La savia nunca se arrodilla

tecafeyletras

Poeta recién llegado
No puedo prometerte un cielo sin heridas,
sino mis manos cuando llegue el frío.
Hay futuros que nacen muy despacio,
como la luz que aprende del rocío.

Amarte será siempre abrir la casa
a esa estación que aún no tiene nombre.
Y cuando el tiempo dude de nosotros,
seremos dos sembrando idéntico horizonte.

No habrá victoria más alta que ese abrazo
que sobrevive al peso de los días.
Las ramas saben bien que el viento pasa,
pero la savia nunca se arrodilla.

Vendrán inviernos con su antigua sombra,
y alguna noche nos vestirá de ausencia.
Entonces bastará con que me mires
para que el alba recuerde su inocencia.

Yo cuidaré de ti como del fuego
que no hace ruido y, sin embargo, alumbra.
Y tú serás la paz de mi regreso,
la voz que en cada pérdida me nombra.

Porque el amor no vence: permanece.
No pide eternidad; la va creando.
Y la esperanza, cuando lleva tu nombre,
hace del porvenir un hogar siempre habitado.
 
No puedo prometerte un cielo sin heridas,
sino mis manos cuando llegue el frío.
Hay futuros que nacen muy despacio,
como la luz que aprende del rocío.

Amarte será siempre abrir la casa
a esa estación que aún no tiene nombre.
Y cuando el tiempo dude de nosotros,
seremos dos sembrando idéntico horizonte.

No habrá victoria más alta que ese abrazo
que sobrevive al peso de los días.
Las ramas saben bien que el viento pasa,
pero la savia nunca se arrodilla.

Vendrán inviernos con su antigua sombra,
y alguna noche nos vestirá de ausencia.
Entonces bastará con que me mires
para que el alba recuerde su inocencia.

Yo cuidaré de ti como del fuego
que no hace ruido y, sin embargo, alumbra.
Y tú serás la paz de mi regreso,
la voz que en cada pérdida me nombra.

Porque el amor no vence: permanece.
No pide eternidad; la va creando.
Y la esperanza, cuando lleva tu nombre,
hace del porvenir un hogar siempre habitado.
Una promesa de amor incondicional y duradera.
Muy bonita.

Saludos
 
No puedo prometerte un cielo sin heridas,
sino mis manos cuando llegue el frío.
Hay futuros que nacen muy despacio,
como la luz que aprende del rocío.

Amarte será siempre abrir la casa
a esa estación que aún no tiene nombre.
Y cuando el tiempo dude de nosotros,
seremos dos sembrando idéntico horizonte.

No habrá victoria más alta que ese abrazo
que sobrevive al peso de los días.
Las ramas saben bien que el viento pasa,
pero la savia nunca se arrodilla.

Vendrán inviernos con su antigua sombra,
y alguna noche nos vestirá de ausencia.
Entonces bastará con que me mires
para que el alba recuerde su inocencia.

Yo cuidaré de ti como del fuego
que no hace ruido y, sin embargo, alumbra.
Y tú serás la paz de mi regreso,
la voz que en cada pérdida me nombra.

Porque el amor no vence: permanece.
No pide eternidad; la va creando.
Y la esperanza, cuando lleva tu nombre,
hace del porvenir un hogar siempre habitado.
Extraordinario poema de amor; discurre con una hermosa serenidad mientras deshoja frases e imágenes dulces y afables, pero sin pecar de chabacanería. Lo he disfrutado una barbaridad y agradezco mucho que lo hayas compartido. Va un cordial saludo.
 
Extraordinario poema de amor; discurre con una hermosa serenidad mientras deshoja frases e imágenes dulces y afables, pero sin pecar de chabacanería. Lo he disfrutado una barbaridad y agradezco mucho que lo hayas compartido. Va un cordial saludo.
¡¡Muchísimas gracias, Pedro!!! Un abrazo desde el otro lado del charco, como decimos aquí.
 
No puedo prometerte un cielo sin heridas,
sino mis manos cuando llegue el frío.
Hay futuros que nacen muy despacio,
como la luz que aprende del rocío.

Amarte será siempre abrir la casa
a esa estación que aún no tiene nombre.
Y cuando el tiempo dude de nosotros,
seremos dos sembrando idéntico horizonte.

No habrá victoria más alta que ese abrazo
que sobrevive al peso de los días.
Las ramas saben bien que el viento pasa,
pero la savia nunca se arrodilla.

Vendrán inviernos con su antigua sombra,
y alguna noche nos vestirá de ausencia.
Entonces bastará con que me mires
para que el alba recuerde su inocencia.

Yo cuidaré de ti como del fuego
que no hace ruido y, sin embargo, alumbra.
Y tú serás la paz de mi regreso,
la voz que en cada pérdida me nombra.

Porque el amor no vence: permanece.
No pide eternidad; la va creando.
Y la esperanza, cuando lleva tu nombre,
hace del porvenir un hogar siempre habitado.
Es el amor real, como se vive.
Un gusto leerlo poeta Tecafe
Un saludo fraterno
 

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