Alfredo Munoz
Poeta recién llegado
A la dueña de su apego
Neruda amante pidió:
- Ovíllate a mi lado
Como si tuvieras miedo
Y yo, en tu recuerdo ovillado;
-sin aspirarte acurrucada en mí pecho-
Recuento:
El dolor de la mañana que al no encontrarte;
Ha llorado.
Acariciando mí anhelo y ungida
De la avidez por respirar tú perfume
-que se ha enredado en tu pelo-
La mañana, desvelada,
¡Ungida está de tu anhelo!
Yo, amor, no puedo rogarte que tú te ovilles
Enroscadita en mi cuerpo
Como si tuvieras miedo
Porque es el mío, más grande,
Más miedo y más serio.
Este amor tuyo y el mío, son;
Como el quedo susurro de Luna
Solitario en el estanque arrullado
Al amparo ondulado y quebradizo
De un soplo furtivo,
Juguete serio y resbaladizo
De la caprichosa Fortuna.
Yo, amante bella e incorpórea
No poseo el amparo del tiempo
Que ofrecerte. Y sí, se enternece
El reflejo del rayito de luna
Que al escuchar tú nombre, jubiloso
Sobre mi almohada se detuvo:
¡Ansioso!
A esperar sobre mí pecho
El arrullado temblor de tu hermosura.
Yo, de allí donde la noche encumbra
Su liviana tragedia
Regreso exhausto.
Y perplejo, te ensueño al encontrarte
Sobre mi almohada recostada.
En tu bermeja mejilla, exhalo, ¡ávido!
Mi enternecida ansia de enamorado
Y recobro el recuerdo esplendoroso
De tu encanto.
¡Ah! tú, ¡enternecido encanto!
Tantos ensueños solitarios soñamos.
Nosotros, como aquel poeta afortunado;
Vimos también arder -en honor de ambos-
El lucero matutino,
¡Cubriéndonos sin posibilidad de engendro!
Nuestros turbados ojos,
Absorbiendo
El cantar mudo de nuestros labios.
Solo mis palabras se reengendraron
Conjuradas por la mágica fuerza
De mi anhelo. Acurrucado quedó
A aquel de tu añoranza.
Y volvieron tiernas y creadoras
Para alimentar el huerto de tu ansia.
¡Ah! Exuberante ternura el torrente
De alimento que riega tus mejillas.
Sublime capricho de amor
Su resplandeciente abundancia.
Alimento y fértil campo tu denuedo.
Yo, no podré regalarte las perfumadas
Llamaradas con las que el arco iris
Enamorado
Fue vistiendo las florcillas del bosque,
La vega, y la montaña, pintándolas
De encanto.
Ni te podré traer -dichosas y oscuras-
Avellanas que conjuren el ansia
De mis besos -siempre frescos y dispuestos-
Para jugar como niños con tu ternura.
Y ¡Ay! Amor, yo, también conjuro
-como aquel claro y excelso poeta-
Al crepúsculo hechicero que Neruda
Regaló a quien fue dueña de su universo.
Yo, amor; también hacer quiero contigo
Lo que la primavera hace con los cerezos
Neruda amante pidió:
- Ovíllate a mi lado
Como si tuvieras miedo
Y yo, en tu recuerdo ovillado;
-sin aspirarte acurrucada en mí pecho-
Recuento:
El dolor de la mañana que al no encontrarte;
Ha llorado.
Acariciando mí anhelo y ungida
De la avidez por respirar tú perfume
-que se ha enredado en tu pelo-
La mañana, desvelada,
¡Ungida está de tu anhelo!
Yo, amor, no puedo rogarte que tú te ovilles
Enroscadita en mi cuerpo
Como si tuvieras miedo
Porque es el mío, más grande,
Más miedo y más serio.
Este amor tuyo y el mío, son;
Como el quedo susurro de Luna
Solitario en el estanque arrullado
Al amparo ondulado y quebradizo
De un soplo furtivo,
Juguete serio y resbaladizo
De la caprichosa Fortuna.
Yo, amante bella e incorpórea
No poseo el amparo del tiempo
Que ofrecerte. Y sí, se enternece
El reflejo del rayito de luna
Que al escuchar tú nombre, jubiloso
Sobre mi almohada se detuvo:
¡Ansioso!
A esperar sobre mí pecho
El arrullado temblor de tu hermosura.
Yo, de allí donde la noche encumbra
Su liviana tragedia
Regreso exhausto.
Y perplejo, te ensueño al encontrarte
Sobre mi almohada recostada.
En tu bermeja mejilla, exhalo, ¡ávido!
Mi enternecida ansia de enamorado
Y recobro el recuerdo esplendoroso
De tu encanto.
¡Ah! tú, ¡enternecido encanto!
Tantos ensueños solitarios soñamos.
Nosotros, como aquel poeta afortunado;
Vimos también arder -en honor de ambos-
El lucero matutino,
¡Cubriéndonos sin posibilidad de engendro!
Nuestros turbados ojos,
Absorbiendo
El cantar mudo de nuestros labios.
Solo mis palabras se reengendraron
Conjuradas por la mágica fuerza
De mi anhelo. Acurrucado quedó
A aquel de tu añoranza.
Y volvieron tiernas y creadoras
Para alimentar el huerto de tu ansia.
¡Ah! Exuberante ternura el torrente
De alimento que riega tus mejillas.
Sublime capricho de amor
Su resplandeciente abundancia.
Alimento y fértil campo tu denuedo.
Yo, no podré regalarte las perfumadas
Llamaradas con las que el arco iris
Enamorado
Fue vistiendo las florcillas del bosque,
La vega, y la montaña, pintándolas
De encanto.
Ni te podré traer -dichosas y oscuras-
Avellanas que conjuren el ansia
De mis besos -siempre frescos y dispuestos-
Para jugar como niños con tu ternura.
Y ¡Ay! Amor, yo, también conjuro
-como aquel claro y excelso poeta-
Al crepúsculo hechicero que Neruda
Regaló a quien fue dueña de su universo.
Yo, amor; también hacer quiero contigo
Lo que la primavera hace con los cerezos