Los hijos de la guerra

Luis Prieto

Moderador Global
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Bajo un cielo sin consuelo
lloran niños sin infancia,
con los ojos como espejos
de la muerte y su fragancia.
No conocen los juguetes
ni las risas de la escuela,
solo el ruido de fusiles
y la noche que desvela.
Sus zapatos van gastados
de huir sin rumbo ni abrigo,
y en sus manos van temblores
de no tener ya un amigo.
La canción que se les roba
es de cuna y de esperanza,
pero el miedo se la quiebra
antes de alzarla en la danza.
Hay un niño que dibuja
con carbón sobre la tierra
una casa que no existe
desde el día de la guerra.
Y una niña guarda el nombre
de su madre en un suspiro,
como si al decirlo bajo
pudiera volver del giro.
No hay mañanas en sus días,
ni hay futuro en su mirada,
solo un presente de polvo
y una historia destrozada.
El pan sabe a despedida,
el agua a llanto salado,
y en sus sueños se repite
lo que el mundo ha olvidado.
Van creciendo entre ruinas
sin saber qué es la ternura,
aprendiendo demasiado
de la vida más oscura.
Pero aún guardan estrellas
en los pliegues de un remanso
y late intacto en su pecho
un latido sin descanso.
Que no muera su memoria
ni su voz quede en el viento,
que sus nombres sean semilla
y no el eco de un tormento.
Porque un niño en la batalla
es la herida más profunda,
y su llanto es un espejo
de culpa que nos inunda.
 
Bajo un cielo sin consuelo
lloran niños sin infancia,
con los ojos como espejos
de la muerte y su fragancia.
No conocen los juguetes
ni las risas de la escuela,
solo el ruido de fusiles
y la noche que desvela.
Sus zapatos van gastados
de huir sin rumbo ni abrigo,
y en sus manos van temblores
de no tener ya un amigo.
La canción que se les roba
es de cuna y de esperanza,
pero el miedo se la quiebra
antes de alzarla en la danza.
Hay un niño que dibuja
con carbón sobre la tierra
una casa que no existe
desde el día de la guerra.
Y una niña guarda el nombre
de su madre en un suspiro,
como si al decirlo bajo
pudiera volver del giro.
No hay mañanas en sus días,
ni hay futuro en su mirada,
solo un presente de polvo
y una historia destrozada.
El pan sabe a despedida,
el agua a llanto salado,
y en sus sueños se repite
lo que el mundo ha olvidado.
Van creciendo entre ruinas
sin saber qué es la ternura,
aprendiendo demasiado
de la vida más oscura.
Pero aún guardan estrellas
en los pliegues de un remanso
y late intacto en su pecho
un latido sin descanso.
Que no muera su memoria
ni su voz quede en el viento,
que sus nombres sean semilla
y no el eco de un tormento.
Porque un niño en la batalla
es la herida más profunda,
y su llanto es un espejo
de culpa que nos inunda.
La desgarradora realidad de niños que han perdido su infancia y esperanza debido a la guerra.
Muy triste.

Saludos
 
Muy cierto, amigo Luis, los niños son los que sin saberlo se quedan sin infancia, tristes versos nos compartes.

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