Hubo un tiempo
en que mi nombre dormía primero en tu boca,
como el pan caliente sobre la mesa de la mañana,
como la lluvia que llega antes del trueno
y se adueña del campo sin pedir permiso.
Fui primero.
Primero en tus desvelos,
en la sombra tibia de tus manos,
en el pequeño territorio de tu pecho
donde yo respiraba como un animal amado.
Entonces el mundo tenía tu forma.
Las ventanas se abrían hacia tus ojos,
y hasta el silencio parecía escrito
para que mis pasos encontraran los tuyos.
Ahora no.
Ahora el olvido tiene tu perfume.
Pasa despacio por mi memoria
como un barco que ya no reconoce el puerto.
Y yo, que alguna vez fui incendio en tu sangre,
soy apenas ceniza que el viento acomoda
en un rincón cualquiera de la noche.
Qué extraño destino el del amor:
un día somos la primera sed del otro,
y al siguiente
ni siquiera quedamos en la lengua
como queda el sabor triste del vino.
Pero no te culpo.
También las rosas olvidan el jardín
cuando llega el invierno.
Y aunque ya no regreses,
aunque mi nombre se haya borrado de tus días,
todavía hay algo de ti
respirando despacio entre mis versos,
como una lámpara encendida
en una casa abandonada.
en que mi nombre dormía primero en tu boca,
como el pan caliente sobre la mesa de la mañana,
como la lluvia que llega antes del trueno
y se adueña del campo sin pedir permiso.
Fui primero.
Primero en tus desvelos,
en la sombra tibia de tus manos,
en el pequeño territorio de tu pecho
donde yo respiraba como un animal amado.
Entonces el mundo tenía tu forma.
Las ventanas se abrían hacia tus ojos,
y hasta el silencio parecía escrito
para que mis pasos encontraran los tuyos.
Ahora no.
Ahora el olvido tiene tu perfume.
Pasa despacio por mi memoria
como un barco que ya no reconoce el puerto.
Y yo, que alguna vez fui incendio en tu sangre,
soy apenas ceniza que el viento acomoda
en un rincón cualquiera de la noche.
Qué extraño destino el del amor:
un día somos la primera sed del otro,
y al siguiente
ni siquiera quedamos en la lengua
como queda el sabor triste del vino.
Pero no te culpo.
También las rosas olvidan el jardín
cuando llega el invierno.
Y aunque ya no regreses,
aunque mi nombre se haya borrado de tus días,
todavía hay algo de ti
respirando despacio entre mis versos,
como una lámpara encendida
en una casa abandonada.