MáxSinPais
Poeta recién llegado
Las hormigas de metal desfilan por los párpados de la luna,
llevando consigo el peso de los alfabetos olvidados,
mientras un paraguas de cristal se ahoga en el desierto
y los peces de mercurio aprenden a silbar bajo el agua.
El tiempo es un esqueleto de algodón que se derrite
sobre el piano de cola que sangra pétalos de neón;
hay una geometría en el grito de las estatuas,
una lógica torcida en la raíz del relámpago.
Un gato de humo sostiene el equilibrio del horizonte,
donde los trenes viajan sin raíles hacia el ombligo del viento.
Se han desnudado las campanas para vestir a los árboles,
y en la mesa servida de los sueños, la sopa de espejos
refleja el rostro de alguien que no ha nacido todavía,
alguien que teje bufandas con la sombra de las palabras.
¿Es acaso el sueño el guardián de las llaves mudas?
La llave abre una puerta que conduce a una caja de fósforos,
donde el fuego es un anciano que lee poemas en braille.
Los colores se desprenden de los cuadros de la infancia,
caen como fruta podrida en los bolsillos del mar,
y un hombre con cabeza de faro guía a las nubes
a través de un laberinto hecho de pan y olvido.
Los relojes blandos marcan la hora del insomnio,
una hora que no existe en ningún calendario terrenal,
donde el abecedario ha decidido dejar de ser línea
para convertirse en una espiral que muerde su propia cola.
Debajo del suelo, los pájaros caminan hacia atrás,
aprendiendo el lenguaje de las raíces y del subsuelo,
y en la azotea del pensamiento, un violín se desintegra
en miles de mariposas de plomo que buscan un incendio.
Todo es un eco, un error de cálculo, un suspiro vertical,
una procesión de sombras que bailan sobre el filo de una navaja.
No preguntes al viento por el mapa de este reino,
pues aquí los mapas son solo nubes que se han cansado de volar,
y la realidad es un juguete roto que alguien olvidó
en el umbral de una puerta que ya no tiene cerradura.
llevando consigo el peso de los alfabetos olvidados,
mientras un paraguas de cristal se ahoga en el desierto
y los peces de mercurio aprenden a silbar bajo el agua.
El tiempo es un esqueleto de algodón que se derrite
sobre el piano de cola que sangra pétalos de neón;
hay una geometría en el grito de las estatuas,
una lógica torcida en la raíz del relámpago.
Un gato de humo sostiene el equilibrio del horizonte,
donde los trenes viajan sin raíles hacia el ombligo del viento.
Se han desnudado las campanas para vestir a los árboles,
y en la mesa servida de los sueños, la sopa de espejos
refleja el rostro de alguien que no ha nacido todavía,
alguien que teje bufandas con la sombra de las palabras.
¿Es acaso el sueño el guardián de las llaves mudas?
La llave abre una puerta que conduce a una caja de fósforos,
donde el fuego es un anciano que lee poemas en braille.
Los colores se desprenden de los cuadros de la infancia,
caen como fruta podrida en los bolsillos del mar,
y un hombre con cabeza de faro guía a las nubes
a través de un laberinto hecho de pan y olvido.
Los relojes blandos marcan la hora del insomnio,
una hora que no existe en ningún calendario terrenal,
donde el abecedario ha decidido dejar de ser línea
para convertirse en una espiral que muerde su propia cola.
Debajo del suelo, los pájaros caminan hacia atrás,
aprendiendo el lenguaje de las raíces y del subsuelo,
y en la azotea del pensamiento, un violín se desintegra
en miles de mariposas de plomo que buscan un incendio.
Todo es un eco, un error de cálculo, un suspiro vertical,
una procesión de sombras que bailan sobre el filo de una navaja.
No preguntes al viento por el mapa de este reino,
pues aquí los mapas son solo nubes que se han cansado de volar,
y la realidad es un juguete roto que alguien olvidó
en el umbral de una puerta que ya no tiene cerradura.