regiinª
Poeta recién llegado
Soy hija del hartazgo que traigo colgando en las costillas, cría del sistema y el lugar al que fui sometida desde niña. Llevo cargando entre los dientes insultos con veneno de juguete esperando a que nadie hagan daño. Décadas por las que paseo desconectada, con ansias de abandonarme despierta soportando lo que alguna vez fue humano.
Soy hija del amor e irónicamente criada con ojos envueltos en violencia, acostumbrando la sangre, repitiendo lágrimas cada vez más secas. He vivido siempre con la esperanza de morir, huyendo de mi resistencia a correr y necesidad estúpida de sentir.
Soy hija del mar amargo que me levanta la blusa para herirme con el peñasco, sin gritar ahogada y resignada a la arena que sujeta feroz mi lengua. Tengo el corazón apagado ante el cielo, observo y vómito sin conciencia cada hueso aferrado a carne, anhelo sacar con intensidad el vacío en mi cabeza y quedar en empate.
Soy hija de la culpa que me mira cada que susurran mi nombre, nacida por la ira confundida qué terminó invadiendo mis pestañas a medida que crecía y arrastrada por árboles en mi espalda qué florecen en las uñas de mi desdicha. Apretado junto a mi cerebro escondo todo lo que me motiva, opacando heridas, rompiendo conexiones y destruyendo viva.
Soy hija indigna de un vientre amoroso atrapado en su pasado, sumergido en indiferencia bruta de la cual se ha formado. Miles de fantasmas los que llevo incrustados en la cintura, me rehuso a parir víctimas de mis manos violentas e infundadas, sabiendo que la conciencia incómoda no salva, no alcanza.
Soy hija del amor e irónicamente criada con ojos envueltos en violencia, acostumbrando la sangre, repitiendo lágrimas cada vez más secas. He vivido siempre con la esperanza de morir, huyendo de mi resistencia a correr y necesidad estúpida de sentir.
Soy hija del mar amargo que me levanta la blusa para herirme con el peñasco, sin gritar ahogada y resignada a la arena que sujeta feroz mi lengua. Tengo el corazón apagado ante el cielo, observo y vómito sin conciencia cada hueso aferrado a carne, anhelo sacar con intensidad el vacío en mi cabeza y quedar en empate.
Soy hija de la culpa que me mira cada que susurran mi nombre, nacida por la ira confundida qué terminó invadiendo mis pestañas a medida que crecía y arrastrada por árboles en mi espalda qué florecen en las uñas de mi desdicha. Apretado junto a mi cerebro escondo todo lo que me motiva, opacando heridas, rompiendo conexiones y destruyendo viva.
Soy hija indigna de un vientre amoroso atrapado en su pasado, sumergido en indiferencia bruta de la cual se ha formado. Miles de fantasmas los que llevo incrustados en la cintura, me rehuso a parir víctimas de mis manos violentas e infundadas, sabiendo que la conciencia incómoda no salva, no alcanza.