A CARLOS PELLICER.
No conocí a Pellicer,
más, que a través de sus letras,
y en los museos, donde él,
hace ver grande el pasado,
y me llevó a comprender,
algunos, de sus legados.
El Parque Museo La Venta,
símbolo de sus visiones,
pródigo en naturaleza,
sobrio con sus monumentos,
donde recreó sus pasiones,
allá lo bello, es su invento.
En el museo con su nombre,
muestra las obras que el hombre
diseñó por su cultura,
y las volvió tradiciones;
como poeta, él nos da cuenta,
en sus versificaciones,
de su pasión por el agua
que se extiende en la llanura,
y hay quienes nos aseguran,
que anduvo todo el estado
para irse llenando el alma,
del presente y del pasado
que en sus versos, hoy perdura.
La devoción por su madre,
descrita en todos los tonos,
del nacimiento, a la muerte,
de la entrega, al abandono,
sin hablar mucho del padre,
de su eterna espera en vano,
de sus altares y ofrendas,
de pinceles y pinturas,
de ceibas, que en la llanura,
emergen grandes, robustas,
en los campos donde gusta,
de explorar, en la espesura,
para encontrarse de frente
de nuevo, con la ternura.
De su andar y vestimenta
que choco lo identifica,
ya en huaraches, o descalzo,
según pinte la ocasión,
y el chontal en la cabeza,
para completar la pieza,
previendo la insolación.
Sus andanzas por Europa,
por América Latina,
mostrándoles los tesoros,
recitándoles sus versos,
hablando de sus esfuerzos
para dar a conocer,
las virtudes y el saber
de nuestros antepasados,
con su grandioso legado,
a su más amplio entender.
¿Quién? tuviera la fortuna,
de escucharlo en sus discursos,
solicitando al Senado,
volver la vista a Tabasco,
y al sureste mexicano,
por decenios olvidados,
cual si no fueran hermanos,
hijos la misma cuna.
Pensando en de donde viene,
y otro tanto a donde va,
lo seguimos esperando
los propios y los extraños,
a veces, coplas cantando,
otras, calmando la sed
con un chorote añejado,
con dulce, cual debe ser,
mientras el sol con regaños,
ruega, que empiece a llover.
¡Ahh! Del sabor de las mojarras
y el pejelagarto asado,
del plátano machacado,
y el agua fresca en la jarra,
camarones en tortilla
o con guiso al mojo de ajo,
en la palapa, en la orilla
de una de tantas corrientes,
hartarse un caldo caliente,
aunque nos pierda el pecado.
Homenaje a Pellicer,
de las Américas poeta,
quien nos dejó amplia receta
de cómo andar por la vida,
siempre con el alma inquieta
y la pasión, encendida,
orgulloso tabasqueño,
del agua, de la que es dueño,
turbia, oscura, azul verdosa,
calmada o intempestuosa,
rica en placeres mundanos,
que nos deja en su existencia,
y entre sus versos, la esencia
de su pasión por lo humano.
De la virgen, me olvidaba,
de sus encuentros con Dios,
quien le concedió que fuera,
de Tabasco clara voz,
que por el mundo dijera,
que es la vida una quimera,
aunque pudieran ser dos,
una de ellas extranjera,
y la otra, Malinche, esclava
del miedo y de la pasión,
porque de su corazón,
se olvidó, pues lo ha entregado,
al pueblo donde él nació.
No conocí a Pellicer,
más, que a través de sus letras,
y en los museos, donde él,
hace ver grande el pasado,
y me llevó a comprender,
algunos, de sus legados.
El Parque Museo La Venta,
símbolo de sus visiones,
pródigo en naturaleza,
sobrio con sus monumentos,
donde recreó sus pasiones,
allá lo bello, es su invento.
En el museo con su nombre,
muestra las obras que el hombre
diseñó por su cultura,
y las volvió tradiciones;
como poeta, él nos da cuenta,
en sus versificaciones,
de su pasión por el agua
que se extiende en la llanura,
y hay quienes nos aseguran,
que anduvo todo el estado
para irse llenando el alma,
del presente y del pasado
que en sus versos, hoy perdura.
La devoción por su madre,
descrita en todos los tonos,
del nacimiento, a la muerte,
de la entrega, al abandono,
sin hablar mucho del padre,
de su eterna espera en vano,
de sus altares y ofrendas,
de pinceles y pinturas,
de ceibas, que en la llanura,
emergen grandes, robustas,
en los campos donde gusta,
de explorar, en la espesura,
para encontrarse de frente
de nuevo, con la ternura.
De su andar y vestimenta
que choco lo identifica,
ya en huaraches, o descalzo,
según pinte la ocasión,
y el chontal en la cabeza,
para completar la pieza,
previendo la insolación.
Sus andanzas por Europa,
por América Latina,
mostrándoles los tesoros,
recitándoles sus versos,
hablando de sus esfuerzos
para dar a conocer,
las virtudes y el saber
de nuestros antepasados,
con su grandioso legado,
a su más amplio entender.
¿Quién? tuviera la fortuna,
de escucharlo en sus discursos,
solicitando al Senado,
volver la vista a Tabasco,
y al sureste mexicano,
por decenios olvidados,
cual si no fueran hermanos,
hijos la misma cuna.
Pensando en de donde viene,
y otro tanto a donde va,
lo seguimos esperando
los propios y los extraños,
a veces, coplas cantando,
otras, calmando la sed
con un chorote añejado,
con dulce, cual debe ser,
mientras el sol con regaños,
ruega, que empiece a llover.
¡Ahh! Del sabor de las mojarras
y el pejelagarto asado,
del plátano machacado,
y el agua fresca en la jarra,
camarones en tortilla
o con guiso al mojo de ajo,
en la palapa, en la orilla
de una de tantas corrientes,
hartarse un caldo caliente,
aunque nos pierda el pecado.
Homenaje a Pellicer,
de las Américas poeta,
quien nos dejó amplia receta
de cómo andar por la vida,
siempre con el alma inquieta
y la pasión, encendida,
orgulloso tabasqueño,
del agua, de la que es dueño,
turbia, oscura, azul verdosa,
calmada o intempestuosa,
rica en placeres mundanos,
que nos deja en su existencia,
y entre sus versos, la esencia
de su pasión por lo humano.
De la virgen, me olvidaba,
de sus encuentros con Dios,
quien le concedió que fuera,
de Tabasco clara voz,
que por el mundo dijera,
que es la vida una quimera,
aunque pudieran ser dos,
una de ellas extranjera,
y la otra, Malinche, esclava
del miedo y de la pasión,
porque de su corazón,
se olvidó, pues lo ha entregado,
al pueblo donde él nació.