Terminé el libro con la ventana abierta de mi cuarto. Y recuerdo el brusco golpe del viento entrando: fresco, seco y nocturno… ¿eras tú? O venía de visita, tal vez para depurarme, sacudir la tierra del escritorio y tambalear los cuadros de mi pared y decirme que lo único que tengo en ese momento es tu recuerdo.
El anhelo.
El maldito sosiego.
Ahí estabas, el fantasma bajo mi cama.
Terminé el libro con la ventana abierta de mi recámara, pero no era lo único que estaba abierto. Vigilando.
Te veía, a través del mosquitero, ahí estabas de nuevo. La cortina bailando al son de la noche, acariciando mi antebrazo y murmurando tu voz, azotando la puerta como queriendo cobrar el rencor.
Terminé el libro con la ventana abierta de mí, y así se quedará; como mi necedad en creer que las cosas tienen que rodar… solo por si algún día tú querrás regresar.
El anhelo.
El maldito sosiego.
Ahí estabas, el fantasma bajo mi cama.
Terminé el libro con la ventana abierta de mi recámara, pero no era lo único que estaba abierto. Vigilando.
Te veía, a través del mosquitero, ahí estabas de nuevo. La cortina bailando al son de la noche, acariciando mi antebrazo y murmurando tu voz, azotando la puerta como queriendo cobrar el rencor.
Terminé el libro con la ventana abierta de mí, y así se quedará; como mi necedad en creer que las cosas tienen que rodar… solo por si algún día tú querrás regresar.