M.S
Poeta recién llegado
Si Calíope guía al fin mi pluma,
descenderé a los reinos del espanto;
no busco el templo ni al vasallo ciego,
ni el brillo falso de una gloria vana.
Tan solo aspiro a derrotar a la esfinge,
al que desprecia el paso del que anda,
y al son de mi lira, elevar mi canto.
Bajo veloz al ritmo de mi pecho,
El sol ya se apaga. con cada pulso,
un paso , si, hacia el pozo sin agua.
Aprieto las armas contra el cuerpo,
frente al silencio que el alma desordena,
dispuesto al golpe, al fuego y a la saña.
Poderoso es el asombro que me hunde,
con ojos que conozco y me encadenan;
maldita la visión que me detiene
y el hielo de su asfixia en mis arterias.
No viene solo el monstruo en su mentira:
trae certezas, antes tan sagradas,
para arrasar el mundo que yo amaba.
¡Te tengo! Por fin veo tu semblante,
la sombra que en mi pecho se escondía;
ya no eres el temor que me domina,
eres el hueco, el rastro que arrastraba.
Tu manto no es de gloria ni de triunfo,
es solo el disfraz de tu cobardía,
la máscara que el viento desbarata.
Te dejo marchar, sombra sin destino,
mas guardo la lección en mi memoria:
yo puse el corazón, puro y de acero,
tú apenas un martillo de papel.
Ya no te espero en este ni en otro mundo,
no vuelvas a cruzar por mi camino,
que el viento borre el rastro de tu sed.
descenderé a los reinos del espanto;
no busco el templo ni al vasallo ciego,
ni el brillo falso de una gloria vana.
Tan solo aspiro a derrotar a la esfinge,
al que desprecia el paso del que anda,
y al son de mi lira, elevar mi canto.
Bajo veloz al ritmo de mi pecho,
El sol ya se apaga. con cada pulso,
un paso , si, hacia el pozo sin agua.
Aprieto las armas contra el cuerpo,
frente al silencio que el alma desordena,
dispuesto al golpe, al fuego y a la saña.
Poderoso es el asombro que me hunde,
con ojos que conozco y me encadenan;
maldita la visión que me detiene
y el hielo de su asfixia en mis arterias.
No viene solo el monstruo en su mentira:
trae certezas, antes tan sagradas,
para arrasar el mundo que yo amaba.
¡Te tengo! Por fin veo tu semblante,
la sombra que en mi pecho se escondía;
ya no eres el temor que me domina,
eres el hueco, el rastro que arrastraba.
Tu manto no es de gloria ni de triunfo,
es solo el disfraz de tu cobardía,
la máscara que el viento desbarata.
Te dejo marchar, sombra sin destino,
mas guardo la lección en mi memoria:
yo puse el corazón, puro y de acero,
tú apenas un martillo de papel.
Ya no te espero en este ni en otro mundo,
no vuelvas a cruzar por mi camino,
que el viento borre el rastro de tu sed.
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