Teo Moran
Poeta fiel al portal
Al atardecer, tras un sol indolente,
vive el tiempo con su rigor y descalzo
camina bajo la sombra fría del nogal,
bajo las hojas verdes de los chopos
y en la vereda solo cabe el recuerdo
que sigue dando voz a mi silencio
y amor al latir de mi desnudo pecho.
Allí, en medio de las olas del mar de trigo
quedan las huellas de sus desnudos pasos,
unas amapolas dormidas en su lecho
y en lo alto, entre nubes de algodón
las negras golondrinas caen y vuelan
en círculos dentro de mi corazón…
Y el tiempo, con su lentitud me espera
a la vereda del río que su llanto lleva,
a los recuerdos que nacen y mueren
y como raíces están enredados
en el vientre de la generosa tierra.
Al pie de la protuberante montaña
se deslizan los dedos del relente viento,
acaricia las flores silvestres despacio
y a las copas de los afilados pinos
las hace bailar al compás de unos suspiros,
pero el tiempo allí también me espera,
deja caer los pétalos bermejos
de las hermosas y dulces amapolas,
a las mariposas que vuelan sin destino
por entre los matorrales de la vereda
por donde el recuerdo deja su huella
que sigue dando voz a mi silencio
y también amor a mi desnudo pecho.
¡Dame más horas tiempo de mi infortunio!
Más esperas ante el umbral sagrado,
en la edad primaveral de un primer beso
y en la nostalgia de una noche otoñal,
dame más veredas las cuales pueda caminar,
un río embravecido y nacarado
que sin ambages pueda navegar,
dame el recuerdo de aquella a la que amé,
que vuelva a sentir en el mar de trigo
la miel de sus labios como lo fue una vez
en otra vida por la cual mis latidos
corren deprisa dentro de mi corazón.
vive el tiempo con su rigor y descalzo
camina bajo la sombra fría del nogal,
bajo las hojas verdes de los chopos
y en la vereda solo cabe el recuerdo
que sigue dando voz a mi silencio
y amor al latir de mi desnudo pecho.
Allí, en medio de las olas del mar de trigo
quedan las huellas de sus desnudos pasos,
unas amapolas dormidas en su lecho
y en lo alto, entre nubes de algodón
las negras golondrinas caen y vuelan
en círculos dentro de mi corazón…
Y el tiempo, con su lentitud me espera
a la vereda del río que su llanto lleva,
a los recuerdos que nacen y mueren
y como raíces están enredados
en el vientre de la generosa tierra.
Al pie de la protuberante montaña
se deslizan los dedos del relente viento,
acaricia las flores silvestres despacio
y a las copas de los afilados pinos
las hace bailar al compás de unos suspiros,
pero el tiempo allí también me espera,
deja caer los pétalos bermejos
de las hermosas y dulces amapolas,
a las mariposas que vuelan sin destino
por entre los matorrales de la vereda
por donde el recuerdo deja su huella
que sigue dando voz a mi silencio
y también amor a mi desnudo pecho.
¡Dame más horas tiempo de mi infortunio!
Más esperas ante el umbral sagrado,
en la edad primaveral de un primer beso
y en la nostalgia de una noche otoñal,
dame más veredas las cuales pueda caminar,
un río embravecido y nacarado
que sin ambages pueda navegar,
dame el recuerdo de aquella a la que amé,
que vuelva a sentir en el mar de trigo
la miel de sus labios como lo fue una vez
en otra vida por la cual mis latidos
corren deprisa dentro de mi corazón.