Cállate, soledad, no le susurres
los génesis falaces del placer
en que el fuego declina
saciar su hambre en pos de una quimera,
que el beso imaginado es de metal
acrisolando filos en mis labios.
¿No ves que tengo miedo
de caer más a mí, morder la lava
que oculto bajo el hielo de mi vientre?
Ya no podrías detener la sangre
que diluye mis pies cráter adentro,
y sé que él llegará desde la sed
a modelar mis senos y ceñirme
una piel de eslabones afiebrados
y soplará en mi rostro un nuevo infierno,
un alias de humedad para nombrarme
y confiar en que puedo transcurrir
por el amor sin calcinarle el alma.
¡Tengo tantas cenizas en las manos!