Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
50 AÑOS LUZ - Relato de amor
Después de 50 años, cuando regresé a la ciudad donde pasé mi juventud, volví a sentarme en mi banco favorito del del Paseo del Río a las 12 de una mañana de abril. Observé de nuevo las estatuas alineadas de los reyes y las torres de la catedral que asomaban sobre los tejados durante más de 800 años. Todo seguía igual que cuando me marché. El tiempo no pasa sobre los seres inertes, solo pasa sobre los seres vivos. El mismo río seguía fluyendo como siempre, con aguas renovadas ahora, después de la última tormenta, igual que se renuevan las generaciones con los niños que nacen, como el que estaba dando vueltas con una la bicicleta sin pedales alrededor del banco de enfrente.
Estaba ensimismado recordando los viejos tiempos de mi juventud, valga la contradicción, cuando escuche un nombre familiar:
Después de 50 años, cuando regresé a la ciudad donde pasé mi juventud, volví a sentarme en mi banco favorito del del Paseo del Río a las 12 de una mañana de abril. Observé de nuevo las estatuas alineadas de los reyes y las torres de la catedral que asomaban sobre los tejados durante más de 800 años. Todo seguía igual que cuando me marché. El tiempo no pasa sobre los seres inertes, solo pasa sobre los seres vivos. El mismo río seguía fluyendo como siempre, con aguas renovadas ahora, después de la última tormenta, igual que se renuevan las generaciones con los niños que nacen, como el que estaba dando vueltas con una la bicicleta sin pedales alrededor del banco de enfrente.
Estaba ensimismado recordando los viejos tiempos de mi juventud, valga la contradicción, cuando escuche un nombre familiar:
— ¡Buenos días, doña Violeta!
Entonces miré a la anciana que recibía el saludo mientras descansaba sentada en el banco de enfrente.
— ¡Buenos y felices! — respondió ella sonriendo.
La anciana parecía una bella flor marchitada, aunque los años no habían destruido totalmente su figura; todavía podía imaginarla joven. Pero en ese instante descubrí algo que disparó los latidos de mi corazón y me palideció la piel: tenía tres lunares alineados en el centro de la frente.
Nunca olvidaré lo que sentí en unos segundos:
¡Es Violeta, la novia de mi juventud! Han pasado 50 años sin vernos. En ese mismo banco, donde está ella ahora, nos hemos sentado tantas veces… Ahora está muy cerca, a menos de seis metros; pero nos separa el tiempo, como si fuesen 50 años luz en la distancia.
Nos amamos mucho en aquella época, pero el destino se opuso a nuestro deseo. Tuve que salir del país para salvar la vida. La guerra nos separó. Salvé la vida, pero perdí el amor de Violeta. Después de cinco años, cuando los dos encontramos nuestras parejas, dejamos de escribirnos. Ahora los dos estamos solos. Un amigo me informó de su separación antes de regresar a mi ciudad.
Enseguida, recordé los cuatro besos que la di: primero en los lunares y después en los labios, para quitarla el complejo. Siempre decía que los lunares la afeaban; aunque yo respondía que la daban personalidad y, además, estaban tan bien alineados y equidistantes que parecían puestos a propósito para resaltar su cara única. Me prometió que no recurriría jamás a la cirugía estética. ¡Y lo cumplió! Por eso pude reconocerla aquella mañana de abril que nunca olvidaré.
Pensé en presentarme cuando me repuse de la sorpresa. Podía acercarme a su banco y decir: “Buenos días, Violeta, soy Antonio, tu novio, el que tuvo que irse” Pero ella me vería como soy ahora: calvo, gordo y encorvado. La tristeza me impulsó a salir corriendo. En ese momento hubiera preferido no encontrarla para recordarla siempre joven.
Entonces tropecé con ese niño de seis años que circulaba en una bicicleta, le sujeté para que no se cayese y me disculpé:
—Perdóname. No te había visto.
El niño se asustó, me miró desconfiado y corrió hacia Violeta gritando:
—¡Abuela! ¡Abuela!
Entonces me paré de repente, miré a Violeta y pronuncié con mucho esfuerzo estas palabras entrecortadas:
— Perdone… señora… perdone. No había visto al niño. Siento… siento mucho haberle asustado.
Ya no pude alejarme, me quedé paralizado mirando a Violeta mientras mis lágrimas fluían sin parar. Ella se quedó boquiabierta ante el sollozo que se me escapó. Pensó que estaba trastornado e intento calmarme diciendo:
— No se preocupe, hombre, no ha pasado nada. El niño tampoco ha mirado. Ayer fue él quien atropello a una niña.
El niño seguía desconfiando de mí, no soltaba su mano del brazo de su abuela, y la pidió que le llevase a los columpios para alejarse. Yo sentí que estaba haciendo el ridículo más espantoso hasta que, por fin, solté las palabras que tenía aprisionadas:
— Violeta, soy Antonio, tu novio, el que tuvo que irse durante la guerra. Sigues con los tres lunares que besé aquel día aquí mismo. ¡¿No me reconoces?!
Ella abrió la boca y los ojos completamente durante más de un minuto; después sonrió y lloró al mismo tiempo que pronunciaba mi nombre:
—¿Antonio? ¡Antonio! Cuanto tiempo…
Los dos nos abrazamos al mismo tiempo para recorrer en un instante los 50 años luz que nos separaban. El niño nos miraba muy extrañado y temeroso, hasta que su abuela me presentó:
—Este señor es mi amigo desde hace muchos, muchísimos años. Ahora vamos a ir los tres a columpiarte y después te compraremos un helado.
Entonces miré a la anciana que recibía el saludo mientras descansaba sentada en el banco de enfrente.
— ¡Buenos y felices! — respondió ella sonriendo.
La anciana parecía una bella flor marchitada, aunque los años no habían destruido totalmente su figura; todavía podía imaginarla joven. Pero en ese instante descubrí algo que disparó los latidos de mi corazón y me palideció la piel: tenía tres lunares alineados en el centro de la frente.
Nunca olvidaré lo que sentí en unos segundos:
¡Es Violeta, la novia de mi juventud! Han pasado 50 años sin vernos. En ese mismo banco, donde está ella ahora, nos hemos sentado tantas veces… Ahora está muy cerca, a menos de seis metros; pero nos separa el tiempo, como si fuesen 50 años luz en la distancia.
Nos amamos mucho en aquella época, pero el destino se opuso a nuestro deseo. Tuve que salir del país para salvar la vida. La guerra nos separó. Salvé la vida, pero perdí el amor de Violeta. Después de cinco años, cuando los dos encontramos nuestras parejas, dejamos de escribirnos. Ahora los dos estamos solos. Un amigo me informó de su separación antes de regresar a mi ciudad.
Enseguida, recordé los cuatro besos que la di: primero en los lunares y después en los labios, para quitarla el complejo. Siempre decía que los lunares la afeaban; aunque yo respondía que la daban personalidad y, además, estaban tan bien alineados y equidistantes que parecían puestos a propósito para resaltar su cara única. Me prometió que no recurriría jamás a la cirugía estética. ¡Y lo cumplió! Por eso pude reconocerla aquella mañana de abril que nunca olvidaré.
Pensé en presentarme cuando me repuse de la sorpresa. Podía acercarme a su banco y decir: “Buenos días, Violeta, soy Antonio, tu novio, el que tuvo que irse” Pero ella me vería como soy ahora: calvo, gordo y encorvado. La tristeza me impulsó a salir corriendo. En ese momento hubiera preferido no encontrarla para recordarla siempre joven.
Entonces tropecé con ese niño de seis años que circulaba en una bicicleta, le sujeté para que no se cayese y me disculpé:
—Perdóname. No te había visto.
El niño se asustó, me miró desconfiado y corrió hacia Violeta gritando:
—¡Abuela! ¡Abuela!
Entonces me paré de repente, miré a Violeta y pronuncié con mucho esfuerzo estas palabras entrecortadas:
— Perdone… señora… perdone. No había visto al niño. Siento… siento mucho haberle asustado.
Ya no pude alejarme, me quedé paralizado mirando a Violeta mientras mis lágrimas fluían sin parar. Ella se quedó boquiabierta ante el sollozo que se me escapó. Pensó que estaba trastornado e intento calmarme diciendo:
— No se preocupe, hombre, no ha pasado nada. El niño tampoco ha mirado. Ayer fue él quien atropello a una niña.
El niño seguía desconfiando de mí, no soltaba su mano del brazo de su abuela, y la pidió que le llevase a los columpios para alejarse. Yo sentí que estaba haciendo el ridículo más espantoso hasta que, por fin, solté las palabras que tenía aprisionadas:
— Violeta, soy Antonio, tu novio, el que tuvo que irse durante la guerra. Sigues con los tres lunares que besé aquel día aquí mismo. ¡¿No me reconoces?!
Ella abrió la boca y los ojos completamente durante más de un minuto; después sonrió y lloró al mismo tiempo que pronunciaba mi nombre:
—¿Antonio? ¡Antonio! Cuanto tiempo…
Los dos nos abrazamos al mismo tiempo para recorrer en un instante los 50 años luz que nos separaban. El niño nos miraba muy extrañado y temeroso, hasta que su abuela me presentó:
—Este señor es mi amigo desde hace muchos, muchísimos años. Ahora vamos a ir los tres a columpiarte y después te compraremos un helado.
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