Maroc
Alberto
En este mundo un hombre
es muy poco y no hay más
mundos para este hombre;
sólo este.
Quizá me equivoqué
porque vi otro mundo
en mi juventud
aunque ahora pienso que lo imaginé.
Si caigo primero te estaré
esperando allí;
al otro lado de las aguas oscuras.
Hay quien cree que los seres humanos
tenemos un alma
pero es imposible que un hombre
solo consiga algo de bondad
para este infierno.
En la guerra no hay honor,
no hay victoria ni derrota;
sólo destrucción y muerte.
Una de las cosas que más
me desconciertan de la gente
es su incapacidad para
poner en práctica
un sentimiento,
es una de las señas del capitalismo;
la gente siempre necesita
que alguien piense por ella.
Mantengo la lucidez;
una lucidez desagradable,
como un vacío en las tripas,
sé lo que está pasando
pero no puedo evitarlo,
vamos a caer por un gran precipicio.
No puedo soportar el dolor
que veo en la vida,
en el tiempo,
en la carne,
es un mundo
que me queda demasiado grande.
Empiezo a ser ahora lo
que seré en un futuro.
El corazón es el músculo
más importante del cuerpo
pero...
mi hijo Iyad,
de quince años,
murió en el mercado de Atatra,
en Gaza,
cuando iba a comprar el pan
y unas mantas el día diez de enero,
los cuerpos estaban quemados,
no quería mirar,
me daba miedo ver la cara de Iyad,
todo el mundo buscaba
a sus hijos bajo los escombros,
pude reconocer a Iyad
por el color de las zapatillas
polvorientas y rotas,
manchadas de sangre,
quise enterrarlo inmediatamente
así que lo cogí en brazos
y lo saqué de allí,
me lo llevé con los ojos
empapados en lágrimas
y el gesto triste de una paloma
moribunda,
¿qué he hecho para merecer esto?,
¿qué he hecho para perder
a mi familia y mi casa
y estar durmiendo en la calle
bajo la escarcha del invierno?,
los niños se orinan encima
de miedo,
de pánico,
de angustia,
de desesperación,
no tenemos nada que ver
con esta guerra,
¿qué falta hemos cometido?,
he criado a mi hijo
que era mi vida y
¿para qué;
para verlo morir cuando
iba a comprar el pan?
es muy poco y no hay más
mundos para este hombre;
sólo este.
Quizá me equivoqué
porque vi otro mundo
en mi juventud
aunque ahora pienso que lo imaginé.
Si caigo primero te estaré
esperando allí;
al otro lado de las aguas oscuras.
Hay quien cree que los seres humanos
tenemos un alma
pero es imposible que un hombre
solo consiga algo de bondad
para este infierno.
En la guerra no hay honor,
no hay victoria ni derrota;
sólo destrucción y muerte.
Una de las cosas que más
me desconciertan de la gente
es su incapacidad para
poner en práctica
un sentimiento,
es una de las señas del capitalismo;
la gente siempre necesita
que alguien piense por ella.
Mantengo la lucidez;
una lucidez desagradable,
como un vacío en las tripas,
sé lo que está pasando
pero no puedo evitarlo,
vamos a caer por un gran precipicio.
No puedo soportar el dolor
que veo en la vida,
en el tiempo,
en la carne,
es un mundo
que me queda demasiado grande.
Empiezo a ser ahora lo
que seré en un futuro.
El corazón es el músculo
más importante del cuerpo
pero...
mi hijo Iyad,
de quince años,
murió en el mercado de Atatra,
en Gaza,
cuando iba a comprar el pan
y unas mantas el día diez de enero,
los cuerpos estaban quemados,
no quería mirar,
me daba miedo ver la cara de Iyad,
todo el mundo buscaba
a sus hijos bajo los escombros,
pude reconocer a Iyad
por el color de las zapatillas
polvorientas y rotas,
manchadas de sangre,
quise enterrarlo inmediatamente
así que lo cogí en brazos
y lo saqué de allí,
me lo llevé con los ojos
empapados en lágrimas
y el gesto triste de una paloma
moribunda,
¿qué he hecho para merecer esto?,
¿qué he hecho para perder
a mi familia y mi casa
y estar durmiendo en la calle
bajo la escarcha del invierno?,
los niños se orinan encima
de miedo,
de pánico,
de angustia,
de desesperación,
no tenemos nada que ver
con esta guerra,
¿qué falta hemos cometido?,
he criado a mi hijo
que era mi vida y
¿para qué;
para verlo morir cuando
iba a comprar el pan?