Si tuviera que pintar el amor lo haria en varios lienzos, todos distintos, todos perfectos. Comenzaría por mi piel, con las cosas imborrables, con los tatuajes hechos recuerdo, comenzaría por los colores claros, por la pureza en el blanco, la gentileza del rosa y el amarillo en el sol. Lo haría en el sofá de mi abuela, compartiendo una carcajada y muriendo de felicidad. Utilizaría la textura de su piel, suave y arrugada, con recuerdos clavados y manchones de tinta, con marcas de risa y bondad. Como pincel, utilizaría los deditos de mi sobrina, como contexto sus primeras palabras y como inspiración sus tambaleantes pasitos de golondrina. Seguiría con un verde moteado, con el de los ojos de mi mamá, esta vez lo haría con mis propias manos, y me pintaría el rostro y el cuerpo, justo en los lugares correctos, donde nos parecemos, donde mi piel deja de ser completamente mía, donde se refleja su firma sobre mi.
Para cambiar de lienzo, tendría que cambiar también los materiales, esta vez utilizaría piedra y un cincel. No habrían colores, solo polvo y hendiduras. Aquí dejaría tallada la metamorfosis del amor en sacrificio, le daría forma de mujer, de una completamente sola, que lo dio todo sin recibir nada. El mango del cincel estaría hecho de fuego y me quemaría la piel, pero no podría soltarlo, no sabría como, estaría acostumbrada al dolor y ya sería parte de mí.
Seguiría en el tronco de un árbol, y clavaría las iniciales de un secreto, de un amor cobarde, de una historia sin narrador. Lo haría en sueños, como una poeta loca, sin contexto ni objetivo. Con una mentira por cada trazo, con los labios magullados, con la risa contenida, con las manos furtivas y con toques ligeros.
Pintaria a oleo un corazón sobre una sábana blanca. Lo haría al estilo carnal, y difuminaría con semen, con pasión y con humedad. Le daría forma de cuerpo, y colorearía todas las zonas con la lengua.
De ahí, y aunque sean extremos opuestos, saltaría a dale forma a manchas de cenizas, del amor que intenta olvidar, que se quema hasta los cimientos pero que permanece, porque donde hubo fuego alguien, aunque amenazado de muerte, encendió un cigarro. Utilizaría el color del olvido, y lo haría con una esponja, dejando pedacitos sin pintar, espacios limpios de suciedad, como de esperanza, como agua en el desierto, como un recuerdo hecho de olvidos.
Cambiaría de lienzo infinitas veces. Correría por el mundo dejando huellas y luego haría un viaje de regreso, borrándolo todo. El viaje me enseñaría que el amor no es un cuadro diseñado para ser visto, sino para clavarlo en el corazón, como la llave de un candado oxidado, para raspar los rincones de nuestras almas y sacarles la esencia a pedacitos, para entregarlos a las personas adecuadas, trozo a trozo. El amor es la fuerza invisible que hace al mundo girar, y yo lo pintaria en cada rincón.
Para cambiar de lienzo, tendría que cambiar también los materiales, esta vez utilizaría piedra y un cincel. No habrían colores, solo polvo y hendiduras. Aquí dejaría tallada la metamorfosis del amor en sacrificio, le daría forma de mujer, de una completamente sola, que lo dio todo sin recibir nada. El mango del cincel estaría hecho de fuego y me quemaría la piel, pero no podría soltarlo, no sabría como, estaría acostumbrada al dolor y ya sería parte de mí.
Seguiría en el tronco de un árbol, y clavaría las iniciales de un secreto, de un amor cobarde, de una historia sin narrador. Lo haría en sueños, como una poeta loca, sin contexto ni objetivo. Con una mentira por cada trazo, con los labios magullados, con la risa contenida, con las manos furtivas y con toques ligeros.
Pintaria a oleo un corazón sobre una sábana blanca. Lo haría al estilo carnal, y difuminaría con semen, con pasión y con humedad. Le daría forma de cuerpo, y colorearía todas las zonas con la lengua.
De ahí, y aunque sean extremos opuestos, saltaría a dale forma a manchas de cenizas, del amor que intenta olvidar, que se quema hasta los cimientos pero que permanece, porque donde hubo fuego alguien, aunque amenazado de muerte, encendió un cigarro. Utilizaría el color del olvido, y lo haría con una esponja, dejando pedacitos sin pintar, espacios limpios de suciedad, como de esperanza, como agua en el desierto, como un recuerdo hecho de olvidos.
Cambiaría de lienzo infinitas veces. Correría por el mundo dejando huellas y luego haría un viaje de regreso, borrándolo todo. El viaje me enseñaría que el amor no es un cuadro diseñado para ser visto, sino para clavarlo en el corazón, como la llave de un candado oxidado, para raspar los rincones de nuestras almas y sacarles la esencia a pedacitos, para entregarlos a las personas adecuadas, trozo a trozo. El amor es la fuerza invisible que hace al mundo girar, y yo lo pintaria en cada rincón.