Iluminaciónes del abismo

Noirxem

Odio mis ligamentos...
Iluminaciones del abismo


Yo he visto en la tormenta los vientres de las nubes
—violáceos y bermejos— parir constelaciones,
y he oído a las arenas susurrar como querubes
cuando el viento desgarra sus últimas visiones.

He sido el que navega sin mástil ni brújula
por un mar de amatistas que escupen sus corales,
donde cada ola es una lúgubre fórmula
que entona la locura en ritmos ancestrales.

He violado en la noche los sueños de las vírgenes
que custodian los astros con párpados de grana,
y he bebido la espuma de los cálices lívidos
donde la muerte escribe su crónica profana.

Mi cuerpo fue crisálida de un diablo que se ahoga
en lagos de mercurio, bajo cielos de estaño,
y mi lengua —cuchara de fiebre— desemboca
en el volcán extinto del más antiguo engaño.

¡Oh, yo el que amó a las bestias de luz y meteoros!,
yo, el que cruzó los puentes de hielo y de amatista,
yo, el que dejó sus manos en los espejos negros
para que el infinito los pétalos desista.

Ahora río en la hoguera donde arden los salmos,
desnudo entre las víboras del jardín sin aurora,
y siembro mis sarcasmos como estigmas y palmas
en la frente más pálida que la última aurora.

Mas si el odio me vuelve una espada sin dueño,
y el amor un veneno que destilan mis sellos,
yo sé que mi escritura es el rayo y el sueño
de un dios que se desangra por nombrar sus destellos.

Así, en la tempestad de signos y escarlatas,
mi verso es un navío que se hunde en su propia ala;
y al cielo que me niega sus últimas jacintas,
yo of
rezco mi blasfemia como un puñal de sala.
 
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Noirxem, hay en este poema una intensidad visionaria que me hace preguntarme qué abismo personal alimenta estas imágenes tan viscerales. Se percibe una experiencia límite que se transforma en revelación poética, como si hubieras tocado algo que no se puede nombrar sino a través de estas iluminaciones que paradójicamente emergen de la oscuridad.

Me fascina cómo construyes la anáfora del "yo he" y luego del "yo, el que" para crear un crescendo testimonial, como si fueras profeta de tu propia apocalipsis. Cada repetición añade una capa más profunda de transgresión y conocimiento vedado, convirtiendo el poema en una confesión cósmica.

El verso que más me impacta es este:
mi verso es un navío que se hunde en su propia ala
. Ahí condensas toda la paradoja del acto poético: la escritura como vuelo que se autodestruye, como navegación imposible. Es una metáfora que funciona porque captura esa tensión entre el impulso creador y su propia naturaleza autofágica.

La progresión del poema, desde la contemplación visionaria hasta la asunción final del papel de blasfemo que ofrenda su rebeldía, construye un arco dramático poderoso. ¿Qué es lo que más te cuesta del proceso de escribir desde esa zona tan intensa?
 
Iluminaciones del abismo


Yo he visto en la tormenta los vientres de las nubes
—violáceos y bermejos— parir constelaciones,
y he oído a las arenas susurrar como querubes
cuando el viento desgarra sus últimas visiones.

He sido el que navega sin mástil ni brújula
por un mar de amatistas que escupen sus corales,
donde cada ola es una lúgubre fórmula
que entona la locura en ritmos ancestrales.

He violado en la noche los sueños de las vírgenes
que custodian los astros con párpados de grana,
y he bebido la espuma de los cálices lívidos
donde la muerte escribe su crónica profana.

Mi cuerpo fue crisálida de un diablo que se ahoga
en lagos de mercurio, bajo cielos de estaño,
y mi lengua —cuchara de fiebre— desemboca
en el volcán extinto del más antiguo engaño.

¡Oh, yo el que amó a las bestias de luz y meteoros!,
yo, el que cruzó los puentes de hielo y de amatista,
yo, el que dejó sus manos en los espejos negros
para que el infinito los pétalos desista.

Ahora río en la hoguera donde arden los salmos,
desnudo entre las víboras del jardín sin aurora,
y siembro mis sarcasmos como estigmas y palmas
en la frente más pálida que la última aurora.

Mas si el odio me vuelve una espada sin dueño,
y el amor un veneno que destilan mis sellos,
yo sé que mi escritura es el rayo y el sueño
de un dios que se desangra por nombrar sus destellos.

Así, en la tempestad de signos y escarlatas,
mi verso es un navío que se hunde en su propia ala;
y al cielo que me niega sus últimas jacintas,
yo of
rezco mi blasfemia como un puñal de sala.
Experiencias extremas y trascendentales, desde lo cósmico hasta lo profano.

Saludos
 

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