El amor no estaba allí antes de mirarlo.
Existía en superposición:
era y no era,
dulce y cuchillo,
ausencia y peso exacto de tu mano.
Cuando lo observé,
colapsó.
Se volvió esto:
una partícula que eligió ser dolor
en el instante preciso
en que mi mirada la fijó.
No hay eternidad.
Solo dos estados posibles
que no pueden medirse al mismo tiempo:
tu presencia y mi certeza de que existes:
En cuanto mido una, la otra se borra.
Te amo en la rendija,
en el espacio entre el corazón y su sombra,
donde aún no decidí si eres real
o solo la probabilidad de haberte soñado.
Si intento tocarte,
la función de acto se derrumba.
Queda un rastro:
un beso que fue y dejó de ser,
una caricia convertida en recuerdo
que ya no coincide con la memoria.
Los poetas malditos creyeron
que el mal era también belleza.
Los románticos creyeron
que el amor era continuo.
Ambos se equivocaron:
el amor es el acto de observación misma.
Fuera de la mirada,
no hay nada que cantar.
Por eso vuelvo a observar cada mañana,
con terror de físico:
sabiendo que al mirarte te destruyo
y que al dejar de mirarte
dejo de existir yo también.
No hay rosa.
No hay carroña.
Solo este experimento cruel
donde el observador y lo observado
son la misma mirada condenada
a colapsar juntos.
Y aun así,
abro los ojos.
Mido.
Colapso.
Vuelvo a amar
en el único lugar
donde el amor es posible:
justo antes de que exista.
Existía en superposición:
era y no era,
dulce y cuchillo,
ausencia y peso exacto de tu mano.
Cuando lo observé,
colapsó.
Se volvió esto:
una partícula que eligió ser dolor
en el instante preciso
en que mi mirada la fijó.
No hay eternidad.
Solo dos estados posibles
que no pueden medirse al mismo tiempo:
tu presencia y mi certeza de que existes:
En cuanto mido una, la otra se borra.
Te amo en la rendija,
en el espacio entre el corazón y su sombra,
donde aún no decidí si eres real
o solo la probabilidad de haberte soñado.
Si intento tocarte,
la función de acto se derrumba.
Queda un rastro:
un beso que fue y dejó de ser,
una caricia convertida en recuerdo
que ya no coincide con la memoria.
Los poetas malditos creyeron
que el mal era también belleza.
Los románticos creyeron
que el amor era continuo.
Ambos se equivocaron:
el amor es el acto de observación misma.
Fuera de la mirada,
no hay nada que cantar.
Por eso vuelvo a observar cada mañana,
con terror de físico:
sabiendo que al mirarte te destruyo
y que al dejar de mirarte
dejo de existir yo también.
No hay rosa.
No hay carroña.
Solo este experimento cruel
donde el observador y lo observado
son la misma mirada condenada
a colapsar juntos.
Y aun así,
abro los ojos.
Mido.
Colapso.
Vuelvo a amar
en el único lugar
donde el amor es posible:
justo antes de que exista.