Ciela
Poeta veterano en el portal
GARABATOS
Me gustaría compartir con Usted, entre otras cosas,
unas atolondradas reflexiones.
En primer término,
espero
que acepte el concepto de "garabatos poéticos".
Habría que distinguir, entre ellos,
a los concebidos en Salas de Esperas.
Difieren bastante
de los nacidos en Aeropuertos.
No hace tanto, por ejemplo,
bosquejé para Usted amorosomente, cómo sino,
versos en ayunas y de urgencias.
Ocurrió en un consultorio de colores neutros,
faltaba un análisis de sangre
¡y la eternidad
de unos cuatros días para vernos!
El pobre resultó tan trémulo.
Fue más tarde que tracé otro lánguido
y, al mismo tiempo, garabato intrépido,
en los vacíos de mi ociosa agenda de febrero.
Surgieron entonces signos anhelantes
de la mágica intimidad forjada por sus manos
(imposible no evocarlas, justo,
en la antesala
de la consulta al matasanos).
A esos garabatos pergeñados
en sitios tan poco amables,
los interrumpe casi siempre
la voz de una muchacha impersonal y aséptica
que dice mi apellido como si fuera un detergente.
Muy diferente es inscribir en servilletas de papel,
cuánto deseo decirle, contarle, proponerle,
en la plataforma A2 del Aeroparque Metropolitano.
La letra está impregnada, en dicho caso,
por un ruego imperioso
al dios de todos los aeroplanos:
-"Le ruego que sostenga y luego
permita tocar debidamente tierra
a toda máquina de volar,
para que sea devuelto
a mi Territorio Afectivo y Vital,
el Hombre que Amo"-.
En dicho caso garabatear
disuelve pánicos y anuncia el milagro:
¡Usted está de pronto a mi lado,
la nave ha aterrizado,
y ahora somos Nosotros
los que estamos volando!
En la servilleta febril aguardarán mientras tanto,
los denominados garabatos
incapaces de importunar al Acto,
Insustituible, de Encontrarnos.
Me gustaría compartir con Usted, entre otras cosas,
unas atolondradas reflexiones.
En primer término,
espero
que acepte el concepto de "garabatos poéticos".
Habría que distinguir, entre ellos,
a los concebidos en Salas de Esperas.
Difieren bastante
de los nacidos en Aeropuertos.
No hace tanto, por ejemplo,
bosquejé para Usted amorosomente, cómo sino,
versos en ayunas y de urgencias.
Ocurrió en un consultorio de colores neutros,
faltaba un análisis de sangre
¡y la eternidad
de unos cuatros días para vernos!
El pobre resultó tan trémulo.
Fue más tarde que tracé otro lánguido
y, al mismo tiempo, garabato intrépido,
en los vacíos de mi ociosa agenda de febrero.
Surgieron entonces signos anhelantes
de la mágica intimidad forjada por sus manos
(imposible no evocarlas, justo,
en la antesala
de la consulta al matasanos).
A esos garabatos pergeñados
en sitios tan poco amables,
los interrumpe casi siempre
la voz de una muchacha impersonal y aséptica
que dice mi apellido como si fuera un detergente.
Muy diferente es inscribir en servilletas de papel,
cuánto deseo decirle, contarle, proponerle,
en la plataforma A2 del Aeroparque Metropolitano.
La letra está impregnada, en dicho caso,
por un ruego imperioso
al dios de todos los aeroplanos:
-"Le ruego que sostenga y luego
permita tocar debidamente tierra
a toda máquina de volar,
para que sea devuelto
a mi Territorio Afectivo y Vital,
el Hombre que Amo"-.
En dicho caso garabatear
disuelve pánicos y anuncia el milagro:
¡Usted está de pronto a mi lado,
la nave ha aterrizado,
y ahora somos Nosotros
los que estamos volando!
En la servilleta febril aguardarán mientras tanto,
los denominados garabatos
incapaces de importunar al Acto,
Insustituible, de Encontrarnos.
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