrarán.
En invierno, el frío, como al rocío, los helará,
y respirarán ese aroma a humo de chimenea
que se menea junto al viento con donaire,
recorriendo las casas bajas de los pueblos de Buenos Aires.
Mi tierra, extensa llanura donde vuelan caranchos,
teros alzan sus cantos, casas de horneros en alambrados.
Ranas y escuerzos croan felices al llegar la tormenta,
que aquieta, a veces, con su bravura y vientos arremolinados.
¡Qué lindo es mi pueblo, Ranchos!
Por nada ni nadie lo cambiaría...
Tal vez, con el pasar de los años,
la vida me lleve a otros pagos,
y aunque no pudiese regresar,
sin mi suelo pisar, bien guardado en el pecho lo llevaría.
Y me sentiría en casa, con mi familia,
tomando mates con alguna torta frita.
El olor a tuco llegado el mediodía,
el campo con sus retamas amarillas,
la menta que sola crece sobre el césped,
el monte que reluce siempre.
¡Mi corazón explota en un suspiro!
Parado me encuentro;
la noche azul es más azul.
Y mi alma danza en júbilo
cuando te miro.