Lo que queda cuando ya no duele

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Me acostumbré a escribir
con algo roto en la mano.

Como si la herida
fuera tinta,
y el dolor…
la única forma de decir la verdad.

Y sí—
desde ahí salen palabras que pesan,
frases que no piden permiso,
versos que sangran sin vergüenza.

Pero un día…
dejó de doler.

Y no supe qué hacer con eso.

El silencio ya no tenía filo.
La noche no decía nada nuevo.
Y yo…
me quedé sin excusa.

Porque cuando no duele,
no hay a quién culpar.
No hay historia que dramatizar.
No hay caída que justificar.

Solo estás tú.

Respirando.
Entero.
Extrañamente en paz…
y sin saber cómo escribirlo.

Nadie te enseña a nombrar la calma.

No tiene ruido.
No tiene urgencia.
No tiene ese temblor que pide salir corriendo
a convertirse en poema.

La calma…
no grita.

Se queda.

Y eso…
eso asusta más que cualquier dolor.

Entonces entiendes
que el problema nunca fue la herida…

sino lo fácil que era hablar desde ella.

Ahora…

tengo que aprender a escribir
sin romperme primero.

A decir algo que pese
sin que sangre.

A sostener una línea
sin que me tiemble la voz.

Porque tal vez…

la verdadera prueba
no es sobrevivir al dolor…

sino quedarse cuando ya no duele
y no irse corriendo
a buscarlo otra vez.
 
Última edición:
Me acostumbré a escribir
con algo roto en la mano.

Como si la herida
fuera tinta,
y el dolor…
la única forma de decir la verdad.

Y sí—
desde ahí salen palabras que pesan,
frases que no piden permiso,
versos que sangran sin vergüenza.

Pero un día…
dejó de doler.

Y no supe qué hacer con eso.

El silencio ya no tenía filo.
La noche no decía nada nuevo.
Y yo…
me quedé sin excusa.

Porque cuando no duele,
no hay a quién culpar.
No hay historia que dramatizar.
No hay caída que justificar.

Solo estás tú.

Respirando.
Entero.
Extrañamente en paz…
y sin saber cómo escribirlo.

Nadie te enseña a nombrar la calma.

No tiene ruido.
No tiene urgencia.
No tiene ese temblor que pide salir corriendo
a convertirse en poema.

La calma…
no grita.

Se queda.

Y eso…
eso asusta más que cualquier dolor.

Entonces entiendes
que el problema nunca fue la herida…

sino lo fácil que era hablar desde ella.

Ahora…

tengo que aprender a escribir
sin romperme primero.

A decir algo que pese
sin que sangre.

A sostener una línea
sin que me tiemble la voz.

Porque tal vez…

la verdadera prueba
no es sobrevivir al dolor…

sino quedarse cuando ya no duele
y no irse corriendo
a buscarlo otra vez.
La vida es así, nos pone tropiezos.
A veces nos pone a crear desde el dolor.

Saludos hasta PR
 
Me acostumbré a escribir
con algo roto en la mano.

Como si la herida
fuera tinta,
y el dolor…
la única forma de decir la verdad.

Y sí—
desde ahí salen palabras que pesan,
frases que no piden permiso,
versos que sangran sin vergüenza.

Pero un día…
dejó de doler.

Y no supe qué hacer con eso.

El silencio ya no tenía filo.
La noche no decía nada nuevo.
Y yo…
me quedé sin excusa.

Porque cuando no duele,
no hay a quién culpar.
No hay historia que dramatizar.
No hay caída que justificar.

Solo estás tú.

Respirando.
Entero.
Extrañamente en paz…
y sin saber cómo escribirlo.

Nadie te enseña a nombrar la calma.

No tiene ruido.
No tiene urgencia.
No tiene ese temblor que pide salir corriendo
a convertirse en poema.

La calma…
no grita.

Se queda.

Y eso…
eso asusta más que cualquier dolor.

Entonces entiendes
que el problema nunca fue la herida…

sino lo fácil que era hablar desde ella.

Ahora…

tengo que aprender a escribir
sin romperme primero.

A decir algo que pese
sin que sangre.

A sostener una línea
sin que me tiemble la voz.

Porque tal vez…

la verdadera prueba
no es sobrevivir al dolor…

sino quedarse cuando ya no duele
y no irse corriendo
a buscarlo otra vez.
Hay que buscar la belleza y darse cuenta de que siempre estuvo cerca de ti pero no la advertiste por estar ocupado en tu dolor. Te has perdido mucho, pero nunca es tarde. Percíbela.
Un gran gusto leerte. Gracias por compartir.
 

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