*Sabrina*
Una niña gris
Me veo entre
efímeros destellos
del telón fulminante.
Flechas de tiempo
rasgan en centímetros
membranas oculares.
No siento más allá
de los verbos,
las lágrimas se pierden
entre las teclas del altruismo.
En una urbe
de enfermizos
silencios,
acaparo el entierro
de los ciegos en mi pecho.
Nube negra,
oculta
lo ufano
de este pañuelo,
apretando
la faringe,
los codos,
los nudos en el vientre,
los espacios huecos
en el testamento de mi piel.
Amordazada
en un suplicio,
desaparezco.
¿Llegará al cielo esta mirada sin consuelo?
Me quedo,
anestesiando segundos,
forzando a la piel adaptarse
al molde doliente
de los polos,
magnetizando
mi profundo elipsis.
El mar malva se sumerge
A centímetros de mí,
hilos de plata
adornando
la figura del encanto.
Subliminal encuentro;
El brillo y el ocaso.
Secuencial penumbra
de otra muerte
desdoblándose
ante el fracaso.
No controlo
el respiro;
Ese,
que esclaviza
el punto final
de los sentidos.
El latido
opacándose,
como la suave brisa
de este atardecer.
De mordidas
o roces disidentes
mi corazón se nutre;
Inocente
de jubileo emocional,
disfraza
el retrato de los años
en un cisne y su leda.
Amenazada o extinta la tez
cubierta por sales,
incrementando la agonía
de los intersticios;
El reflejo de
mis sentidos en la aurora boreal
se desvanece
alquilando espacios.
Subyugada imito una pared;
Anhelo,
mortíferas sombras
con sus espadas danzantes,
degollando a placer
el laurel de mis males.
Estuario demencial;
Sentir
humillado los poros
por una dúctil vanidad.
Quisiera
rectificar
las huellas de mis manos;
Atar
ilusiones a las pestañas.
Transformarme
en la escudera de hojas
y
que las líneas del viento
me dibujen
sin paisajes, ni tiempo,
fertilizándome entre deseos.
Que el bostezo de ángeles,
sacuda
esta neurosis;
Que la letanía
de otro crepúsculo,
abrace
la tristeza de esta
tenue
y ya mutilada esperanza
de encontrar mañana
en un ayer
nunca presente
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