Me besas y, en la orilla del silencio,
donde creí que te había olvidado,
el licor de lo que jamás seremos
sabe a melancolía y a pecado.
Me besas y no sé si ese pretexto
que te salva es el que me ha condenado,
pero es tan dulce el beso más amargo
que dejo mi corazón en tu lengua.
Me besas y te quiero tanto, tanto,
que las rosas que no te di son alas
y las que te invento tienen estrellas
para ir en busca de nuestras miradas.