kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
El paisaje es un estado del alma.
Henri-Frédéric Amiel
LAVAHenri-Frédéric Amiel
Mi crisol torácico
es una cámara magmática
con una actividad volcánica bestial.
Durante mucho tiempo me creí un dragón
que escupía el fuego prometeico
con el desprecio de quien ama demasiado la vida
como para aceptar que la herencia del olimpo
te imponga la tutela de sus dioses.
Tardé en darme cuenta
de que ese fuego jamás me fue entregado.
Aquella lava salvaje era mía y solo mía.
Aquella lava que vomitaban los volcanes de mi alma
era el impulso vital de aquel espíritu
que sigue, medio siglo después,
sostenido en las huellas de hoy.
Antes era casi todo lava y ahora
soy casi todo paisaje… Casi todo,
porque si fuera puro paisaje estaría muerto.
Sería lava de mi lava en el camposanto universal de Pompeya.
La vida es conformar un paisaje.
Sin mi latencia de volcán no sería más que un dios,
y yo siempre quise jugar a la humana existencia.
Es cierto que la vida es conformar un paisaje,
pero con lo que no contaba
es que aquella melodía
entonada por Marlene Dietrich,
y que resonaba al otro lado de mi colina,
era el preludio de este perfil de guerra
que ahora tose su ceniza incandescente frente a mí.
No, no contaba con ello,
pero la vida no va de contar sino de vivir.
Me asomo a la ventana con la fatiga de un volcán
que lo acaba de vomitar absolutamente todo
salvo su tristeza. Aún siento el magma
regurgitar en el abismo estomacal de mi alma.
El cielo arde como nunca. La tarde se tiñe de rosa.
Las acacias me cuentan que ya es primavera,
y la brisa acunada entre las ramas
me desliza al paisaje de mis berrocales
fraguados por la dureza del cuarzo moral de mi madre
y la mica pudorosa de mi abuelo.
Siguen resonando en sus oquedades de cristal
el vuelo detenido de las gaviotas,
los rayos brutales de tiza en el cielo,
y el ladrido del eco en los abetos.
Mi granito es un bosque de soledad.
De bendita soledad…
Avanzo por la senda de lo que fui
y me adentro en los laureles y pinares de mi Orotava,
con sus conos volcánicos que aún humean,
y a los que no guardo rencor
porque me permiten recordar…
Despuntan, a lo lejos, mis montañas ancianas y solemnes
habitadas por robles y castaños.
Pero mi paraje predilecto siempre fueron mis Cabos de Gata
que beben del licor de las hierbas de mi imaginación.
Mi consagración y mi penitencia: mi imaginación.
Y todo este paisaje está ahora cubierto,
por la ceniza densa y mortuoria
de la erupción provocada
por el señor de la guerra.
¡Cómo es posible!, ¡maldita sea!
La respuesta está en el viento, cantaba Dylan.
La tarde periclita y los estorninos cicatrizan
la herida rosa de Madrid. Y pensar que hace nada
mi cielo exhalaba esta misma paz de carmín…
Pero parece que a la gente le jode que seas feliz.
Mi querida gata Canela se sienta en alféizar
y me mira, y roza su rostro contra mi brazo,
y me mira con sus lágrimas azules, que son las mías.
Ella sabe que necesito aceptarme en este nuevo paisaje.
Un paisaje que me tiene muerto
de lo vivo que está,
y que amenaza con provocar
un paro cardiaco a la primavera.
Resultan excitantes e hipnóticas
las bocanadas explosivas de la ira.
Hay algo erótico en la furia de la destrucción;
en ese giro del tambor de tu revolver,
en esa boca del cañón
presionando la sien de tu cólera
mientras aprietas el gatillo una y otra vez
y ríes a carcajadas con ganas de matar (te).
Hay algo excitante en ese nihilismo absoluto
de cuando ya nada importa
porque todo te importa demasiado.
Pero la lava esconde en la convulsión de su danza siniestra
la dureza de una noche que puede llegar a ser eterna.
No me reconozco
desde que el filo de obsidiana de mi cuchillo japonés
sesgó el nudo gordiano que ocluía mi garganta.
Me desangré entero, pero el jodido nudo
permaneció sujeto a mi nuez.
¡Me cago en la puta tectónica de la existencia
y toda esa gentuza que tiene kilotones de lava
en sus cojones genocidas! ¡Son malos de cojones!
Han convertido mis preciados paisajes
en una ciudadela desmantelada.
Y me marcho al concierto de Marta Plumilla.
Mis queridos amigos, mis amigos del alma,
apaciguan mi pecho de ceniza con abrazos.
Ellos no saben, pero lo saben todo…
Y mi lava se remansa, poco a poco, en un mar de paz,
en ese mar que siempre quise para mí.
Y comienza el concierto y su nirvana
con los artistas entrando indolentes a la caverna
para robar el fuego y conquistar el cielo
ante este grupo de almas apiñadas sedientas de verdad.
Almas de mi alma.
Y mientras el mundo estalla en pedazos
aquí estamos demostrando que el paisaje es nuestro.
Que hay que aceptarse. Que la vida no va de odiar
si no de cantar al lienzo de un horizonte
que nos pertenece.
A la salida del concierto
han pasado dos millones de años
y un manto tupido de liquen verde
brilla sobre mi lava negra.
Está claro que nunca fui un buen vulcanólogo,
y nunca lo seré. ¡Pero soy poeta!
y haré con mis paisajes lo que me salga
del alma.
Y me atraviesa el viento marino de la paz,
y me subsumo en su respuesta. Y me acepto.
Gracias, mis almas benditas...
Yo no sé qué será de mi lava,
lo que sí sé
es que siempre fui un tipo
con mucha suerte.
Andreas
Madrid, 31 de marzo de 2026
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