Pero los niños, con su inocente curiosidad, lo miraban con asombro. Uno de ellos, Tomás, un pequeño de apenas ocho años, se atrevió un día a acercarse.
—¿Vives aquí, señor? —preguntó con voz temerosa.
El anciano sonrió con ternura.
—No, hijo. Yo vivo en los recuerdos... Este banco solo es mi techo cuando el alma se cansa.
Tomás no entendió del todo, pero desde entonces iba cada tarde a escuchar al viejo hablar. Le contaba historias de cuando fue marinero, de cómo conoció el amor en un puerto lejano y de cómo la vida, a veces, da giros inesperados que te dejan sin nada... salvo el alma.
Pasaron los meses, y Tomás siguió visitando al viejo. Aprendió más de la vida en esas charlas que en cualquier aula.
Una tarde de invierno, el banco quedó vacío. El anciano no volvió más. En su lugar, alguien dejó una nota doblada:
"Gracias por devolverme la compañía que la vida me quitó. Si aprendiste algo, nunca juzgues a quien ves en la calle. A veces, las almas más ricas visten harapos."
Desde aquel día, Tomás, ya convertido en adulto, cuenta la historia del mendigo sabio a quien la ciudad ignoró, pero que le dejó la mayor de las enseñanzas: que la verdadera riqueza está en el corazón.
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