DonQuevedo
Poeta recién llegado
Noelia
Bendita sea la claridad del día,
que no exigió de mí más que estar
vivo, la tibieza del pan, la costumbre dócil
del café, la gracia sin nombre de lo que no
duele
He habitado la orilla, con frustraciones.
y tristezas, con una paz sin estrépito ni
preguntas, y desde ella contemplo el
mar donde otros se disuelven.
¿Qué sé yo del que ha sido herido
hasta que su alma aprende a sangrar en silencio?
¿Qué sé del corazón que, a fuerza de lucidez, se ha
vuelto noche, y en esa noche ha descubierto que
el existir es un peso sin redención?
Hay vidas que son vigilia, un
Gólgota sin promesa de domingo,
una llaga abierta al tiempo....
donde cada instante es un martirio sin testigos
La muerte, a veces, es una forma oscura de descanso
Hay quienes buscan devolver la luz a golpes de razón,
Injertar esperanza donde solo hay ceniza,
atar el alma al mundo
con hilos que llaman amor.
Pero el amor, si es puro,
no hiere ni redime por la fuerza,
es una presencia dulce que no
se impone
¡Oh paradoja del hombre!
Unos extienden las manos hacia la vida
y reciben la sombra;
otros suplican la noche
y se les niega el reposo.
Tal vez la verdadera piedad
sea no disputar con el abismo del
otro, no arrancarlo de su noche,
como quien salva a un cuerpo sin alma,
sino velar en silencio, como una lámpara
humilde que no exige ser sol.
Señor, Tú que conoces la sed que no se nombra,
recoge ese último aliento,
que no pide milagro ni victoria,
sino el descanso que la tierra negó.
Si hay gracia, como rocío secreto, que
descienda sin ruido sobre la herida,
sin forzar la carne,
sin violentar la sombra,
como cae la noche sobre el mundo
cuando todo ha sido ya consumado.
Así, quizá,
los que aman la vida la reciban sin cadenas
y los que anhelan el reposo
duerman al fin en Tu misterio,
allí donde no alcanza la voz del mandato ni
el filo ardiente de la razón
Autor del poema: Agustín Nataniel Canosa
Bendita sea la claridad del día,
que no exigió de mí más que estar
vivo, la tibieza del pan, la costumbre dócil
del café, la gracia sin nombre de lo que no
duele
He habitado la orilla, con frustraciones.
y tristezas, con una paz sin estrépito ni
preguntas, y desde ella contemplo el
mar donde otros se disuelven.
¿Qué sé yo del que ha sido herido
hasta que su alma aprende a sangrar en silencio?
¿Qué sé del corazón que, a fuerza de lucidez, se ha
vuelto noche, y en esa noche ha descubierto que
el existir es un peso sin redención?
Hay vidas que son vigilia, un
Gólgota sin promesa de domingo,
una llaga abierta al tiempo....
donde cada instante es un martirio sin testigos
La muerte, a veces, es una forma oscura de descanso
Hay quienes buscan devolver la luz a golpes de razón,
Injertar esperanza donde solo hay ceniza,
atar el alma al mundo
con hilos que llaman amor.
Pero el amor, si es puro,
no hiere ni redime por la fuerza,
es una presencia dulce que no
se impone
¡Oh paradoja del hombre!
Unos extienden las manos hacia la vida
y reciben la sombra;
otros suplican la noche
y se les niega el reposo.
Tal vez la verdadera piedad
sea no disputar con el abismo del
otro, no arrancarlo de su noche,
como quien salva a un cuerpo sin alma,
sino velar en silencio, como una lámpara
humilde que no exige ser sol.
Señor, Tú que conoces la sed que no se nombra,
recoge ese último aliento,
que no pide milagro ni victoria,
sino el descanso que la tierra negó.
Si hay gracia, como rocío secreto, que
descienda sin ruido sobre la herida,
sin forzar la carne,
sin violentar la sombra,
como cae la noche sobre el mundo
cuando todo ha sido ya consumado.
Así, quizá,
los que aman la vida la reciban sin cadenas
y los que anhelan el reposo
duerman al fin en Tu misterio,
allí donde no alcanza la voz del mandato ni
el filo ardiente de la razón
Autor del poema: Agustín Nataniel Canosa