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Mi madre con sus mantos en el tándem de los bastiones de sus fémures arropaba mi cabeza desollada; y mi padre pagaba a la nodriza de la Máquina para que me eduquen militares, obispos y legisladores. Éstos a mi sopa le echaban terrones de lejía y a mi carrito lo etiquetaban de Mercedes Benz.
En plenilunio danzaba con los espíritus bajo los carrizos del verdín con astuto miedo y plebe rebelión. Un grito de caficho y una comparación de molde de plastilina, hacia que multipliquen los calzoncillos y la lluvia llegue antes al pantalón.
De estío, con ortigas a lo ecce homo, mi cuarto era la sala, una puerta sin llaves para no regresar. Aparecieron unos señores de barba greca y hombros de Arístocles que me decían, lascivos, cobíjate en mi, yo te mostraré un lugar de champagne rosa y niños del gigante egoísta del gran Wilde.
Conducía, y en una avenida aumente de 40 a 150, pues me vi pasar, con la mirada puesta al sol de agua y con una mano que cargaba una latita que decía Prozak, que moda absurda, le grité, y lo arrollé. Aparecí, luego de dos horas, en bruces en un pool de vermú, donde en los techos se imprimían mil partidas de nacimiento y ciento más. 1976, año de Nixon, plan Cóndor, mundial de fútbol. Qué sorpresa al saber quién me pario y cuanto pagaron por el moisés.
Un pelotón de huestes con rostros de papel maché, me señalaron y usaron las piedras de la Magdalena para arrojármelas. En ese momento no había ningún Jesús.
Paso años, envejecieron diablos en celda; mi alimento es magro aún, ¿Por qué? si tengo a mi diestra a un Sommelier y a la rayana un chef. ¿Por qué? si ellos comen las sobras como buitres a corazón abierto y yo el buffet del viejo y el pescador como si supiese a reja.
Únete, una cartita de sello francmasón me tomó con sus dedos abiertos en la rodilla. Preferí a Jethro Tull, donde su novia dijó, -nunca saldrás de aquí- le dije, esta bien y me bautizó, hagamos el amor, y lo hicimos en un patíbulo donde habían posters de Rousseau.
Mi madre con sus mantos en el tándem de los bastiones de sus fémures arropaba mi cabeza desollada; y mi padre pagaba a la nodriza de la Máquina para que me eduquen militares, obispos y legisladores. Éstos a mi sopa le echaban terrones de lejía y a mi carrito lo etiquetaban de Mercedes Benz.
En plenilunio danzaba con los espíritus bajo los carrizos del verdín con astuto miedo y plebe rebelión. Un grito de caficho y una comparación de molde de plastilina, hacia que multipliquen los calzoncillos y la lluvia llegue antes al pantalón.
De estío, con ortigas a lo ecce homo, mi cuarto era la sala, una puerta sin llaves para no regresar. Aparecieron unos señores de barba greca y hombros de Arístocles que me decían, lascivos, cobíjate en mi, yo te mostraré un lugar de champagne rosa y niños del gigante egoísta del gran Wilde.
Conducía, y en una avenida aumente de 40 a 150, pues me vi pasar, con la mirada puesta al sol de agua y con una mano que cargaba una latita que decía Prozak, que moda absurda, le grité, y lo arrollé. Aparecí, luego de dos horas, en bruces en un pool de vermú, donde en los techos se imprimían mil partidas de nacimiento y ciento más. 1976, año de Nixon, plan Cóndor, mundial de fútbol. Qué sorpresa al saber quién me pario y cuanto pagaron por el moisés.
Un pelotón de huestes con rostros de papel maché, me señalaron y usaron las piedras de la Magdalena para arrojármelas. En ese momento no había ningún Jesús.
Paso años, envejecieron diablos en celda; mi alimento es magro aún, ¿Por qué? si tengo a mi diestra a un Sommelier y a la rayana un chef. ¿Por qué? si ellos comen las sobras como buitres a corazón abierto y yo el buffet del viejo y el pescador como si supiese a reja.
Únete, una cartita de sello francmasón me tomó con sus dedos abiertos en la rodilla. Preferí a Jethro Tull, donde su novia dijó, -nunca saldrás de aquí- le dije, esta bien y me bautizó, hagamos el amor, y lo hicimos en un patíbulo donde habían posters
Mis respetos a tu obra y un gusto conocerte poeta, tus letras me llegan profundo por amar a un Poeta Gitano de aquí, y por medio de el conocer tanto y todo, te dejo mis humildes felicitaciones y aplaudo esta forma magistral de expresar que tienes.
Un saludito cordial y cariños.
Mi madre con sus mantos en el tándem de los bastiones de sus fémures arropaba mi cabeza desollada; y mi padre pagaba a la nodriza de la Máquina para que me eduquen militares, obispos y legisladores. Éstos a mi sopa le echaban terrones de lejía y a mi carrito lo etiquetaban de Mercedes Benz.
En plenilunio danzaba con los espíritus bajo los carrizos del verdín con astuto miedo y plebe rebelión. Un grito de caficho y una comparación de molde de plastilina, hacia que multipliquen los calzoncillos y la lluvia llegue antes al pantalón.
De estío, con ortigas a lo ecce homo, mi cuarto era la sala, una puerta sin llaves para no regresar. Aparecieron unos señores de barba greca y hombros de Arístocles que me decían, lascivos, cobíjate en mi, yo te mostraré un lugar de champagne rosa y niños del gigante egoísta del gran Wilde.
Conducía, y en una avenida aumente de 40 a 150, pues me vi pasar, con la mirada puesta al sol de agua y con una mano que cargaba una latita que decía Prozak, que moda absurda, le grité, y lo arrollé. Aparecí, luego de dos horas, en bruces en un pool de vermú, donde en los techos se imprimían mil partidas de nacimiento y ciento más. 1976, año de Nixon, plan Cóndor, mundial de fútbol. Qué sorpresa al saber quién me pario y cuanto pagaron por el moisés.
Un pelotón de huestes con rostros de papel maché, me señalaron y usaron las piedras de la Magdalena para arrojármelas. En ese momento no había ningún Jesús.
Paso años, envejecieron diablos en celda; mi alimento es magro aún, ¿Por qué? si tengo a mi diestra a un Sommelier y a la rayana un chef. ¿Por qué? si ellos comen las sobras como buitres a corazón abierto y yo el buffet del viejo y el pescador como si supiese a reja.
Únete, una cartita de sello francmasón me tomó con sus dedos abiertos en la rodilla. Preferí a Jethro Tull, donde su novia dijó, -nunca saldrás de aquí- le dije, esta bien y me bautizó, hagamos el amor, y lo hicimos en un patíbulo donde habían posters
Amigo que maravilla de poema este que nos presentas, es la primera vez que te leo pero espero que no sea la ultima Te lo dice un Gitano que también paso lo suyo Me identifico con algunos de los paisajes de tu poema. Hermoso sin duda a la vez que desgarrador y doloroso, pero con la furia de toda una raza plasmada en tu pluma.
Un fortísimo abrazo bajo la Luna gitana, nuestra madre
Mi madre con sus mantos en el tándem de los bastiones de sus fémures arropaba mi cabeza desollada; y mi padre pagaba a la nodriza de la Máquina para que me eduquen militares, obispos y legisladores. Éstos a mi sopa le echaban terrones de lejía y a mi carrito lo etiquetaban de Mercedes Benz.
En plenilunio danzaba con los espíritus bajo los carrizos del verdín con astuto miedo y plebe rebelión. Un grito de caficho y una comparación de molde de plastilina, hacia que multipliquen los calzoncillos y la lluvia llegue antes al pantalón.
De estío, con ortigas a lo ecce homo, mi cuarto era la sala, una puerta sin llaves para no regresar. Aparecieron unos señores de barba greca y hombros de Arístocles que me decían, lascivos, cobíjate en mi, yo te mostraré un lugar de champagne rosa y niños del gigante egoísta del gran Wilde.
Conducía, y en una avenida aumente de 40 a 150, pues me vi pasar, con la mirada puesta al sol de agua y con una mano que cargaba una latita que decía Prozak, que moda absurda, le grité, y lo arrollé. Aparecí, luego de dos horas, en bruces en un pool de vermú, donde en los techos se imprimían mil partidas de nacimiento y ciento más. 1976, año de Nixon, plan Cóndor, mundial de fútbol. Qué sorpresa al saber quién me pario y cuanto pagaron por el moisés.
Un pelotón de huestes con rostros de papel maché, me señalaron y usaron las piedras de la Magdalena para arrojármelas. En ese momento no había ningún Jesús.
Paso años, envejecieron diablos en celda; mi alimento es magro aún, ¿Por qué? si tengo a mi diestra a un Sommelier y a la rayana un chef. ¿Por qué? si ellos comen las sobras como buitres a corazón abierto y yo el buffet del viejo y el pescador como si supiese a reja.
Únete, una cartita de sello francmasón me tomó con sus dedos abiertos en la rodilla. Preferí a Jethro Tull, donde su novia dijó, -nunca saldrás de aquí- le dije, esta bien y me bautizó, hagamos el amor, y lo hicimos en un patíbulo donde habían posters de Rousseau.
[FONT="]Como siempre, sus escritos, estimulan. Un placer inmenso caballero.
[FONT="]Tengo dudas de un mi y esta, que le puse el rojo, me da la impresión que deberían llevar acentos, me disculpa si no es así.
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[FONT="]Abrazos [FONT="]
[FONT="]Chepeleón
[FONT="]Moderador Foro Gótico[FONT="]