Los amantes que solo existían en los aeropuertos

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas

Nunca tuvieron una ciudad.
Ni una rutina.
Ni fotografías en cumpleaños familiares.

Eran apenas dos desconocidos condenados a coincidir entre puertas de embarque, cafés tibios y pantallas que anunciaban retrasos.

Ella aprendió el sonido exacto de sus pasos al arrastrar la maleta antes incluso de verlo aparecer entre la multitud.
Él reconocía su tristeza en la manera en que se abrazaba a sí misma mientras esperaba vuelos imposibles a ninguna parte.

Jamás se prometió futuro.
Los aeropuertos no fueron hechos para eso.
Son lugares a los que todo el mundo llega con la intención secreta de irse.

Se amaban en tiempo limitado.
En dosis pequeñas.
En idiomas incompletos.

Un beso antes del abordaje.
Una mano aferrándose a otra mientras la voz metálica anunciaba la última llamada.
Miradas largas como si los ojos pudieran memorizar el rostro antes del siguiente exilio.

Nunca discutieron sobre cuentas, hijos ni mudanzas.
Su amor no sobreviviría a la vida cotidiana.
Quizá porque algunos amores nacen demasiado libres para soportar la rutina de un calendario compartido.

Él sabía poco de ella:
que odiaba despedirse,
que fingía valentía mejor de lo que la sentía,
y que siempre compraba libros en cada terminal como quien intenta llevarse un pedazo de cada partida.

Ella sabía poco de él:
que viajaba para no quedarse quieto,
que le tenía miedo al silencio de los hoteles,
y que nunca miraba hacia atrás al cruzar migración… excepto cuando ella estaba.
////////////////////////
Pasaron años convirtiéndose en escala.
En pausa.
En ese amor extraño que solo respira entre aviones despegando y corazones aterrizando tarde.

Y aunque jamás pertenecieron al mismo lugar,
hubo algo profundamente eterno en ellos:
la costumbre de buscarse entre desconocidos
cada vez que un aeropuerto volvía a parecerse demasiado a la soledad.
 
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Nunca tuvieron una ciudad.
Ni una rutina.
Ni fotografías en cumpleaños familiares.

Eran apenas dos desconocidos condenados a coincidir entre puertas de embarque, cafés tibios y pantallas que anunciaban retrasos.

Ella aprendió el sonido exacto de sus pasos al arrastrar la maleta antes incluso de verlo aparecer entre la multitud.
Él reconocía su tristeza en la manera en que se abrazaba a sí misma mientras esperaba vuelos imposibles a ninguna parte.

Jamás se prometió futuro.
Los aeropuertos no fueron hechos para eso.
Son lugares a los que todo el mundo llega con la intención secreta de irse.

Se amaban en tiempo limitado.
En dosis pequeñas.
En idiomas incompletos.

Un beso antes del abordaje.
Una mano aferrándose a otra mientras la voz metálica anunciaba la última llamada.
Miradas largas como si los ojos pudieran memorizar el rostro antes del siguiente exilio.

Nunca discutieron sobre cuentas, hijos ni mudanzas.
Su amor no sobreviviría a la vida cotidiana.
Quizá porque algunos amores nacen demasiado libres para soportar la rutina de un calendario compartido.

Él sabía poco de ella:
que odiaba despedirse,
que fingía valentía mejor de lo que la sentía,
y que siempre compraba libros en cada terminal como quien intenta llevarse un pedazo de cada partida.

Ella sabía poco de él:
que viajaba para no quedarse quieto,
que le tenía miedo al silencio de los hoteles,
y que nunca miraba hacia atrás al cruzar migración… excepto cuando ella estaba.
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Pasaron años convirtiéndose en escala.
En pausa.
En ese amor extraño que solo respira entre aviones despegando y corazones aterrizando tarde.

Y aunque jamás pertenecieron al mismo lugar,
hubo algo profundamente eterno en ellos:
la costumbre de buscarse entre desconocidos
cada vez que un aeropuerto volvía a parecerse demasiado a la soledad.
Me ha gustado cuando expresa que el amor es demasiado libre para soportar la rutina de la vida diaria.

Saludos hasta PR
 

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