Stargate en el supermercado

Luis Libra

Atención: poeta en obras
`
De pronto la ves,
en ese pasillo,
entre la sección de productos de limpieza
y la de comida para mascotas.
No estás del todo seguro,
quizás ella tampoco.
Te cuesta recordar su nombre.

Su lugar en tu cerebro: un aula casi vacía,

el sol de mediodía mordiendo las ventanas,
y como patética excusa unos supuestos
apuntes olvidados en una carpeta
en un supuesto rincón de un pupitre.

Lo siguiente una falsa improvisación
en forma de invitación para echar
un partido de tenis
(su chándal te dio la pista)
Luego unas cervezas pospartido
y un largo beso en la prórroga
bajo el marcador siempre
amañado en aquellos días de la luna.


Se acerca a ti y entabláis conversación.
Dos vidas en diez minutos. Su historia:
dos adolescentes con su mismo color de ojos
y la misma nariz, un boomer amante del golf,
una nómina amable, algún roto incosible
y un par de arrugas delatoras.

La tuya: cuatro verdades a medias,
varias sonrisas irónicas disparadas al techo,
stock de airadas cicatrices
más un cuadro de amnesias bajo llave
y con colmillos.

Tu memoria empieza a funcionar a destajo,
esos hoyuelos al sonreír, ese gesto...
Y comprendes por qué
aquella excusa en aquel aula.
Pero da igual,
no es la primera vez que te ocurre
(seguro que tampoco la suya)

Y es que a veces la vida
-cabrona como ella sola-
en pleno centro comercial
te lleva a la sección de hipotéticas existencias
u otras dimensiones.

Y entonces en esos momentos
solo te salvan una de esas oxigenantes
risas de entreacto,
uno de esos silencios establecidos
con la mirada (siempre de mutuo acuerdo)
o una llamada (siempre más que oportuna)
en el insensible móvil

japonés de última generación.

_______
 
Última edición:
Excelente, compañero...
Las contingencias que marcan una vida tienen una esencia tan caprichosa, tan de "pasos de borracho" y tan poco deliberada, que resulta inevitable, en esas ocasiones, sentir el vértigo de lo que fue y la incomodidad de lo que podía haber sido.
Ya sabes que estos versos son muy de mi gusto, Luis. ¡No pares, poeta!
Un abrazo.
 
Última edición:
Excelente, compañero...
Las contingencias que marcan una vida tienen una esencia tan caprichosa, tan de "pasos de borracho" y tan poco deliberada, que resulta inevitable, en esas ocasiones, sentir el vértigo de lo que fue y la incomodidad de lo que podía haber sido.
Ya sabes que estos versos son muy de mi gusto, Luis. ¡No pares, poeta!
Un abrazo.


Así es, Andreas, entre vértigos, incomodidades y con algún que otro trago dulce se escribe nuestra Historia.
Me alegra mucho que te gustara este poema. Muchas gracias y un gran abrazo amigo.
 
Yo perdí mi móvil. Ahora mando señales de humo. De buen humo. humo blanco. De Japón me llego una postal ( es que yo soy de la prehistoria). Y la nostalgia de comer un buen sushi y sake con Mabel. Mabel, pero eso es otra historia. En su próximo poema se la cuento. :)
 
Última edición:
Yo perdí mi móvil. Ahora mando señales de humo. De buen humo. humo blanco. De Japón me llego una postal ( es que yo soy de la prehistoria). Y la nostalgia de comer un buen sushi y sake con Mabel. Mabel, pero eso es otra historia. En su próximo poema se la cuento. :)


Jóder, yo también estuve en Japón y te entiendo perfectamente, ... me quedaría a vivir ahí solo por la comida, y la cerveza Asahi, (del nombre de las chicas no me acuerdo ;)). Y sí, hoy en día pasar del móvil es todo un lujo... Un abrazo amigo.
 
Última edición:
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De pronto la ves,
... en ese pasillo,
entre la sección de productos de limpieza
y la de comida para mascotas.
No estás del todo seguro,
quizás ella tampoco.
Te cuesta recordar su nombre.

Su lugar en tu cerebro: un aula casi vacía,
el sol de mediodía mordiendo las ventanas,
y como patética excusa unos supuestos
apuntes olvidados en una carpeta
en un supuesto rincón de un pupitre.

Lo siguiente una falsa improvisación
en forma de invitación para echar
un partido de tenis
(su chándal te dio la pista)
Luego unas cervezas pospartido
y un largo beso en la prórroga
bajo el marcador siempre
amañado en aquellos días de la luna.


Se acerca a ti y entabláis conversación.
Dos vidas en diez minutos. Su historia:
dos adolescentes con su mismo color de ojos
y la misma nariz, un boomer amante del golf,
una nómina amable, algún roto incosible
y un par de arrugas delatoras.

La tuya: cuatro verdades a medias,
varias sonrisas irónicas disparadas al techo,
stock de airadas cicatrices
más una docena de silencios bajo llave
y con colmillos.

Tu memoria empieza a funcionar a destajo,
esos hoyuelos al sonreír, ese gesto...
Y comprendes por qué
aquella excusa en aquel aula.
Pero da igual,
no es la primera vez que te ocurre
(seguro que tampoco la suya)

Y es que a veces la vida
-cabrona como ella sola-
en pleno centro comercial
te lleva a la sección de hipotéticas existencias
u otras dimensiones.

Y entonces en esos momentos
solo te salvan una de esas oxigenantes
risas de entreacto,
uno de esos silencios establecidos
con la mirada (siempre de mutuo acuerdo)
o una llamada (siempre más que oportuna)
en el insensible móvil

japonés de última generación.

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De dejarse llevar, así sin más... Degustadas (incluso la casi risa final).
Me encantó el poema, Luis.
 
De dejarse llevar, así sin más... Degustadas (incluso la casi risa final).

Me encantó el poema, Luis.

Supongo que todos tenemos algún o algunos "y si..." en nuestra historia existencial que nos "destempla/n" un poco,
... menos mal que esos momentos de "destemple" duran poco. En fin ... simple poesía de supermercado :)
Muchas gracias Rosa, me alegra que te gustara este poema. Besooo amiga.
 
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De pronto la ves,
en ese pasillo,
entre la sección de productos de limpieza
y la de comida para mascotas.
No estás del todo seguro,
quizás ella tampoco.
Te cuesta recordar su nombre.

Su lugar en tu cerebro: un aula casi vacía,

el sol de mediodía mordiendo las ventanas,
y como patética excusa unos supuestos
apuntes olvidados en una carpeta
en un supuesto rincón de un pupitre.

Lo siguiente una falsa improvisación
en forma de invitación para echar
un partido de tenis
(su chándal te dio la pista)
Luego unas cervezas pospartido
y un largo beso en la prórroga
bajo el marcador siempre
amañado en aquellos días de la luna.


Se acerca a ti y entabláis conversación.
Dos vidas en diez minutos. Su historia:
dos adolescentes con su mismo color de ojos
y la misma nariz, un boomer amante del golf,
una nómina amable, algún roto incosible
y un par de arrugas delatoras.

La tuya: cuatro verdades a medias,
varias sonrisas irónicas disparadas al techo,
stock de airadas cicatrices
más un cuadro de amnesias bajo llave
y con colmillos.

Tu memoria empieza a funcionar a destajo,
esos hoyuelos al sonreír, ese gesto...
Y comprendes por qué
aquella excusa en aquel aula.
Pero da igual,
no es la primera vez que te ocurre
(seguro que tampoco la suya)

Y es que a veces la vida
-cabrona como ella sola-
en pleno centro comercial
te lleva a la sección de hipotéticas existencias
u otras dimensiones.

Y entonces en esos momentos
solo te salvan una de esas oxigenantes
risas de entreacto,
uno de esos silencios establecidos
con la mirada (siempre de mutuo acuerdo)
o una llamada (siempre más que oportuna)
en el insensible móvil

japonés de última generación.

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Lo leí varias veces y está tan bien narrado el momento que se puede ser testigo de la escena.
Los hubieses no son parte de la historia y creo que todo lo que ocurre y no ocurre es por algún motivo superior que a veces llegamos a conocer y otras veces es un completo misterio.
Confieso que salvo con un gran amigo al que quise y quiero mucho y que hoy es prácticamente familia, de la escuela él, trato de evitar encontrarme con gente del pasado, no sé, siento que no encajan con la persona que soy en este presente. Incluso trato de escabullirme si veo que anda cerca alguien que me pueda llegar a parar para conversar de tiempos lejanos.
Volviendo a tu poema y sin desmerecer a nadie, entiendo las razones por las cuales te tomé y te tomaré siempre como referente de este género. Y no es un simple elogio, Luis. Da gusto leer algo tan bien construido, que fluye y que no deja de motivar ese ejercicio del pensamiento, la reflexión y la memoria.
Un abrazo con admiración.
 
Última edición:
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De pronto la ves,
en ese pasillo,
entre la sección de productos de limpieza
y la de comida para mascotas.
No estás del todo seguro,
quizás ella tampoco.
Te cuesta recordar su nombre.

Su lugar en tu cerebro: un aula casi vacía,

el sol de mediodía mordiendo las ventanas,
y como patética excusa unos supuestos
apuntes olvidados en una carpeta
en un supuesto rincón de un pupitre.

Lo siguiente una falsa improvisación
en forma de invitación para echar
un partido de tenis
(su chándal te dio la pista)
Luego unas cervezas pospartido
y un largo beso en la prórroga
bajo el marcador siempre
amañado en aquellos días de la luna.


Se acerca a ti y entabláis conversación.
Dos vidas en diez minutos. Su historia:
dos adolescentes con su mismo color de ojos
y la misma nariz, un boomer amante del golf,
una nómina amable, algún roto incosible
y un par de arrugas delatoras.

La tuya: cuatro verdades a medias,
varias sonrisas irónicas disparadas al techo,
stock de airadas cicatrices
más un cuadro de amnesias bajo llave
y con colmillos.

Tu memoria empieza a funcionar a destajo,
esos hoyuelos al sonreír, ese gesto...
Y comprendes por qué
aquella excusa en aquel aula.
Pero da igual,
no es la primera vez que te ocurre
(seguro que tampoco la suya)

Y es que a veces la vida
-cabrona como ella sola-
en pleno centro comercial
te lleva a la sección de hipotéticas existencias
u otras dimensiones.

Y entonces en esos momentos
solo te salvan una de esas oxigenantes
risas de entreacto,
uno de esos silencios establecidos
con la mirada (siempre de mutuo acuerdo)
o una llamada (siempre más que oportuna)
en el insensible móvil

japonés de última generación.

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Un encuentro tal vez inesperado.
A veces esos momentos hacen que se nos paralice el mundo, nos trae gratos recuerdos de la juventud y otros marcados de errores que nos ayudan a no volver a cometerlos.
Y más sin son esas nubes blancas de pasión y mal de amores.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 
Lo leí varias veces y está tan bien narrado el momento que se puede ser testigo de la escena.
Los hubieses no son parte de la historia y creo que todo lo que ocurre y no ocurre es por algún motivo superior que a veces llegamos a conocer y otras veces es un completo misterio.
Confieso que salvo con un gran amigo al que quise y quiero mucho y que hoy es prácticamente familia, de la escuela él, trato de evitar encontrarme con gente del pasado, no sé, siento que no encajan con la persona que soy en este presente. Incluso trato de escabullirme si veo que anda cerca alguien que me pueda llegar a parar para conversar de tiempos lejanos.
Volviendo a tu poema y sin desmerecer a nadie, entiendo las razones por las cuales te tomé y te tomaré siempre como referente de este género. Y no es un simple elogio, Luis. Da gusto leer algo tan bien construido, que fluye y que no deja de motivar ese ejercicio del pensamiento, la reflexión y la memoria.
Un abrazo con admiración.

Jeje, me ha gustado, y al mismo tiempo me ha hecho sonreír, eso que dices sobre "la persona que eres en el presente", a mí me pasa exactamente igual. Yo crecí en un pueblo (ahora es una ciudad), y aunque ya no vivo allí, cuando a veces vuelvo para hacer algo puntual, siempre me encuentro con muchas personas que me conocen desde que tenía 16 años o poco más.
Y la verdad es que me siento tan lejos (no solo en la cuestión temporal) de ese joven (y no tan joven) que fui, que me resulta entre divertido y chocante cuando me recuerdan algún episodio de mi pasado, que casi no recordaba :).
En los pueblos un@ siempre es el mismo o la misma para tod@s los que te conocen (que son todos), por eso es muy normal que much@s se vayan a vivir a otros lugares cuando pueden, pues no es fácil empezar de nuevo o cambiar tu manera de ser o de vivir dentro de ese "submundo" que son los pueblos. Abandonar el pueblo a menudo es una verdadera liberación.

Me encanta lo que me dices sobre mi poesía, aunque no lo merezca. En cualquier caso siempre es un lujo para mí tenerte como amiga y como lectora. Muchas gracias, Cecy.
Un gran abrazo.
 
Un encuentro tal vez inesperado.
A veces esos momentos hacen que se nos paralice el mundo, nos trae gratos recuerdos de la juventud y otros marcados de errores que nos ayudan a no volver a cometerlos.
Y más sin son esas nubes blancas de pasión y mal de amores.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana

Bueno, el hombre es el único animal que tropieza 40 veces con la misma piedra :), pero sí, esos momentos hacen que se nos paralice por un instante el mundo, a veces para bien, a veces para menos bien, ... lo mejor es no pensarlo demasiado ;)

Gracias, Alde, y otro saludo de vuelta hasta tu bella isla.
 

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