Primero fue el olor. Una mezcla de jabón mohoso con agua que ha pasado ya por muchos cuerpos.
Hablaban de un bautismo. No escuché nombre alguno. Salí del trance y me miré las rodillas. El fango subía por los pliegues y se abría paso en cada escalofrío, como haciéndome un hueco a medida. El rocío en las hojas de jazmín era lo único que reflejaba algo de luz. Me arropé el pecho con los brazos. Las uñas de las manos se me doblaban al mínimo contacto con la piel. ¿Dedos? más largos, más negros, ajenos. Del susto cerré el puño por instinto y mi mano se derritió sobre sí misma en una amalgama de células. No dolía. Me recordó a la pulpa de un melocotón. Pregunté a mis adentros por qué seguía quieta e intenté saltar. No había suelo en el que tomar impulso. El barrizal me sujetaba los tobillos con delicadeza. Arcada. Aquella caricia pesaba.
El agua me habló por temperaturas: todo lo que aquí entra permanece, niña. Si lloras, vivimos. Sentí eso último como un lamento, más que una súplica.
¿Me estaba pidiendo que llorara? Porque motivos había. Aún así, no desperdiciaría el poco líquido que me quedaba en el cuerpo. La sed hacía que imaginara mi sangre espesa, grumosa como el lodo del pantano.
Intenté impulsarme en horizontal. Estaba cubierta hasta los hombros, intentando nadar en un puré de lentejas lleno de grumos. brazada, aleteo, aleteo, brazada. No había nada que me agarrase; simplemente, el desplazamiento era imposible. La señal se perdía en algún lugar entre el cerebro y el cuerpo. O quizá había demasiada resistencia. Visualizaba aquel lugar, en algún tiempo pasado. Seco. Una vez tuvo fondo.
Me volví a distraer con el roce de algo duro en la planta del pie. Una corriente de esperanza y asco me atravesó. Conseguí moverme, a penas una falange del dedo gordo doblada hacia dentro. Completamente en sintonía con esa pequeña victoria una raíz se tensaba a lo lejos, un suspiro emanaba de una pompa, un junco parecía enderezarse a duras penas. Me acordé de la abuela y su dominó. Los circuitos nos llevaban horas, pero nada se oponía al júbilo en nuestras caras viendo las fichas tropezarse una detrás de otra. Silencio.
Silencio. Nunca me habían disparado. Silencio. Esa palabra ni siquiera existía en mi lista hasta hacía un momento. Pero sentía algo atravesándome el costado virgen, nunca dañado. La imagen de dos niños pequeños correteando hasta hacerse uno. Había suelo bajos sus piececillos. Tuve que sujetarme el abdomen y sorprendentemente mis mano-melocotón respondieron. Lo estrujaba con todas mis fuerzas. ¡Au! Silencio. Hijos que jamás había tenido.
¿No?
Recordaba al abuelo. A él sí le había perdido. Pero eso era normal. A todos les pasaba. En el tanatorio había caldo caliente y flores. Me pareció horrible ver a los adultos charlando con un café en la mano.
Luego se llenan la boca con educación y “saber estar”. Ahora no pueden, la tienen llena de pastitas de mantequilla.
Tenía 8 años ese día en el que mamá me explicó la muerte. Aprendí que llorar a un abuelo estaba bien, era una experiencia casi universal. Nacer. Comer. Reproducirse (¡puaj!). Morir. El abuelo ya hacía mucho que había nacido, se había comido, por lo menos, todas las judías verdes del mundo y tenía tres hijas. Le tocaba.
Me lo imaginé paseando por las mismas nubes que me hacían querer saltar del avión cuando fuimos volando a la playa. Sonaba bastante bien. Pienso que hay gente viva que estaría mejor muerta; durmiendo en blandito encima de una nube.
-Pero mamá entonces tú, si ya me has tenido a mí, ¿te podrías morir mañana?
No suele llegar tan rápido. Mira yo, tengo muchos años y aún tengo a la abuela.
-Yo no quiero estar viva cuando tú te mueras. Ni la abuela.
No digas eso ni en broma. No hay peor dolor que el de perder a un hijo. Hasta que no los tengas no conocerás el verdadero amor.
Mamá era mamá, y la abuela era papá. Y yo las quería de verdad verdadera.
No podía parar la película. Las escenas del tanatorio, de mamá, pasaban como una cinta transportadora. Apreté los párpados. Una. Dos. Nueve veces. El llanto llegó como un estornudo.
Me daba miedo despertar algo. Y quedarme sola. Puse la mano que aún conservaba los dedos en forma de cuenco e incliné la cabeza hacia delante. Caían una a una y se colaban en las arrugas de la palma. Sentía que no estaba sola. Hipé. Me tapé la boca con una palmada que sonó; convirtiendo la bañera de lágrimas en un tobogán directo al lodo. Mierda.
El pantano reaccionó como un cuerpo febril a un paño húmedo. Allí donde cayeron, se abrieron poros nuevos en la masa parda, respiraderos por donde subían hedores dulces de cloaca y jazmín. Sentí una sed antigua, de cientos de años. Me dolieron como si los hubiera vivido todos.
Has llorado dentro de nosotras. Nosotras lloramos dentro de ti.
Hablaban de un bautismo. No escuché nombre alguno. Salí del trance y me miré las rodillas. El fango subía por los pliegues y se abría paso en cada escalofrío, como haciéndome un hueco a medida. El rocío en las hojas de jazmín era lo único que reflejaba algo de luz. Me arropé el pecho con los brazos. Las uñas de las manos se me doblaban al mínimo contacto con la piel. ¿Dedos? más largos, más negros, ajenos. Del susto cerré el puño por instinto y mi mano se derritió sobre sí misma en una amalgama de células. No dolía. Me recordó a la pulpa de un melocotón. Pregunté a mis adentros por qué seguía quieta e intenté saltar. No había suelo en el que tomar impulso. El barrizal me sujetaba los tobillos con delicadeza. Arcada. Aquella caricia pesaba.
El agua me habló por temperaturas: todo lo que aquí entra permanece, niña. Si lloras, vivimos. Sentí eso último como un lamento, más que una súplica.
¿Me estaba pidiendo que llorara? Porque motivos había. Aún así, no desperdiciaría el poco líquido que me quedaba en el cuerpo. La sed hacía que imaginara mi sangre espesa, grumosa como el lodo del pantano.
Intenté impulsarme en horizontal. Estaba cubierta hasta los hombros, intentando nadar en un puré de lentejas lleno de grumos. brazada, aleteo, aleteo, brazada. No había nada que me agarrase; simplemente, el desplazamiento era imposible. La señal se perdía en algún lugar entre el cerebro y el cuerpo. O quizá había demasiada resistencia. Visualizaba aquel lugar, en algún tiempo pasado. Seco. Una vez tuvo fondo.
Me volví a distraer con el roce de algo duro en la planta del pie. Una corriente de esperanza y asco me atravesó. Conseguí moverme, a penas una falange del dedo gordo doblada hacia dentro. Completamente en sintonía con esa pequeña victoria una raíz se tensaba a lo lejos, un suspiro emanaba de una pompa, un junco parecía enderezarse a duras penas. Me acordé de la abuela y su dominó. Los circuitos nos llevaban horas, pero nada se oponía al júbilo en nuestras caras viendo las fichas tropezarse una detrás de otra. Silencio.
Silencio. Nunca me habían disparado. Silencio. Esa palabra ni siquiera existía en mi lista hasta hacía un momento. Pero sentía algo atravesándome el costado virgen, nunca dañado. La imagen de dos niños pequeños correteando hasta hacerse uno. Había suelo bajos sus piececillos. Tuve que sujetarme el abdomen y sorprendentemente mis mano-melocotón respondieron. Lo estrujaba con todas mis fuerzas. ¡Au! Silencio. Hijos que jamás había tenido.
¿No?
Recordaba al abuelo. A él sí le había perdido. Pero eso era normal. A todos les pasaba. En el tanatorio había caldo caliente y flores. Me pareció horrible ver a los adultos charlando con un café en la mano.
Luego se llenan la boca con educación y “saber estar”. Ahora no pueden, la tienen llena de pastitas de mantequilla.
Tenía 8 años ese día en el que mamá me explicó la muerte. Aprendí que llorar a un abuelo estaba bien, era una experiencia casi universal. Nacer. Comer. Reproducirse (¡puaj!). Morir. El abuelo ya hacía mucho que había nacido, se había comido, por lo menos, todas las judías verdes del mundo y tenía tres hijas. Le tocaba.
Me lo imaginé paseando por las mismas nubes que me hacían querer saltar del avión cuando fuimos volando a la playa. Sonaba bastante bien. Pienso que hay gente viva que estaría mejor muerta; durmiendo en blandito encima de una nube.
-Pero mamá entonces tú, si ya me has tenido a mí, ¿te podrías morir mañana?
No suele llegar tan rápido. Mira yo, tengo muchos años y aún tengo a la abuela.
-Yo no quiero estar viva cuando tú te mueras. Ni la abuela.
No digas eso ni en broma. No hay peor dolor que el de perder a un hijo. Hasta que no los tengas no conocerás el verdadero amor.
Mamá era mamá, y la abuela era papá. Y yo las quería de verdad verdadera.
No podía parar la película. Las escenas del tanatorio, de mamá, pasaban como una cinta transportadora. Apreté los párpados. Una. Dos. Nueve veces. El llanto llegó como un estornudo.
Me daba miedo despertar algo. Y quedarme sola. Puse la mano que aún conservaba los dedos en forma de cuenco e incliné la cabeza hacia delante. Caían una a una y se colaban en las arrugas de la palma. Sentía que no estaba sola. Hipé. Me tapé la boca con una palmada que sonó; convirtiendo la bañera de lágrimas en un tobogán directo al lodo. Mierda.
El pantano reaccionó como un cuerpo febril a un paño húmedo. Allí donde cayeron, se abrieron poros nuevos en la masa parda, respiraderos por donde subían hedores dulces de cloaca y jazmín. Sentí una sed antigua, de cientos de años. Me dolieron como si los hubiera vivido todos.
Has llorado dentro de nosotras. Nosotras lloramos dentro de ti.