jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
te sientes la mujer maravilla
y que el mundo no te merece
con tus falditas ligeras revoloteando al aire
y esas piernas de zancada larga
recorres las calles del puerto y es verano
hace calor, uno se asoma a la puerta
y con el mar al fondo distingue tu silueta
atravesar la tarde como la sombra de una gaviota
si te cruzas conmigo por ahí
giras el cuello y haces gala
de que para ti no existo, soy menos que un yerbajo
de los que brotan del suelo y se secan y
cualquiera los pisa distraído
me imagino que me atribuirás
una lascivia enferma por tu piel sin estrenar
y que detrás de mi mueca cínica de viejo fornicador
te traspaso la ropa con los ojos y te abro en surcos
sin embargo te equivocas
tu envoltura radiante no guarda para mí
sino la misma vieja madriguera oscura y húmeda
donde miles de veces busqué en el pasado y no encontré
más que un fugaz alivio a mi desolación
no tienes entre las piernas eso que tú supones
un botín más codiciable que el tesoro oculto del amazonas
o el baúl mágico lleno de diamantes de la cueva de alí babá
lo que tienes es una raja que huele a marea baja
un orificio donde con el paso de los años
se te irán colando los cangrejos y las decepciones
los días grises donde se irán deshaciendo a pedazos
uno a uno los sueños que ahora tienes
no serás la primera ni la última
muchachuela que sintió alcanzar la cumbre de la gloria
al mirarse al espejo y descubrirse deseable
yo sé que te resulta infame y repelente
la turbia y corrompida mirada que te lanzan
los despojos de hombre como yo
lo que te sorprenderías si supieras, chiquita
que no es tu abdomen plano ni tus elásticas piernas
lo que me lleva a contemplarte cuando pasas
sino lo mucho que de ti ya contemplé en otras
que en veranos de recuerdo ya marchito caminaron
los mismos pasos que ahora tú caminas
y el asombro que me causa constatar al verte
la distancia tan corta que separa -y lo rápido que se recorre-
un cuerpo como de diosa de un triste y abotagado amasijo de carne
y cómo se borra casi en lo que dura un parpadeo
-y a fin de cuentas se convierte en hiel y sombra-
esa sonrisa fatua de tus 16 abriles