Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando el ciego me miró,
no buscó mis ojos—
buscó mis actos.
Y vio más que todos.
Cuando el sordo me escuchó,
no oyó mis palabras—
oyó mis silencios.
Y entendió más que nadie.
Cuando el mudo me gritó,
no usó la voz—
usó la verdad que otros callan.
Y dolió más que mil discursos.
Pero la multitud…
la multitud perfecta, funcional, normal—
esa que presume ver, oír y hablar—
me juzgó.
Con ojos llenos de prejuicio.
Con oídos entrenados para el chisme.
Con bocas rápidas para condenar
y lentas para comprender.
El ciego no me pidió explicaciones.
El sordo no necesitó versiones.
El mudo no inventó historias.
Ellos no ven lo superficial,
no oyen lo conveniente,
no dicen lo que conviene decir.
Ellos no juegan a ser jueces.
En cambio nosotros—
los completos, los sanos, los correctos—
construimos tribunales con rumores,
dictamos sentencias con miradas,
y ejecutamos con palabras.
Aquí, donde todos “ven”,
nadie observa.
Aquí, donde todos “escuchan”,
nadie entiende.
Aquí, donde todos “hablan”,
nadie dice la verdad.
Y entonces comprendí…
que no eran ellos los limitados.
Éramos nosotros,
disfrazados de normalidad,
incapaces de reconocer
que el verdadero defecto
no está en el cuerpo…
sino en la conciencia.
no buscó mis ojos—
buscó mis actos.
Y vio más que todos.
Cuando el sordo me escuchó,
no oyó mis palabras—
oyó mis silencios.
Y entendió más que nadie.
Cuando el mudo me gritó,
no usó la voz—
usó la verdad que otros callan.
Y dolió más que mil discursos.
Pero la multitud…
la multitud perfecta, funcional, normal—
esa que presume ver, oír y hablar—
me juzgó.
Con ojos llenos de prejuicio.
Con oídos entrenados para el chisme.
Con bocas rápidas para condenar
y lentas para comprender.
El ciego no me pidió explicaciones.
El sordo no necesitó versiones.
El mudo no inventó historias.
Ellos no ven lo superficial,
no oyen lo conveniente,
no dicen lo que conviene decir.
Ellos no juegan a ser jueces.
En cambio nosotros—
los completos, los sanos, los correctos—
construimos tribunales con rumores,
dictamos sentencias con miradas,
y ejecutamos con palabras.
Aquí, donde todos “ven”,
nadie observa.
Aquí, donde todos “escuchan”,
nadie entiende.
Aquí, donde todos “hablan”,
nadie dice la verdad.
Y entonces comprendí…
que no eran ellos los limitados.
Éramos nosotros,
disfrazados de normalidad,
incapaces de reconocer
que el verdadero defecto
no está en el cuerpo…
sino en la conciencia.
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