Alfredo Munoz
Poeta recién llegado
Cuando lo posible y lo imposible se confunden,
Lo necesario se convierte en una trémula ilusión del alma.
Y así, mis esfuerzos se aúnan para tranquilizarla.
Por entre el follaje del bosque -húmedo de rocío-
Los rayos del sol se quiebran y transforman
En aljófares de oro; relucientes e incorpóreos.
Y tú, enredada por la avidez de mi alma
Te condensas y materializas en ella.
¡Colmándola!
Y yo, ni tan siquiera puedo decir que fuiste mía.
Porque tú, jamás te desperezaste entre mis brazos,
Ensalzando al hacerlo, al nuevo día.
Pero puedo decirte amada mía, que la aurora
Me visita fidedigna. ¡Y resplandeciente de esperanza!
Buscándote cada mañana por entre mi sonrisa reseca y solidaría.
El ansía que arrulla mi entendimiento;
Me mira de soslayo. Luego, se cobija incrédula
Aguardando cabizbaja e impaciente-
A que amaine la tempestad de mi cordura:
¡Lo imposible! ¡Lo imposible!
Me murmura.
Se valiente y persevera.
Procura lo imposible;
¡Ahí!, ahí se esconde,
Ahí se encuentra
La intangible realidad de su belleza.
Lo necesario se convierte en una trémula ilusión del alma.
Y así, mis esfuerzos se aúnan para tranquilizarla.
Por entre el follaje del bosque -húmedo de rocío-
Los rayos del sol se quiebran y transforman
En aljófares de oro; relucientes e incorpóreos.
Y tú, enredada por la avidez de mi alma
Te condensas y materializas en ella.
¡Colmándola!
Y yo, ni tan siquiera puedo decir que fuiste mía.
Porque tú, jamás te desperezaste entre mis brazos,
Ensalzando al hacerlo, al nuevo día.
Pero puedo decirte amada mía, que la aurora
Me visita fidedigna. ¡Y resplandeciente de esperanza!
Buscándote cada mañana por entre mi sonrisa reseca y solidaría.
El ansía que arrulla mi entendimiento;
Me mira de soslayo. Luego, se cobija incrédula
Aguardando cabizbaja e impaciente-
A que amaine la tempestad de mi cordura:
¡Lo imposible! ¡Lo imposible!
Me murmura.
Se valiente y persevera.
Procura lo imposible;
¡Ahí!, ahí se esconde,
Ahí se encuentra
La intangible realidad de su belleza.