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Es la hora fúnebre en que todos duermen.
Mujer, hombre, demonio, grifo, soledad y hastío.
Otoños de bermellones que en hojas se disuelven.
Acaros que mordisquean los pétalos que perfumó el rocío.
-Es la hora fatídica de nuestro adiós- susurra un amante.
Y una doncella solloza sobre el ventanal sombrío.
Un sol de rayos enlutados se hunde entre las sombras vespertinas.
Y una mariposa que tose parece sumergirse en el vendaval del río.
-Es la triste hora en que debo comenzar de nuevo-.
Murmura entre los escombros un reloj de arena.
Y desde el fondo melancólico de su tosco acento.
Un brillo opaco y ceniciento parece revelar su pena.
Pero allá a lo lejos; oculto entre los prados.
Un botón de primavera abre sus brazos al camino.
Porque a pesar de los dolores, del olvido y del desenfado.
En esa hora tan sublime ha nacido un niño.
Albo Aguasola
Es la hora fúnebre en que todos duermen.
Mujer, hombre, demonio, grifo, soledad y hastío.
Otoños de bermellones que en hojas se disuelven.
Acaros que mordisquean los pétalos que perfumó el rocío.
-Es la hora fatídica de nuestro adiós- susurra un amante.
Y una doncella solloza sobre el ventanal sombrío.
Un sol de rayos enlutados se hunde entre las sombras vespertinas.
Y una mariposa que tose parece sumergirse en el vendaval del río.
-Es la triste hora en que debo comenzar de nuevo-.
Murmura entre los escombros un reloj de arena.
Y desde el fondo melancólico de su tosco acento.
Un brillo opaco y ceniciento parece revelar su pena.
Pero allá a lo lejos; oculto entre los prados.
Un botón de primavera abre sus brazos al camino.
Porque a pesar de los dolores, del olvido y del desenfado.
En esa hora tan sublime ha nacido un niño.
Albo Aguasola
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