Noirxem
Odio mis ligamentos...
Iluminaciones del abismo
Yo he visto en la tormenta los vientres de las nubes
—violáceos y bermejos— parir constelaciones,
y he oído a las arenas susurrar como querubes
cuando el viento desgarra sus últimas visiones.
He sido el que navega sin mástil ni brújula
por un mar de amatistas que escupen sus corales,
donde cada ola es una lúgubre fórmula
que entona la locura en ritmos ancestrales.
He violado en la noche los sueños de las vírgenes
que custodian los astros con párpados de grana,
y he bebido la espuma de los cálices lívidos
donde la muerte escribe su crónica profana.
Mi cuerpo fue crisálida de un diablo que se ahoga
en lagos de mercurio, bajo cielos de estaño,
y mi lengua —cuchara de fiebre— desemboca
en el volcán extinto del más antiguo engaño.
¡Oh, yo el que amó a las bestias de luz y meteoros!,
yo, el que cruzó los puentes de hielo y de amatista,
yo, el que dejó sus manos en los espejos negros
para que el infinito los pétalos desista.
Ahora río en la hoguera donde arden los salmos,
desnudo entre las víboras del jardín sin aurora,
y siembro mis sarcasmos como estigmas y palmas
en la frente más pálida que la última aurora.
Mas si el odio me vuelve una espada sin dueño,
y el amor un veneno que destilan mis sellos,
yo sé que mi escritura es el rayo y el sueño
de un dios que se desangra por nombrar sus destellos.
Así, en la tempestad de signos y escarlatas,
mi verso es un navío que se hunde en su propia ala;
y al cielo que me niega sus últimas jacintas,
yo of
rezco mi blasfemia como un puñal de sala.
Yo he visto en la tormenta los vientres de las nubes
—violáceos y bermejos— parir constelaciones,
y he oído a las arenas susurrar como querubes
cuando el viento desgarra sus últimas visiones.
He sido el que navega sin mástil ni brújula
por un mar de amatistas que escupen sus corales,
donde cada ola es una lúgubre fórmula
que entona la locura en ritmos ancestrales.
He violado en la noche los sueños de las vírgenes
que custodian los astros con párpados de grana,
y he bebido la espuma de los cálices lívidos
donde la muerte escribe su crónica profana.
Mi cuerpo fue crisálida de un diablo que se ahoga
en lagos de mercurio, bajo cielos de estaño,
y mi lengua —cuchara de fiebre— desemboca
en el volcán extinto del más antiguo engaño.
¡Oh, yo el que amó a las bestias de luz y meteoros!,
yo, el que cruzó los puentes de hielo y de amatista,
yo, el que dejó sus manos en los espejos negros
para que el infinito los pétalos desista.
Ahora río en la hoguera donde arden los salmos,
desnudo entre las víboras del jardín sin aurora,
y siembro mis sarcasmos como estigmas y palmas
en la frente más pálida que la última aurora.
Mas si el odio me vuelve una espada sin dueño,
y el amor un veneno que destilan mis sellos,
yo sé que mi escritura es el rayo y el sueño
de un dios que se desangra por nombrar sus destellos.
Así, en la tempestad de signos y escarlatas,
mi verso es un navío que se hunde en su propia ala;
y al cielo que me niega sus últimas jacintas,
yo of
rezco mi blasfemia como un puñal de sala.