Al filo de la alborada
vela un guardián silencioso,
con capa de luz callada
y mirar firme y piadoso.
Nadie sabe de su nombre
ni de su antigua herida,
parece sombra de un hombre
cuando despierta la vida.
Camina sobre los sueños
que aún duermen en la tierra,
y espanta con suaves ceños
los ecos de sombra y guerra.
Trae en las manos el día
como un cáliz encendido,
y en su voz la melodía
de lo eterno y lo perdido.
Cuando la noche se quiebra
en cristales de rocío,
su figura se celebra
entre el fuego y el vacío.
Guarda el umbral del instante
donde la luz nace pura,
y en su paso vigilante
tiembla el alma de la altura.
Si preguntas por su suerte,
te dirá sin alardear:
—Soy centinela en la muerte
y vigía al despertar.