Un amor que no grite

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
No hace falta que grite para que se note.
Está ahí, como un libro abierto que nadie hojea, pero cuya historia ya nos pertenece.
Un amor así no se impone, no exige ser visto.
Llega con la discreción de la lluvia que moja sin estruendo, con la parsimonia de quien conoce el tiempo y no le teme.

No necesita que le respondas rápido los mensajes ni que publiques una foto para validar su existencia.
No deja rastros en redes, sino en la piel.
No reclama promesas, porque ha aprendido que la permanencia se da en los gestos, no en los discursos.

Es un amor que entra a la cocina mientras lavas los platos y, sin decir nada, pone música suave.
Uno que sabe que compartir el silencio también es una forma de decir “te elijo”.
No pregunta si todo está bien cada cinco minutos, pero sabe exactamente cuándo abrazarte sin hacer preguntas.

Es un amor que se sienta al borde de la cama cuando no puedes dormir,
y no te ofrece soluciones, solo presencia.
Un amor que no llena vacíos con palabras huecas,
sino que habita esos espacios con su forma callada de estar.

Y no, no es un amor perfecto. A veces olvida las llaves, deja luces encendidas,
se enoja sin razones claras.
Pero nunca hiere para ganar.
Nunca levanta la voz para hacerse oír.
Porque sabe que amar no es una competencia de egos, sino un acuerdo tácito entre dos que se eligen
incluso en sus formas más torpes.

Este amor no grita porque aprendió que el amor verdadero no necesita amplificarse.
Se dice bajito. Se cuida. Se respira.
Y cuando lo encuentras, no hay más ruido en el mundo que importe.
 
No hace falta que grite para que se note.
Está ahí, como un libro abierto que nadie hojea, pero cuya historia ya nos pertenece.
Un amor así no se impone, no exige ser visto.
Llega con la discreción de la lluvia que moja sin estruendo, con la parsimonia de quien conoce el tiempo y no le teme.

No necesita que le respondas rápido los mensajes ni que publiques una foto para validar su existencia.
No deja rastros en redes, sino en la piel.
No reclama promesas, porque ha aprendido que la permanencia se da en los gestos, no en los discursos.

Es un amor que entra a la cocina mientras lavas los platos y, sin decir nada, pone música suave.
Uno que sabe que compartir el silencio también es una forma de decir “te elijo”.
No pregunta si todo está bien cada cinco minutos, pero sabe exactamente cuándo abrazarte sin hacer preguntas.

Es un amor que se sienta al borde de la cama cuando no puedes dormir,
y no te ofrece soluciones, solo presencia.
Un amor que no llena vacíos con palabras huecas,
sino que habita esos espacios con su forma callada de estar.

Y no, no es un amor perfecto. A veces olvida las llaves, deja luces encendidas,
se enoja sin razones claras.
Pero nunca hiere para ganar.
Nunca levanta la voz para hacerse oír.
Porque sabe que amar no es una competencia de egos, sino un acuerdo tácito entre dos que se eligen
incluso en sus formas más torpes.

Este amor no grita porque aprendió que el amor verdadero no necesita amplificarse.
Se dice bajito. Se cuida. Se respira.
Y cuando lo encuentras, no hay más ruido en el mundo que importe.
Un amor profundo, silencioso y discreto.

Saludos hasta PR
 
No hace falta gritar con que la tomes de la mano y rían juntos es suficiente ...

Un placer leerte

Un abrazo helado desde el invierno en el sur de mí planeta
 

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