Fósil

FanÁngel

Poeta recién llegado
Es el tiritar del cuerpo
en el retrete.
Es la angustia de un sol
forajido que emboza
el cristal del bolo
alimenticio en los
intersticios del intestino.
Empuje fugaz de las muchedumbres
en los retretes públicos,
en los retretes de las
casas con cielo,
en la hierba del campo
que rocía boñiga de vaca
y el caballo en el burro.

Heces de sentimiento
indómito aprietan
el vientre con
el martirio de
las rocas disecadas;
heces de canto incierto
que despiertan a la luna
en los días de hojalata
y noches de excremento
duro en que la luna dormita.

El foso del intestino
está obstruido por un
fósil de sesenta y cinco millones de años.
Enervo todos mis músculos,
pero está clavado en mis
entrañas produciendo
petróleo crudo.
¡Que no desemboca!
Que no desemboca.

Llamo a urgencias y la
ambulancia me lleva
a un hospital donde los
pacientes son medusas
y los médicos dinosaurios.
Me hacen una placa
y esta revela que tengo
un huevo de tiranosaurio
embebido en mis entrañas.
Extraño tesoro para mi
marchito cuerpo imbuido
de pálido terror cretácico.

Un doctor-dinosaurio me
dice que lo mejor es que
incube el huevo para que
eclosione y expulse al
primer dinosaurio de la
historia después de millones
de años de extinción.

Yo le digo que no, que
me pongan un enema y salga
el huevo antes de que el
monstruito me devore.
Me contesta que con un
enema no va a ser
posible porque el
huevo está alojado
en el intestino delgado;
¡qué ironía
para un huevo que está
agrandando su tamaño!

—Será mejor la cirugía —
me informa otro doctor-dinosaurio—,
porque así conservaremos la vida
de la futura criatura y
tal vez la mía propia.

¡Tal vez la mía propia!,
exclamo con una voz
gutural que ya no parece mía.
Firmo el consentimiento
y me trasladan del box
al primer quirófano que
se encuentra libre.
Me anestesian con aceite
mineral y agua de nube de nieve.

Despierto horas más tarde,
tumbado en la cama con ruedas
y con una vía en el brazo.
Tres doctores-dinosaurios
se acercan y me informan
de que la operación ha sido
un éxito, y que esté contento
porque el huevo está en la incubadora.

Yo me exalto de alegría al escuchar
tales palabras, que me estremezco de ternura.
Siento un rocío que me cubre la piel.
Pero no es rocío: es petróleo líquido
que salpica mi cuerpo al entrar por
el gotero.
¡¿Qué está ocurriendo?! —pregunto.

—Nada, no se preocupe —
me contestan—,
es la transformación
que está sufriendo,
ya que se está convirtiendo
en dinosaurio.
 
Es el tiritar del cuerpo
en el retrete.
Es la angustia de un sol
forajido que emboza
el cristal del bolo
alimenticio en los
intersticios del intestino.
Empuje fugaz de las muchedumbres
en los retretes públicos,
en los retretes de las
casas con cielo,
en la hierba del campo
que rocía boñiga de vaca
y el caballo en el burro.

Heces de sentimiento
indómito aprietan
el vientre con
el martirio de
las rocas disecadas;
heces de canto incierto
que despiertan a la luna
en los días de hojalata
y noches de excremento
duro en que la luna dormita.

El foso del intestino
está obstruido por un
fósil de sesenta y cinco millones de años.
Enervo todos mis músculos,
pero está clavado en mis
entrañas produciendo
petróleo crudo.
¡Que no desemboca!
Que no desemboca.

Llamo a urgencias y la
ambulancia me lleva
a un hospital donde los
pacientes son medusas
y los médicos dinosaurios.
Me hacen una placa
y esta revela que tengo
un huevo de tiranosaurio
embebido en mis entrañas.
Extraño tesoro para mi
marchito cuerpo imbuido
de pálido terror cretácico.

Un doctor-dinosaurio me
dice que lo mejor es que
incube el huevo para que
eclosione y expulse al
primer dinosaurio de la
historia después de millones
de años de extinción.

Yo le digo que no, que
me pongan un enema y salga
el huevo antes de que el
monstruito me devore.
Me contesta que con un
enema no va a ser
posible porque el
huevo está alojado
en el intestino delgado;
¡qué ironía
para un huevo que está
agrandando su tamaño!

—Será mejor la cirugía —
me informa otro doctor-dinosaurio—,
porque así conservaremos la vida
de la futura criatura y
tal vez la mía propia.

¡Tal vez la mía propia!,
exclamo con una voz
gutural que ya no parece mía.
Firmo el consentimiento
y me trasladan del box
al primer quirófano que
se encuentra libre.
Me anestesian con aceite
mineral y agua de nube de nieve.

Despierto horas más tarde,
tumbado en la cama con ruedas
y con una vía en el brazo.
Tres doctores-dinosaurios
se acercan y me informan
de que la operación ha sido
un éxito, y que esté contento
porque el huevo está en la incubadora.

Yo me exalto de alegría al escuchar
tales palabras, que me estremezco de ternura.
Siento un rocío que me cubre la piel.
Pero no es rocío: es petróleo líquido
que salpica mi cuerpo al entrar por
el gotero.
¡¿Qué está ocurriendo?! —pregunto.

—Nada, no se preocupe —
me contestan—,
es la transformación
que está sufriendo,
ya que se está convirtiendo
en dinosaurio.
Me ha gustado esta historia.

Saludos
 

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