El relato

dragon_ecu

Esporádico permanente
Él se sienta a la mesa de la cocina
y fuma un cigarrillo tras otro.
Lleva una venda limpia en la mano,
una herida que dice que recibió de "ellos",
mientras señala hacia el alambrado de púas.

Habla con una voz suave, casi rota,
sobre la libertad que le quitaron,
sobre el frío de una celda
que nunca pernoctó
y de la que pronto le acogían
medidas sustitutivas.

Bebe café negro con sabor rancio de maíz tostado
y describe el rostro de su verdugo,
pero sus ojos extrañamente
no tienen el brillo del miedo,
sino la fijeza ajustada
de quien ensaya un guion.

Fuera, en el patio trasero,
hay minúsculas huellas de rocío rojo
y algo de tierra removida.

Hay nombres que se borran de los registros
con celeridad y auxilio administrativo
con la misma facilidad
con que él apaga la colilla.

Él es la "víctima" en el boletín de la tarde.

El que levanta el puño o reza frente a la cámara,
mientras los verdaderos muertos,
aquellos a los que él mismo les cerró la boca,
no tienen voz, ni café, ni vendas,
ni a nadie que escriba un poema sobre ellos.

Él se levanta, se ajusta la chaqueta
y sale a la calle a recibir los aplausos.

En la casa de al lado, una mujer llora en silencio
porque sabe que,
en este mundo,
el que grita más fuerte es quien decide
quién es el monstruo.
 
Última edición:
Él se sienta a la mesa de la cocina
y fuma un cigarrillo tras otro.
Lleva una venda limpia en la mano,
una herida que dice que recibió de "ellos",
mientras señala hacia el alambrado de púas.

Habla con una voz suave, casi rota,
sobre la libertad que le quitaron,
sobre el frío de una celda
que nunca pernoctó
y de la que pronto le acogían
medidas sustitutivas.

Bebe café negro con sabor rancio de maíz tostado
y describe el rostro de su verdugo,
pero sus ojos extrañamente
no tienen el brillo del miedo,
sino la fijeza ajustada
de quien ensaya un guion.

Fuera, en el patio trasero,
hay minúsculas huellas de rocío rojo
y algo de tierra removida.

Hay nombres que se borran de los registros
con celeridad y auxilio administrativo
con la misma facilidad
con que él apaga la colilla.

Él es la "víctima" en el boletín de la tarde.

El que levanta el puño o reza frente a la cámara,
mientras los verdaderos muertos,
aquellos a los que él mismo les cerró la boca,
no tienen voz, ni café, ni vendas,
ni a nadie que escriba un poema sobre ellos.

Él se levanta, se ajusta la chaqueta
y sale a la calle a recibir los aplausos.

En la casa de al lado, una mujer llora en silencio
porque sabe que,
en este mundo,
el que grita más fuerte es quien decide
quién es el monstruo.
Desafortunadamente globalmente existe una estructura social que otorga voz a ciertos individuos a expensas de las verdaderas víctimas de la violencia.
Un mal irremediable.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 

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