Ansel Arenas
Poeta que considera el portal su segunda casa
Retazos de mi memoria(Antes del 63 en Puerto Cortes)
Tiempo atrás andábamos sin sobresaltos, en la espalda la calle, el morral en la acera, sin razones ni dudas para querer escapar, éramos borricos de andar con pachorra cada quien a su trote, hasta que el hambre nos apuraba el paso. Los barcos en bahía se nos quedaban mirando, insinuándonos zarpar colgados de las estrellas para olvidar la pobreza, la idea nos seducía, pero no les hacíamos caso nos gustaba más pescar los peces de la laguna, las noches en que desnuda, se bañaba en ella la luna.
Las mañanas de los sábados de ocho hasta las diez, el fútbol en la sangre jugado en cada potra nos apuraba el sudor, volaban los sueños, los ratos eran perfectos, libres en el verdor de la hierba.
En las ciénagas del puerto a veces nos detenía, el trino de los pájaros fuera del nido y su pulido de plumas sacando todo su lustre, listos al apareo lejos del gavilán.
En ese entonces no sabíamos del estrés.
La llegada del tren alborotaba el puerto con sofocados viajeros, achines, golosineros y una que otra cuentera leía en la mano izquierda las rutas del destino; para la protección sugería comprarle: amuletos curados, colitas de conejo, chin chin de cascabel, lágrimas de San Pedro, o colgantes de coral; pociones milagrosas de esas “curalotodo” desde el mal de ojo hasta las maldiciones.
El estrechón de manos era un sincero rito de las buenas personas de mirar sin malicia, llegando hasta el afecto, nos hacían confiar. Y que decir de la risa sin pena, de algún enamorado, tratando de convencer en su primera cita al ave que le gusta sin regalos ni flores, un domingo en Kermés.
Las noches eran un desparpajo, con los amigos del barrio llenando de bullicio toditas las esquinas, jugando a las carreras, descalzos en las malvas, volando en bicicleta llegábamos al cielo donde según relatos de las doñas de mi barrio: los ángeles lloraban tristes, por no poder jugar. Sobre los techos, sin molestar a nadie, los gatos callejeros hacían sus estrategias para amar a Felicia, la gata de la casa, qué igual a los vecinos gimiendo entre sus gozos, con todo y luna llena se tomaban la noche, entre pezuñas y dientes la fiebre de maullidos les encendía el celo hasta llegar al amor. Ver la televisión era un lujo de pocos; la caja mágica llenaba el mundo de aquel que creíamos rico y era solo un empleado, gozando de un buen salario. En el televisor del vecino, veíamos historias buenas o malas todas en blanco y negro, al verlas, con asombro no faltaba el que gritara, ¡cierren la boca cipotes que así es el mundo nuestro!
En la radio local recibir felicitación en cumpleaños, nos ponía en las nubes, eso era señal que para alguien existíamos.
Comer como pobres era barato, el desayuno pan y café tal vez algún banano, de vez en cuando requesón con frijoles y un cuarto de aguacate, era manjar de tenderos.
Los madrugones golpes de Estado o de barracas entre milicos eran frecuentes y todos favorecían a la empresa Yunai, compañía bananera que nunca salía golpeada, porque todo lo que crecía o moría, era bajo su sombra, ella era la mera dueña del estado, esto a muy pocos les importaba y a otros les daba desvelos saber que de sus ganancias en tierra, mar y cielo, solo migajas dejaba.La verdad o la mentira era como en política verde, roja o azul, más o menos lo mismo, eso decía Bartolo el sabio de la cuadra filósofo y poeta, que sobre estas cosas, todas sé las sabía, decía: en los burdeles los viejos camaradas en cada trago incendiario le contaron de Marx y del plan imaginario para que de un solo sorbo, los proletarios tomaran el poder. Siempre reflexionaba los comuneros se perdieron al querer tomar París por asalto pensando que era el cielo, tarde se dieron cuenta de que no es fácil asaltar el averno sin armas y a puro pelo en la confusa anarquía del tumultuoso desorden. Bartolo nunca odio al dictador Carias, pero si al "Guayo Galeano y al tal Tomás Caquita" unos de sus compinches, a los que reprochaba haberle maltratado y después darle destierro por no ser de sus fans.
En las noches, a eso de las diez como Cadejos Negros con el tolete al cinto, dispuestos a dar sustos hacían sus rondas los Chepos del CES, así era tiempo atrás …
Tiempo atrás andábamos sin sobresaltos, en la espalda la calle, el morral en la acera, sin razones ni dudas para querer escapar, éramos borricos de andar con pachorra cada quien a su trote, hasta que el hambre nos apuraba el paso. Los barcos en bahía se nos quedaban mirando, insinuándonos zarpar colgados de las estrellas para olvidar la pobreza, la idea nos seducía, pero no les hacíamos caso nos gustaba más pescar los peces de la laguna, las noches en que desnuda, se bañaba en ella la luna.
Las mañanas de los sábados de ocho hasta las diez, el fútbol en la sangre jugado en cada potra nos apuraba el sudor, volaban los sueños, los ratos eran perfectos, libres en el verdor de la hierba.
En las ciénagas del puerto a veces nos detenía, el trino de los pájaros fuera del nido y su pulido de plumas sacando todo su lustre, listos al apareo lejos del gavilán.
En ese entonces no sabíamos del estrés.
La llegada del tren alborotaba el puerto con sofocados viajeros, achines, golosineros y una que otra cuentera leía en la mano izquierda las rutas del destino; para la protección sugería comprarle: amuletos curados, colitas de conejo, chin chin de cascabel, lágrimas de San Pedro, o colgantes de coral; pociones milagrosas de esas “curalotodo” desde el mal de ojo hasta las maldiciones.
El estrechón de manos era un sincero rito de las buenas personas de mirar sin malicia, llegando hasta el afecto, nos hacían confiar. Y que decir de la risa sin pena, de algún enamorado, tratando de convencer en su primera cita al ave que le gusta sin regalos ni flores, un domingo en Kermés.
Las noches eran un desparpajo, con los amigos del barrio llenando de bullicio toditas las esquinas, jugando a las carreras, descalzos en las malvas, volando en bicicleta llegábamos al cielo donde según relatos de las doñas de mi barrio: los ángeles lloraban tristes, por no poder jugar. Sobre los techos, sin molestar a nadie, los gatos callejeros hacían sus estrategias para amar a Felicia, la gata de la casa, qué igual a los vecinos gimiendo entre sus gozos, con todo y luna llena se tomaban la noche, entre pezuñas y dientes la fiebre de maullidos les encendía el celo hasta llegar al amor. Ver la televisión era un lujo de pocos; la caja mágica llenaba el mundo de aquel que creíamos rico y era solo un empleado, gozando de un buen salario. En el televisor del vecino, veíamos historias buenas o malas todas en blanco y negro, al verlas, con asombro no faltaba el que gritara, ¡cierren la boca cipotes que así es el mundo nuestro!
En la radio local recibir felicitación en cumpleaños, nos ponía en las nubes, eso era señal que para alguien existíamos.
Comer como pobres era barato, el desayuno pan y café tal vez algún banano, de vez en cuando requesón con frijoles y un cuarto de aguacate, era manjar de tenderos.
Los madrugones golpes de Estado o de barracas entre milicos eran frecuentes y todos favorecían a la empresa Yunai, compañía bananera que nunca salía golpeada, porque todo lo que crecía o moría, era bajo su sombra, ella era la mera dueña del estado, esto a muy pocos les importaba y a otros les daba desvelos saber que de sus ganancias en tierra, mar y cielo, solo migajas dejaba.La verdad o la mentira era como en política verde, roja o azul, más o menos lo mismo, eso decía Bartolo el sabio de la cuadra filósofo y poeta, que sobre estas cosas, todas sé las sabía, decía: en los burdeles los viejos camaradas en cada trago incendiario le contaron de Marx y del plan imaginario para que de un solo sorbo, los proletarios tomaran el poder. Siempre reflexionaba los comuneros se perdieron al querer tomar París por asalto pensando que era el cielo, tarde se dieron cuenta de que no es fácil asaltar el averno sin armas y a puro pelo en la confusa anarquía del tumultuoso desorden. Bartolo nunca odio al dictador Carias, pero si al "Guayo Galeano y al tal Tomás Caquita" unos de sus compinches, a los que reprochaba haberle maltratado y después darle destierro por no ser de sus fans.
En las noches, a eso de las diez como Cadejos Negros con el tolete al cinto, dispuestos a dar sustos hacían sus rondas los Chepos del CES, así era tiempo atrás …
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