Roberto Clemente

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
En la vasta extensión del océano, donde el horizonte se encuentra con la incertidumbre, una estrella fugaz cruzó el cielo la noche del 31 de diciembre de 1972. Era la estrella de Roberto Clemente, un hombre cuya sombra había tocado tantas almas que el universo decidió reclamarlo.

El avión rugió en la pista, como un animal inquieto. Clemente cargaba consigo no solo suministros, sino también el peso de un corazón lleno de amor por su pueblo, por los que sufrían en Nicaragua. Allí estaba él, más allá del béisbol, más allá de los estadios. Era un hombre y un sueño, un latido en una humanidad que a veces olvida lo esencial.

La nave se elevó como una plegaria al cielo, cortando la noche con su determinación. Las luces de San Juan se desdibujaron en la distancia, y el océano, siempre hambriento, abrió sus brazos. El viento parecía cantar una canción melancólica mientras el avión desaparecía en el horizonte, una canción que hablaba de sacrificio, de amor infinito y de destino.

Entonces, ocurrió. Un fallo, un rugido ahogado, un instante congelado en el tiempo. El avión cayó, como si la gravedad misma hubiera decidido que Clemente era demasiado puro para permanecer en este mundo imperfecto. Las olas lo recibieron con un silencio solemne, y la estrella que había iluminado tantos caminos se apagó en las profundidades.

Pero no, no fue un final. Porque aquella noche, mientras el océano se tragaba el cuerpo, el espíritu de Clemente ascendía. Su vida no terminó en ese momento; simplemente cambió de forma. Se convirtió en un susurro en el viento, en un eco en los estadios, en una llama viva en cada acto de bondad.

El universo no perdió a Clemente; lo ganó en otra dimensión. Y mientras las olas continúan su danza eterna, uno puede imaginarlo, caminando entre las estrellas, con un bate en una mano y un corazón eterno en la otra, recordándonos que los héroes no mueren. Solo vuelan.
 
En la vasta extensión del océano, donde el horizonte se encuentra con la incertidumbre, una estrella fugaz cruzó el cielo la noche del 31 de diciembre de 1972. Era la estrella de Roberto Clemente, un hombre cuya sombra había tocado tantas almas que el universo decidió reclamarlo.

El avión rugió en la pista, como un animal inquieto. Clemente cargaba consigo no solo suministros, sino también el peso de un corazón lleno de amor por su pueblo, por los que sufrían en Nicaragua. Allí estaba él, más allá del béisbol, más allá de los estadios. Era un hombre y un sueño, un latido en una humanidad que a veces olvida lo esencial.

La nave se elevó como una plegaria al cielo, cortando la noche con su determinación. Las luces de San Juan se desdibujaron en la distancia, y el océano, siempre hambriento, abrió sus brazos. El viento parecía cantar una canción melancólica mientras el avión desaparecía en el horizonte, una canción que hablaba de sacrificio, de amor infinito y de destino.

Entonces, ocurrió. Un fallo, un rugido ahogado, un instante congelado en el tiempo. El avión cayó, como si la gravedad misma hubiera decidido que Clemente era demasiado puro para permanecer en este mundo imperfecto. Las olas lo recibieron con un silencio solemne, y la estrella que había iluminado tantos caminos se apagó en las profundidades.

Pero no, no fue un final. Porque aquella noche, mientras el océano se tragaba el cuerpo, el espíritu de Clemente ascendía. Su vida no terminó en ese momento; simplemente cambió de forma. Se convirtió en un susurro en el viento, en un eco en los estadios, en una llama viva en cada acto de bondad.

El universo no perdió a Clemente; lo ganó en otra dimensión. Y mientras las olas continúan su danza eterna, uno puede imaginarlo, caminando entre las estrellas, con un bate en una mano y un corazón eterno en la otra, recordándonos que los héroes no mueren. Solo vuelan.
Gloria a Roberto Clemente.
Feliz Año Nuevo 2025.

Saludos hasta PR.
 

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