La casa de las arenas
Poeta recién llegado
Podría habernos escrito tal y como estábamos ahora.
Desde un futuro libre del peso de la incertidumbre, devoro una manzana hasta el hueso. Su interior sabe a tierra y podredumbre. De haber registrado el ayer, hoy sería como si te estuviera viendo. Con andar sigiloso te acercás al gato de tu infancia, que yace desmantelado sobre un cajón de madera. Tus labios de quince años besan su duermevela y enhiestan sus orejas. Simulo desinterés en una reposera vacía, en la danza intermitente de los sauces.
Poco faltaba para que regresaran los demás.
El celular resulta menos amenazante cuando se lo decora con monedas y caracoles. Confío en que, el día en que suene, lo haga en mi honor. Yo ya entendí que los textos que borro valen lo mismo que los que guardo. Al fin y al cabo, todos hablan de nosotros.
Quizás si nos hubiera escrito con más detalle (la ternura incalculable, la perspicacia sin maldad) habríamos sido eternos.
Pero sonó el timbre.
Elegí el relato a medias, el sabor a olvido de una tarde veraniega.
NATALIA DOÑATE
Desde un futuro libre del peso de la incertidumbre, devoro una manzana hasta el hueso. Su interior sabe a tierra y podredumbre. De haber registrado el ayer, hoy sería como si te estuviera viendo. Con andar sigiloso te acercás al gato de tu infancia, que yace desmantelado sobre un cajón de madera. Tus labios de quince años besan su duermevela y enhiestan sus orejas. Simulo desinterés en una reposera vacía, en la danza intermitente de los sauces.
Poco faltaba para que regresaran los demás.
El celular resulta menos amenazante cuando se lo decora con monedas y caracoles. Confío en que, el día en que suene, lo haga en mi honor. Yo ya entendí que los textos que borro valen lo mismo que los que guardo. Al fin y al cabo, todos hablan de nosotros.
Quizás si nos hubiera escrito con más detalle (la ternura incalculable, la perspicacia sin maldad) habríamos sido eternos.
Pero sonó el timbre.
Elegí el relato a medias, el sabor a olvido de una tarde veraniega.
NATALIA DOÑATE